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jueves, 7 de febrero de 2008

¿De qué tamaño son tus orejas?


Pablo Neruda. Chileno, poeta y premio Nobel. Según él mismo, tonto de remate y marinero de boca. Ni lo uno, ni lo otro. Lo primero, huelga argumentarlo. Lo segundo, quizás sea verdad que no soportaba navegar a pesar de estar loco por los barcos, pero alguien capaz de hacer volar su imaginación como él lo hacía, no necesita el título de Capitán para ser marinero. Sus casas son como sueños con etiquetas, donde cada cosa y cada rincón, tiene su propia historia. Cierta o falsa, no importa, inventada por él posiblemente, pero tan viva que los objetos parecen tener cara y nombre. Como aquel sillón al que llamó nube o el salón que convirtió en faro. Donde no había ventanas, se inventaba vistas y donde el parquet crujía, se imaginaba goletas.

No os voy a engañar. En general, me aburre leer poesía. Me parece cursi y rebuscada, absurda y sin sentido. Pero hay excepciones, como cuando te cuentan algo que tú mismo has podido sentir antes. Entonces parece que estén hablando por ti, susurrando las palabras que tú no supiste encontrar. Palabras que se mezclan con tus recuerdos, de tal forma que al fin no sabes si es tu voz o la del poeta la que resuena en tu cabeza. Esto me pasó el otro día leyendo lo que Neruda dijo de Machu Picchu. Contaba que, al ver esas piedras, se añoró de un mundo en el que nunca había vivido, pero que sentía tan suyo como si él mismo hubiera trabajado allí, cavando surcos y alisando peñascos. Una sola diferencia, él estaba en Perú, nosotros en Isla de Pascua.

Justo allí, perdidos en medio del Pacífico, nosotros también nos sentimos como si en cierta forma fuéramos parte de esa isla. Es verdad que el paisaje volcánico le recordó a Belén las Canarias. Es verdad que el tamaño y la forma, el color y el aire, me recordó a Formentera. Pero fue algo diferente, más allá de un simple parecido o un deja vú pasajero. Cuando dimos la vuelta a la isla, nos fuimos encontrando aquí y allá sus famosas esculturas, algunas restauradas, otras todavía hundidas en la tierra, como avergonzadas del pasado que acabó con ellas. Rostros de piedra que cuanto más mirábamos, más nostalgia nos hacían sentir de un mundo que nunca habíamos conocido. Esa era la melancolía de la que hablaba el poeta. La tristeza de pensar que alguien que pudo crear algo tan simple pero tan grande, tan perfecto pero tan único, hubiera desaparecido sin dejar siquiera una nota, ni un aviso, ni un nombre.

Algunos de los habitantes actuales de la Isla son descendientes directos de esos artistas sin firma pero la guerra y el hambre, la enfermedad y la esclavitud borraron ya de la memoria de sus abuelos cualquier recuerdo de quienes eran sus antepasados. O quizás no. Quizás asustados por la ambición de los que venimos del mundo que hay al otro lado de sus olas gigantescas, prefieren olvidar o, simplemente, no contarlo. Porque, si os digo la verdad, cuando hablas con ellos, con sus palabras niegan lo que sus ojos afirman. Que saben más de lo que dicen. Que todavía hay cuevas escondidas y selladas, como decenas de otras que ya se han encontrado, llenas de objetos y tesoros, incluso quién sabe si con algún grabado que permita descifrar su escritura rongo-rongo. Que conocen la razón por la que los primeros occidentales que llegaron a su isla vieron a gente de piel blanca entre ellos, muchos incluso pelirrojos. Que estos pertenecían a la tribu de las Orejas Largas, dueña de Isla de Pascua durante más de 1000 años y auténticos señores de los Moais. Que los Orejas Cortas llegaron de la Polinesia mucho después para encarnizar una guerra cruenta con los primeros que no sólo les llevó al canibalismo sino también al borde de su extinción. Que le perdonaron la vida a uno sólo de los Orejas Largas acabando así, más que nunca de golpe y porrazo, con una cultura milenaria. Que algún día nos dirán quiénes fueron esos genios, blancos, altos, pelirrojos, llamados Orejas Largas, demasiado parecidos a algunos nobles Incas, cuyas momias también tienen el pelo colorado y que, curiosamente, también eran conocidos como los Orejones, cuyo Rey, dice una de sus leyendas, partió en barco hacia el Este para conquistar el mar; genios que, sin otra ayuda que una piedra como cincel, crearon una estética hace 1000 años que hoy no tendría precio.

Podéis creerme o no pero os aseguro que, cuando tomamos prestadas las palabras de Neruda sobre Machu Picchu para poder explicar lo que sentimos en Isla de Pascua, no sabíamos nada de todo esto. Entre las creaciones de los antiguos, habrá obras más gigantescas, pinturas más detallistas o joyas más preciosas, pero no hay ninguna que tenga un diseño tan perfecto como los Moais, imponentes por su antigüedad, insolentes por su modernidad. Diseño que sea capaz, al mismo tiempo, de inspirarte misterio y hacerte cómplice, como si tú mismo hubieras ayudado a levantar esos cabezudos de piedra para después olvidarlo todo. Hasta volver allí y respirar el aroma dulce y fuerte, fresco y suave de Isla de Pascua, que es capaz de despertar en ti recuerdos que nunca tuviste e incluso, por un momento, hacerte creer que tus orejas son más largas de lo normal.

sábado, 2 de febrero de 2008

La isla de las cabezas rotas

Isla de Pascua, Rapa Nui, probablemente la isla que más misterios y más preguntas ha suscitado a los aventureros que han llegado hasta sus costas. El primer misterio, cómo alguien pudo habitar hace tantos años uno de los rincones más recónditos de la tierra: para que os hagáis a la idea, Isla de Pascua es del tamaño de Formentera o La Gomera, y no hay absolutamente nada a más de 3500km a la redonda. Vamos, que es como encontrar una aguja en un pajar.

