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viernes, 1 de agosto de 2008

Animalario

Leones: no hay ninguna duda, son los reyes. Todo el día tumbados sin hacer nada, mientras sus mujeres son las que cazan. Y cuando se ponen tontos, si las hembras no están por la labor porque ya tienen un camada que cuidar, se zampan a los cachorros para poderlas preñar de nuevo con sus genes. Aunque no todos viven como reyes. Cuando un macho tiene que dejar el grupo para formar el suyo propio, como no son muy buenos cazadores, puede llegan a morirse de hambre. Menudo final para un monarca…


Elefantes: a sus manadas no les llaman clanes por nada. En el Kilimanjaro, vimos como tres de ellos formaban un círculo de defensa alrededor de una cría moribunda. Y así se quedaron, quietos pero vigilantes, cada uno mirando hacia un lado diferente, hasta que la pobrecita murió. Ellos que necesitan comer 20 horas al día, aguantaron sin moverse del sitio todo el tiempo que hizo falta. En otro de los clanes, en cambio, vimos un montón de babys divertidísimos, algunos de ellos todavía aprendiendo a usar la trompa, moviéndola de un lado a otro, sin acertar a encontrar su propia boca.


domingo, 15 de junio de 2008

Don't stress, that's adventure

45 años, negro, grande como un armario pero todavía más simpático. Si lo vieran en Hollywood, el daban el papel de padre bonachón en cualquier teleserie. Bob es el barman del Audi Camp. Aunque no tiene nada que ver con los coches es un enamorado del Toyota 4x4 que hemos alquilado y con el que hemos recorrido toda Namibia hasta llegar a Botswana. Tan sólo diez días antes aterrizábamos en Africa para hacer un “self-drive safari”. Nuestro todo terreno es una máquina aunque visto desde fuera pueda parecer un caracol, por eso de que va con la casa a cuestas. Tienda de campaña en el techo, despegable como un acordeón y hecha a prueba de patosos de ciudad como nosotros. Esta sólo es una de sus ventajas, la otra es que por la noche los leopardos y otros gatos que campan por aquí se pasean por debajo sin quitarte demasiado el sueño.

Ha sido poco tiempo pero lo justo para enamorarnos de Namibia. Las dunas rojas del desierto, los grabados en piedra de descendientes de los primeros humanos, el pueblecito costero de Swakopmund con su extraño encanto y el mejor hotel que nunca vimos, Etosha Park con cientos de miles de animales. Pero sobretodo Namibia y sus atardeceres. La sensación de soledad y tranquilidad que irradian los paisajes de este país sólo se pueden comparar a su belleza. Ni una sola nube en el horizonte. Cielo cristalino sobre el que desciende el sol y en el que empiezan a aparecer naranjas, rojos, violetas, de una intensidad tal que parecen ser los colores puros recién inventados por dios.