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domingo, 7 de octubre de 2007

Los Intocables o 3000 años de esclavitud

De aquí un rato, volaremos a Kathmandu y pasado a New Delhi, para retomar nuestro billete Vuelta al Mundo dirección Hong Kong. Con eso, ya dejaremos definitivamente atrás el país de la India que tanto nos ha impresionado. Es por ello que no queremos irnos sin haber hablado antes de los Intocables.

Ya os contamos un poco por encima cómo funciona el sistema de castas hindú pero no os dijimos que hay algunos que están tan por debajo que ni siquiera tienen casta (nota: “algunos” en la India puede significar varios millones de personas). Son los Intocables. Los demás los desprecian, los tratan como a seres inferiores cuando no los ignoran sin más. En ellos recaen las peores tareas que pueden haber en una sociedad, ya os podéis imaginar cuáles son…

Lo divertido, si es que puede haber algo gracioso en todo esto,
es que ellos son los más hindúes de todos, pues son los auténticos descendientes de las primeras civilizaciones del sub-continente. Pasado su auge, tribus Arias llegaron desde la Europa más oriental invadiéndolos y ocupando todo el Hindustan. Fuero ellos quienes trajeron el sistema de castas que, inicialmente, no era muy diferente del que imperó, en cierta forma, durante años en nuestra civilización. Habían 4 castas: los sacerdotes, los guerreros y aristócratas, los profesionales y comerciantes, y por último los agricultores y granjeros.
A los habitantes locales, mucho más oscuros de piel, los Arios los convirtieron en esclavos y los dejaron fuera del sistema de castas. De esto hace “sólo” 3000 años. Desde entonces hasta ahora, los Intocables sólo han ganado ese nombre y a fe cierta que lo han hecho a pulso. No hay, ni ha habido, ni lo habrá otro grupo de personas en el Mundo que durante tanto tiempo hayan sido esclavos, con cadenas o sin ellas, pero esclavos al fin y al cabo.

Psicoanalizando Paises

Seguro que alguna vez os habréis preguntado cómo se forja el carácter de las personas. ¿Habéis pensado lo mismo sobre el carácter de los países?

En la India, no hay ninguna duda de que es la Religión, por encima de todo, la que ha moldeado el carácter de sus gentes. Una Religión, la hindú, que es exactamente igual hoy que hace milenios. Inamovible. Como el destino de las personas. Nacen en una casta y mueren en ella, hagan lo que hagan. Y eso lo implica todo. Dónde vivirás, qué trabajo tendrás, con quién te casarás. Sólo la muerte te libra de todo esto para reencarnarte en una nueva persona. De esta forma, muchos hindúes parecen sobrevivir más que vivir, asentados en su destino, viendo los días pasar y esperando sin más que la próxima vida les depare mejor suerte. Y todo el consuelo que encuentran en su religión es que, si su vida hoy es perra es porque ayer los perros fueron ellos, y si mañana se portan bien, pasado serán recompensados. Pero si por milagro te acuerdas de tu vida pasada y en ésta no se han portado contigo como te ganaste en aquélla, vete tú a reclamar al guru de turno que te tomó el pelo en la anterior.
El peaje de este sistema, carísimo. Forjar durante milenios un pueblo conformista, donde la cultura del no-esfuerzo es la que prevalece porque ¿para qué romperse los cuernos en esta vida si los beneficios no me llegarán hasta la próxima? Y esto lo empapa todo en la India. De la cabeza a los pies. Arriba porque en el rostro se les refleja la pena de su miseria que dan por inevitable, al menos en esta vida. Abajo porque en el suelo la mierda se acumula literalmente esperando que sea otro quien la recoja.

Cuando nos fuimos hacia el Nepal, nos esperábamos encontrar más de lo mismo por todas sus similitudes. Pero, como ya os contamos, fue todo lo contrario. Son un pueblo amable, casi dulce. Donde ves a todos trabajar por igual, hombres y mujeres. Donde los niños aprovechan cualquier rincón para hacer sus deberes. Donde todos, grandes y chicos, no paran de limpiar y barrer, casas y calles. Pero además, donde no paran de sonreír, entre ellos y contigo.

