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domingo, 7 de octubre de 2007

Jugando a Historiadores

Uno de nuestros pasatiempos preferidos durante el Viaje son nuestras discusiones sobre los porqués de las cosas que vamos viendo. En cierta forma, estamos jugando a Historiadores o, quizás mejor, a Antropólogos o incluso Sociólogos sin serlo ni por asomo, lo reconozco. ¡Pero es que no podemos dejar de hacerlo!!!

Un ejemplo simplón. Cuando llegamos al Tíbet, tuvimos la sensac
ión de que podríamos estar en un pueblo boliviano o peruano. No sólo la estética de la vestimenta y de los colores sino especialmente la fisonomía de los tibetanos nos recordaba totalmente a la de los andinos americanos. Entonces, buscamos en la guía, preguntamos a nuestros compañeros de viaje, miramos en los libros que habíamos comprado, pero en ningún sitio encontramos, ni nadie nos dio, ninguna respuesta, factible o no.

Entonces empezamos a elucubrar. ¿Qué tienen en común ambos pueblos? La altura a la que viven. Esto tenía que ser lo determinante. Las vestimentas estarán hechas del material que mejor les reserve del frío. Los colores son vivos porque las piedras que podrán encontrarse en esas alturas serán de tonos más intensos que en otro tipo de terreno. Sus mejillas ya de nacimiento estarán sonrojadas y endurecidas para protegerles mejor de las bajas temperaturas. Las aletas de la nariz estarán siempre hinchadas para respirar más aire en cada inspiración y compensar así la falta de oxígeno. Sus ojos estarán siempre como semi-cerrados para evitar el daño del reflejo continuo de las nieves perpetuas que les rodean. Tonterías o verdades, da igual, pero nos divertimos un buen rato.

Qué bonita sería la Historia si nos la explicaran siempre así y qué fácil sería de recordar. Viendo los motivos y conociendo los porqués. Todos hemos tenido profesores que iban más allá y eran capaces de atraer nuestro interés. ¿Sería posible que no dependiéramos de la capacidad de unos pocos sino que el propio sistema educativo ya estuviera diseñado así? Sin duda, prefiero que mis hijos aprendan a razonar y discurrir de esta forma, que no que se sepan la lista de afluentes del Ebro o la fecha en que Colón se fue a fastidiar las Américas. Aunque fuera el cumpleaños de Nino Bravo.

7 Días en el Tibet

Dos fueron las razones que nos llevaron a elegir el Tibet como unos de los destinos de nuestro viaje: La primera, la aventura de cruzar el Himalaya y llegar hasta el techo del mundo. La segunda, el poder conocer e incluso vivir de cerca el Budismo, considerada por muchos una de las religiones más espirituales del mundo.

La aventura la hemos vivido de sobras:
Llegar hasta la frontera de Nepal con Tibet, por una pequeña carretera al borde de barrancos plagados de cascadas, y pasando por unos pequeños pueblos cuyos habitantes han decidido poner barricadas a su paso para cobrar peaje a todo el que por allí pase.
Cargar con nuestras maletas bajo la lluvia para pasar el llamado Puente de la Amistad que une Nepal con China (o con Tíbet según se mire). Aquí nos sentimos protagonistas de una película de espías: nuestras maletas a un lado del puente siendo desinfectadas, y nosotros al otro lado donde unos militares vestidos en uniformes que parecían salidos de la guerra fría (y prestados por los rusos, por lo que les sobraba de largo de mangas y piernas) comprobaban nuestra identidad y hasta nuestra temperatura corporal, por si introducíamos algún tipo de enfermedad en el país.
Pasar un día aislados en un pueblo del que no podemos salir porque la carretera está cortada por obras. Parecíamos expedicionarios esperando a que pasara el temporal para poder reanudar su aventura. Y cuando por fin podemos salir nos encontramos con una carretera al borde de un precipicio en la que miles de chinos trabajan a sol y sombra en condiciones precarias cual construcción del mismísimo Puente sobre el Río Kwait.
Viajar en 4x4 por carreteras imposibles, pasar por delante del Everest, alcanzar puertos a más de 5000 metros de altura, pasar noches en albergues con habitaciones a 10 grados y sin agua caliente, comer leche y carne de Yak (la vaca de las alturas) en yogurt, frita, y hasta en hamburguesa (qué buena!)… en definitiva, que nos lo hemos pasado pipa, y aunque suene sobado, nos ha ayudado a apreciar mucho más las comodidades que tenemos en nuestro día a día.

El lado espiritual del Tibet nos ha costado algo más encontrarlo. Nos imaginábamos unos templos idílicos en los que reinara la paz y la meditación. Nos imaginábamos gentes tranquilas y pensativas, viviendo en pueblos tradicionales y deseando trasladar su filosofía de vida… Sin embargo, nos hemos encontrado con pueblos-ciudades de amplias avenidas y multitud de semáforos, niños en cierto modo violentos, monjes gruñones deseando sacarte el dinero, muchos de ellos contando enormes fajos de billetes en los templos y monasterios en los que, suponíamos, deberían estar meditando y enseñando su doctrina…


Dándole vueltas a todo esto durante las múltiples horas que hemos pasado en el 4x4, hemos llegado a tres posibles explicaciones:
Podría ser la o cupación comunista china, que ha venido con su modernización y control, hasta tal punto que es el propio gobierno chino el que decide quiénes son los sucesores Lamas, ignorando las determinaciones del propio Dalai Lama, y que han prohibido por ley a éste último el re-encarnarse en su futura vida.
Podría ser la corrosión que la vorágine del día a día, la globalización y el avance producen sobre muchas religiones, y que les hace olvidarse de sus principios, en el caso del budismo el amor, la generosidad, el sacrificio y el control.
O podría ser que la imagen idílica que todos tenemos del budismo nunca existiera, y que sólo fuera fruto de nuestra imaginación, de la de algunos cineastas o de la de algún otro iluminado.

Quizás nunca lleguemos a saber cuál de las tres es o si se trata de una mezcla de más de una. Cuando aquí le preguntas a alguien sobre el tema, la respuesta más probable es “I’m not allowed to talk about this” (no me permiten hablar de esto). ¿Cuándo podrán hacerlo?