El segundo misterio, el cómo gente que vivía en la edad de piedra y sin ningún tipo de maquinaria, fue capaz de construir y transportar a más de 10km de distancia las inmensas estatuas de piedra que podían llegar a medir más de 10 metros y pesar más de 300 toneladas: Los moais (o cabezas gigantes como las conocía yo hasta ahora).

El tercero y más enigmático, por qué abandonaron estas estatuas y dejaron las canteras con figuras a medio terminar, como si de la noche a la mañana alguien decidiera que ya no les importaba….




La respuesta al primero de ellos es bastante fácil. Cuando al hombre blanco aún temía alejarse de la costa por si se caía del mapa, los polinesios ya surcaban todo el Pacífico (que de pacífico tienen poco) descubriendo y poblando sus numerosas islas. Sabían que las aves no tienen un pelo de tontas, y que cuando comienzan sus migraciones nos es para perderse en el medio de la nada. Así que guiados por las estrellas seguían la dirección que ellas tomaban, y cuando volvían a verlas o veían que la forma de las nubes cambiaba radicalmente, sabían que estaban próximos a tierra. Así es como 7 intrépidos polinesios llegaron hacia el siglo IX a Rapa Nui.

El segundo ha traído de cabeza a multitud de arqueólogos y físicos, que han luchado durante años por hacer valer sus teorías. La explicación más probable es que las estatuas fueran esculpidas por un elenco de rapanuis picando directamente las paredes de las canteras, que luego las separaran de la tierra y las hicieran bajar por una rampa hasta un agujero, que las pusieran en pie a base de acumular piedritas en sus espaldas, para luego poder terminar la parte posterior, y que finalmente las transportaran en vertical haciendo uso de troncos de cocoteros por los que las deslizaban a modo de rodillos.




El tercer misterio requiere de una explicación más extensa de la vida y tradiciones en Rapa Nui. La construcción de los Moais constituyó una parte fundamental de su cultura desde el siglo IX al XVI. En la isla había diversos clanes, y eran las castas más bajas de cada uno de ellos quienes se encargaban de la construcción y transporte de las figuras hasta los lugares sagrados. Los construían en memoria de sus ancestros y para venerar a los Dioses. Pero pronto empezaron a haber competiciones entre los diferentes clanes para demostrar su poder: cuantos más moais construían y cuanto más grandes eran éstos, más poder tenía el clan. Esto hizo que la población aumentara (más gente para hacer más moais), y que empezaran a escasear los recursos en la isla: por un lado, los alimentos que hacían falta para alimentar a tanta gente, y por otro, todos los árboles que cortaban para poder mover las estatuas. Fue así cómo las castas bajas, muertas de hambre, empezaron a rebelarse contra sus superiores, y cómo cada clan empezó a luchar contra los otros por llevarse los recursos. El resultado, una guerra cruenta que duró más de 100 años y que dejó a tan sólo 111 habitantes en la isla quienes se vieron forzados a vivir en las tinieblas de cuevas subterráneas para protegerse de ellos mismos y de los barcos esclavistas que llegaban a sus costas.

Fue hacia el siglo XVII que los diferentes clanes decidieron salir de las tinieblas y acordar la paz. Ya no adoraron más a sus cabezas, sino que optaron por adorar a lo que más necesitaban: el dios de la fertilidad y su encarnación en la tierra, los pájaros que migraban cada año a los islotes que rodeaban Rapa Nui para poner sus huevos. En aras de la paz, decidieron un sistema rotativo de gobierno al que se optaba por medio del lo que podríamos llamar el primer triatlón de la historia: Cada año, cada uno de los clanes presentaría a un luchador. Estos luchadores tendrían que bajar por la pared exterior del volcán más importante de la isla, nadar hasta uno de sus islotes, encontrar un huevo recién puesto, volver hasta Rapanui surfeando las olas, subir de nuevo hasta el cráter del volcán y presentar el huevo intacto. El primero en llegar sería declarado Hombre Pájaro, y su clan gobernaría durante todo un año.

Fue así como los encontró el hombre blanco hacia finales del siglo XIX. Hoy ya están todos cristianizados y bajo el gobierno de Chile, pero es asombroso los esfuerzos que hacen ambas partes por conserva y potenciar la cultura rapanui.


lunes, 28 de enero de 2008

De isla en isla y tiro por que me toca.

Ya nos fuimos de Nueva Zelanda, y lo hicimos por el punto más norte de la isla norte. Es allí por donde llegaron los polinesios hace cientos de años en su gran canoa. Una playa, que de larga que es, no tiene más nombre que su distancia: la playa de las 90 millas. Y dicen las leyendas maoríes que es allí a dónde van las almas de sus muertos para dirigirse hacia el más allá… así que qué mejor punto para despedirnos de estas islas de aventura, paisajes y fish and chips que tanto nos ha gustado.
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Y como si polinesios fuéramos hemos acabado en la Isla de Pascua (aunque a ellos les costó algo más que nuestras 11 horas de avión llegar). Es el tercer vértice del llamado triángulo polinesio que forman Hawai al Norte (que no está en nuestra ruta pero que esperamos poder conocer algún día), Nueva Zelanda al Oeste y la Isla de Pascua en el Este. Entre medio nos ha quedado la Polinesia Francesa, que a riesgo de vivirla con un chaparrón constante, decidimos sacarla de nuestra ruta. Así que saltamos directamente a la isla habitada más remota de la tierra, una isla llena de leyendas y misterios que pronto os iremos desvelando…