Bien es verdad que el budismo está mucho más asentado en el Nepal que en la India y que su carácter positivo habrá contribuido en algo a mejorar el de los nepalíes pero la cultura hindú lo sigue invadiendo todo. ¿Por qué entonces esta gran diferencia con la India? Quizás sea que durante siglos y siglos la India ha estado dominada por reyes, gobernantes o imperios la mayoría de ellos extranjeros. En el Nepal, en cambio, siempre fueron locales, posiblemente igual de caciques, pero del mismo color de piel.

En la India, esos foráneos a veces intentaron ahogar la cultura y religión hindú, pero las más vieron en ella una ventaja y la dejaron pervivir. Mientras sean un pueblo conformista, más fácilmente serán dominables y así fue. Sólo lograron su libertad cuando personajes excepcionales como Gandhi o Nehru, educados en valores occidentales progresistas, lideraron a su país para deshacerse del Imperio Británico y de eso hace menos de un siglo. Sin embargo, una cosa fue conseguir ser una de las últimas colonias del mundo en independizarse y otra muy diferente era cambiar la inercia de tres milenios de hinduismo. Por eso, a pesar de intentarlo con todas sus fuerzas y pagarlo con su vida o la de los suyos, fracasaron en su objetivo de acabar con algunos valores de su cultura, en especial con el sistema de castas y con la desigualdad, racismo y pobreza que subyacen detrás de él.

El Nepal, en cambio, protegido geográficamente mucho mejor que la India, pudo librarse en mayor medida de invasiones externas, siendo así gobernada por reyes locales. Entre éstos los hubo malos y buenos pero muchos, al sentir el pueblo como suyo, actuaron como auténticos déspotas ilustrados, buscando siempre el mejor destino para ellos, aunque eso implicara ir en contra de su propia religión. Posiblemente, en un sistema democrático no hubieran podido hacerlo como les pasó a Gandhi o Nehru, pero en aquella época no se andaban con pies de plomo. Uno de ellos llamado Janak fue el creador, hace siglos, de un sistema de educación en el que todavía se basa el actual y que se rige por:

1) Asegurar la igualdad social en la educación.
2) Crear la responsabilidad social de la persona, o sea, del alumno.
3) Desarrollar la cultura y su preservación dentro de la educación.

Desconozco si todo esto ha influido de forma determinante para moldear el carácter de los nepalíes. O incluso si la religión ha sido causa tan fundamental para hacer lo propio con el de los hindúes, si es que realmente es así de negativo como lo he expresado. Pero lo que sí os puedo asegurar es que en Nepal por la calle uno respira alegría mientras que en la India nos hemos tenido que tapar la nariz una y otra vez. ¿Será posible lo que es capaz de hacer un río o un valle, protegiendo a unos y desamparando a otros? Y si eso es así con los países, ¿cómo será con las personas?

jueves, 27 de septiembre de 2007

De la India al Nepal

Después de un paseo en barca por el Ganges a las 5.30 de la mañana, bajo la lluvia y pasando por un par de cremaciones (lo sé, macabro, pero es a lo que vienen aquí los Indios..), nos dirigimos al aeropuerto de Varanasi par coger un avión rumbo a Kathmandu. Qué caos de aeropuerto! Yo no sé como llegamos nosotros ni mucho menos nuestras maletas!

Pero llegamos, y la verdad es que nos sorprendimos mucho al ver un país que, aunque con muchos lazos de unión y similitudes con India (la mita de la población comparte raza y religión con ellos, comparten frontera por el sur, este y oeste), tiene una serie de aspectos que le hacen mucho más agradable y acogedor.


Tiene pobreza, sí, pero no marginación. Puedes ver niños en sus casas estudiando y escribiendo desde muy pequeños, y qué nivel de inglés! Nos reiríamos comparando a un niño de aquí con cualquiera de nosotros en España! Tienen multitud de comercios, incluso callejeros, pero la forma de dirigirse a ti es amable, hasta dulce, comparado con el acoso que se llega a sentir en India. Y tiene vida nocturna en la que puedes fácilmente integrarte y pasar un buen rato. En definitiva, nos encanta Nepal y nos encanta su capital, Kathmandu.

Kathmandu está llena de templos alucinantes, tanto hindues como budistas, que son las dos religiones mayoritarias. Sus calles están llenas de vida e historia. Y les encantan los festivales! Tienen muchísimos a lo largo del año, y todos, de cualquier religión, participan.

Y a pocos kilómetros de Kathmandu (aunque a muchos botes en autobús) se pueden encontrar parajes idílicos en medio de la mismísima jungla! Ríos, cascadas, montañas del verde más intenso que os podáis imaginar, lagos… de hecho hoy hemos estado en el lago de Pokhara, donde hemos alquilado un velerito y Pedro hasta se ha atrevido a bañarse (que no le pase nada:-)) Y todo después de habernos levantado a las 5 de la mañana para ver el amanecer desde el pico de una montaña… el amanecer no valía mucho, pero sí la vista del Himalaya y algunos de los picos más altos del mundo.

Por cierto, mañana nos vamos a cruzar esta cordillera en Jeep y estaremos unos días hasta llegar a Lhasa, capital de el Tibet. Así que no creo que los monjes budistas tengan mucha conexión a internet (aunque hoy en día ya no se sabe). Por si no nos “vemos” en una semanita… un abrazo!!!



domingo, 23 de septiembre de 2007

Las Mil y Una Caras de la India

La India es un país gigantesco, con más superficie que Europa, el doble de sus habitantes e incontables lenguas más. Por eso, no es de extrañar que haya más de una India. A riesgo de olvidarme unas cuantas, destacaría al menos siete de ellas:

La India de la jungla, la India espiritual, la India de Bollywood, la India del Imperio Mogol, la India británica, la India de los pobres y la India moderna.

Algunas son del pasado, otras quizás de un futuro que nunca llegará, otras son simple imaginación de los occidentales como nosotros y otras en realidad quizás nunca existieron. La India es todas ellas y más, y ninguna en concreto. Cada visitante de la India puede venir con una idea preconcebida de una de ellas o la combinación de varias pero, sin duda, se irá con una India por encima de todas. Una India que lo impregna todo, que entra por la nariz de una forma tan brutal que nunca más se podrá olvidar ese olor. Es el olor de la India, un olor tan especial que enamora a unos y repugna a los otros. Un olor tan único que está en el filo del simple olor a basura y a mierda, o del olor a especies, incienso y flores.

Para mí, un amante de los libros de Kipling y Salgari, mi India es la de la jungla de Kim, los tigres de Bengala, los piratas de Mompracem, los Maharajas del Rajastan, la de los marinos portugueses en Goa con Yánez a la cabeza, la de Mariam vestida con un sari luminoso, la de ejércitos enteros a horcajadas de elefantes. Una India que huele a frescor y naturaleza, una India de cuentos y leyendas, una India que sin duda enamora. Nos ha costado muchas horas de calor y de coche pero finalmente encontramos esa India cuando empezamos a pasear por las calles de Udaipur y, sobretodo, cuando nos encaramos a los muros de su palacio. Allí no fue nada difícil imaginar cómo podía ser la vida de los Maharajas, los reyes de las ciudades-estado que como Udaipur pueblan la región del Rajastan (literalmente, tierra de Reyes) y que hicieron fortuna como garantes de las caravanas de camellos que cruzaban sus tierras siguiendo la Ruta de la Seda.

Mil historias os podríamos contar de ellos: la de los Rajputs que nunca perdieron una batalla, la de las mujeres que comenten Sati –se suicidan- cuando se mueren sus maridos porque sin ellos la vida pierde sentido, la de caballos disfrazados de crías de elefantes para dirigir así en medio de la batalla a los auténticos, la de palacios con terrazas diseñadas sólo para poder disfrutar de las lluvias de los monzones, la de techos construidos con miles de espejitos para que el reflejo de una sola vela simule un cielo estrellado. Y así podría continuar sin parar.

Pero lo que más nos ha gustado de esta India, es la India actual y real que hay detrás de ella. Es la India más limpia, con las calles adecentadas y sin basura ni mierda por el suelo como puedes encontrar a montones en la plaza más céntrica de Nueva Delhi. Es la India más solidaria pues no hay cientos de intocables que te asedien a cada paso. Es la India con la mejor cara monárquica pues sus Maharajas, una vez desposeídos de cualquier poder político y de sueldo público, en vez de actuar como diplomáticos-fashion de sus tierras en el extranjero o de convertirse en vedettes no remunerados de la prensa rosa como hacen sus similares en Europa, se vuelcan en sus pueblos y con su dinero, procurando ayudarlos y desarrollarlos. Pueblos de los que hablan sus lenguas mejor que el inglés en el que hace décadas que son educados estos nobles. ¿Os imagináis a Felipe hablando mejor el euskera, el gallego o el catalán que el inglés? ¿O en vez de gastarse 3 mios de euros del presupuesto público para arreglarse un pisito, poner su propio dinero para abrir un colegio o construir un hospital? Política ficción… Claro está que hay otros (y vete a saber si son los más y los menos los hemos soñado) que han abandonado a su gente a su suerte y que, valga la redundancia, viven como Rajás en Londres, acordándose de su pasado sólo por el glamour de sus títulos y de su imagen. Siempre habrá mal nacidos, en cunas de oro o en charcas de barro.

Después está la India espiritual. Esta es la India que tiene una relación más directa con el budismo y con los auténticos gurus. Es la India introspectiva, la India auténtica para los auténticos enamorados de ella, aunque son muchos menos de lo que parecen (los otros son los que se apuntan a cualquier moda, sea visitar la India y decir que se han quedado prendados de ella, sea ponerse una bufanda palestina al cuello haga frío o calor). Y es que, aunque no tiene fronteras, es la India más oculta. De momento no la hemos encontrado, aunque quizás en el Nepal o en el Tíbet la veamos. Pero juraría que uno tiene que buscarla con el corazón y no con la guía.

Algunos la confunden con la India new age, la de los santinos vestidos de gurus, la del color naranja sagrado y olor a incienso, la de música tántrica, el Karma Cola y europeos disfrazados. Yo a esta India la veo de risa, formando parte de la India de Bollywood y de esa estética casi de cachondeo. La India de danzas “hari-hari, lucky-luke”, ombligos moviéndose de un lado a otro, indios coquetos con sus tupés grasientos y tuk tuks –taxis vespa que invaden las calles- decorados con espejitos, flores y fotos freakys de cualquier tipo. Es la India divertida, la que no es dañina pero que, aunque lo intente, tampoco mejora mucho el mundo.

A medio camino entre estas dos Indias, hay espacio para otras sensaciones como la que tuvimos al entrar en un templo en medio de la jungla del Rajastan. Fue como un oasis de tranquilidad entre todo el ruido real y emocional de la India. Sin duda, el templo donde he sentido un mayor sosiego y más espiritualidad. Aunque no es de extrañar porque era jainista, una de las religiones a la que, en cierta forma y sin su extremismo, más cerca me puedo sentir Los jainistas son hindús que respetan hasta la más mínima forma de vida, incluidos insectos y bacterias, plantas y árboles, porque creen firmemente que Dios está presente en todos ellos. Son los percusores de Gaia, el concepto que sin haberlo creado popularizó Assimov al final de su colección de la Fundación. Son también los hermanos espirituales del famoso jefe indio Seattle que, obligado a firmar la venta de sus territorios al Gran Jefe Blanco de Washington, le escribió el primer manifiesto ecologista de la historia, preguntándose como podía él vender la tierra al Hombre Blanco, si eran ellos los Hombres Rojos quienes pertenecían a la Tierra y no al revés. Era un templo cerrado pero abierto a la vez, donde las personas pero también los animales y las plantas podían entrar y salir. Era un templo que no estaba diseñado para asustar al pueblo ni para hacerlo sentir insignificante como muchos otros lugares sagrados. Tampoco estaba hecho para venerar a nadie ni a nada, simplemente era un sitio que lograba que te sintieras bien, tú sólo, contigo y con nadie más. Y de allí, llegas al respeto a los demás y a todas las cosas. Auténtica reflexión de Buda que, al final de sus días, les dijo a sus discípulos “cuando no esté, no quiero que me adoréis ni me sigáis. Toda persona sólo debe ser seguidora de sí misma”.

Las dos siguientes son las Indias de los Imperios Mogoles y Británico, foráneos que, aunque sea irónico, fueron los que le dieron forma y tamaño a la India tras dominarla y controlarla durante siglos. Estas Indias son las más visibles, son las que copan todos los monumentos, pues los indús, al creer en la reencarnación, nunca han tenido la necesidad de realizar grandes construcciones que perpetúen su recuerdo en el mundo. Los primeros dejaron los edificios más bellos, entre ellos el Taj Mahal, que sería sin duda la primera de las maravillas del Mundo si se hubiera cumplido la idea original de disponer un hermano gemelo al otro lado del río, esta vez de color negro. Los segundos, imitando a los Césares, establecieron su pax británica pero, en vez de vías romanas, tendieron vías de tren y otras construcciones, siempre funcionales aunque en algún caso el objetivo fuera simplemente dejar bien claro el esplendor de un Imperio que, por otra parte, empezaba a ser casposo como todos.

Finalmente y también yendo de la mano, están la India de los Pobres y la India Moderna que, aunque en el fondo sean la misma, parece que una se haya olvidado de la otra. La primera con más de la mitad de su población por debajo del lindar de la pobreza. La segunda siendo capaz de lanzar cohetes al espacio y desarrollar tecnología nuclear. La primera con millones de niños trabajando y sufriendo para comer. La segunda orgullosa de aportar al mundo miles de programadores e informáticos. La primera pudriéndose en las megalópolis de New Delhi, Calcuta o Bombay. La segunda formándose en las mejores escuelas del mundo. La primera “intocable” y encerrada en un sistema de castas que ni siquiera los padres de la nación como Mahatma Gandhi o Nerhu, a pesar del respeto que les profesaban sus compatriotas, fueron capaces de abolir en la vida real. La segunda huyendo al extranjero sin mirar atrás o viviendo en ghettos sin mirar afuera. La primera como principal destino de cientos de ONGs. La segunda escondida en las contradicciones de los valores occidentales que han adoptado. La primera real. La segunda falsa. La primera duele. La segunda se desvanece.

De ruta por el Rajastan

Ya hemos acabado nuestra ruta por el Rajastán. Hemos chupado coche que da gusto (entre 3 y 6 horas para ir de ciudad a ciudad!) pero todo ha sido compensado por los imponentes palacios y fuertes que hemos visitado, por todas las historias que nos han contado, y por la variedad de los paisajes y gentes que hemos encontrado por el camino.

Jaipur, Pushkar, Jodpur y Udaipur han sido nuestros destinos elegidos. Cada una de estas ciudades es la capital de uno de los antiguos reinos en que estaba dividida la parte más auténtica de la India. Sus reyes (Maharajas), que aunque siguen teniendo el título carecen ya de poderes, toman hoy muy diversos papeles en función de la ciudad. Algunos han decidido sacar el máximo provecho de su patrimonio, creando hoteles 5 estrellas en sus antiguos palacios, y con las rentas que esto les da se han ido a vivir a zonas más paradisíacas del país o a otros países. Otros como es el caso del Maharajá de Jodpur, han decidido que su papel como reyes es el de cuidar de su pueblo y trabajar en pro de su bienestar. No se si es casualidad o no, pero son éstas las ciudades donde las calles y sus gentes mejor aspecto tienen.

Pushkar es la segunda ciudad sagrada después de Varanasi. Aquí es a donde vienen a tirar las cenizas de sus muertos aquellos que no pueden ir hasta el Ganges. A nosotros nos cogieron por banda dos de los mafiosillos engaña turistas del lugar (no sabían a quién se enfrentaban! :-) nos separaron y nos llevaron hasta la orilla a rezar con ellos y a pedir por nuestras familias para después pedirnos dinero. Yo la verdad es que no escuchaba nada, porque no podía parar de pensar “por favor, que no me eche de esta agua encima, por favor” mientras veía el lago y a los 4 millones de peces (literal) que van sacando desesperados sus boquitas fuera del agua a ver si les echas algo de comer. Qué rollo me echó el tío, pero más risa fue cuando miro hacia Pedro y veo que es él quien le está echando el rollo al otro mafiosillo… al final acabé con agua en las manos, pies y cabeza (estoy bien, tranquilos) y con el tercer ojo en la frente, que al principio me pareció muy auténtico hasta que me vi en un espejo y me di cuenta de que parecía un disparo en la frente con tres granos de arroz encima… por lo menos nuestros bolsillos salieron intactos de la aventura.

De camino hacia Udaipur, que es la ciudad de los lagos en donde se rodó Octopussy de James Bond, tuvimos la oportunidad de pasar por la jungla. Un paisaje totalmente diferente, quizás el que todos tenemos más en mente cuando pensamos en la India. Animales por todos lados, vegetación super tupida… y eso que no nos adentramos en ella. Nosotros no tuvimos tiempo pero seguro que merece la pena hacer un Safari porque en ella se pueden encontrar hasta panteras y osos. Otra vez será!


Ahora camino de Vanarasi y el Ganges. A ver que nos depara esta nueva ciudad sagrada!

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Ruta por Rajastan

Hola mundo!
De las maravillas de Agra nos dirigimos hacia Rajastán (sic tierra de grandes reyes).
Esta es la zona en la que reinaron los grandes maharajas hindúes (cuyos descendientes hoy viven forraditos en Londres) y donde dejaron multitud de palacios y fuertes de estilo hindú.
Nuestro primer contacto con el Rajastán fue Jaipur, capital de este estado. Como llegamos tarde para poder ver monumentos tuvimos la brillante idea de irnos al cine y… qué espectáculo!!! La gente hablaba en el cine, aplaudían, se reían por cualquier tontería, abucheaban o jaleaban a los personajes según lo que decían… divertidísimo!!!
Y es que este pais es de traca... y si no, leed el anuncio que salio en el periodico hace unos dias. Estan buscando un marido para su hija!!! en plan proceso de seleccion, jeje!! Solteros, atentos que parece que la chica es de buen porvenir!

La historia del Taj Mahal

Hola mundo!

De Delhi nos fuimos a Agra, ciudad conocida por albergar al famosísimo Taj Mahal. La verdad es que todo lo que os hayan contado de este monumento se queda corto cuando lo tienes delante. Es una auténtica maravilla, no puedes dejar de mirarlo, y más aún cuando conoces su historia.

El Taj Mahal (palacio de la corona) fue hecho construir por el 4º Rey de la dinastía Mogol. Estaba locamente enamorado de su primera mujer, quien le dio solamente 14 hijos. Pero cuando aún tenía 45 años ella murió y en el lecho de muerte le hizo prometer 3 cosas:
1) Nunca se casaría con otra mujer.
2) Siempre querría por igual a todos los hijos.
3) Construiría un sitio precioso para enterrarla.
Y así fue como se puso a construir la tumba más bonita que nunca se hubiera visto. 22 años tardaron en construirla más de 20.000 obreros provinentes de Persia que utilizaron mármol blanco y piedras preciosas en su construcción.
Tan bello era el Palacio que el Rey Mogol decidió construir otro exactamente igual al otro lado del río pero en vez de en mármol blanco usarían mármol negro, y éste se convertiría en su tumba. Pero por su camino se cruzo el más joven de sus hijos, que con ansias de reinar y viendo que su padre se fundía todo el presupuesto de la corona en tumbas, decidió cargarse a sus tres hermanos mayores y arrestar a su padre encerrándolo de por vida (dejando al resto de la humanidad sin el hermano negro gemelo del Taj Mahal, lo que, os aseguro, hubiera sido de calle la mejor de todas las maravillas del Mundo). Por ser quien era accedió a concederle un último deseo y el antiguo emperador pidió que desde su prisión pudiera ver cada día el Taj Mahal. Y así es como fue y es lo que pudimos observar desde el Fuerte Rojo.

Clases de Yoga

Hola mundo!

Hace unos días que llegamos a la India, y la verdad es que me hubiera gustado recordar mis clases de yoga para soportar mejor mis primeras horas en Delhi. Y es que en este país no dejas de recibir un bombardeo de impactos. Impactos de todos tipos: colores, olores, ruidos, experiencias… en muchos casos contradictorios, que te llevan de las sensaciones más agradables a aquellas que nunca hubieras deseado tener.

De la suciedad y pobreza de la vieja Delhi, a la opulencia de la nueva. Del color negro de los niños que piden por las calles, a los vivos colores de los Sarees que aquí visten todas las mujeres. De ver hombres tumbados sin hacer nada durante horas, a ver a sus mujeres e hijas cargando con fardos gigantes en sus cabezas y manejando el ganado. De las podredumbre de las chavolas a ambos lados de la carretera a la impactante belleza del Taj Mahal…

La verdad es que las primeras horas en la India no fueron nada agradables. Ver la más mísera pobreza, la suciedad y el caos que reina en esta ciudad fueron nuestros primeros impactos. Luego mejoró algo al ver los templos, Nueva Delhi, la tumba de Gandhi y la del primer Moghul (antigua dinastía Persa que se curró la mayoría de las maravillas de este país). Pero la otra parte no deja de estar presente en ningún momento, con multitud de mendigos pidiendo a todas horas y recordándote siempre qué cerca está la otra cara de la India.