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miércoles, 2 de enero de 2008

Un país en venta





Y nadie parece querer comprarlo. En el Norte y en el Sur. Casas y tiendas. Todo está en venta. Y lo que es más curioso, no son los negocios ruinosos o las casas escondidas lo que se vende. No. Es la primera línea. Seguro que los tipos de interés disparados ayudan pero si tuviera que adivinar, lo tengo claro. Aquí todo quisqui quiere triunfar para salir por patas. Y no me extraña ni un pelo. Nosotros no llevamos ni tres semanas y ya nos pasa lo mismo. De hecho, no quieren venir ni los inmigrantes del tercer mundo. Algunos chinos en Sydney y se acabó. Por eso todo es carísimo. Porque aquí los que te limpian la cama, los que te llevan en autobús y los que te sirven en los bares, son todos australianos que podrían ser tus compañeros de clase. Un par de europeos trabajando de camareros a cambio de aprender inglés y el resto Cocodrilos Dundees modernos. Muy chic pero todos amargados. Y así claro, ni la comida es apetecible. Y ya es curioso que en un país descubierto por un tío con nombre de cocinero, Captain Cook, la gastronomía parezca la de un elefante en una cacharrería. Todo tipo de sabores, mezclados sin ton ni sal y siempre en tamaño gigante. Lo que sea con tal de acumular cuanta más grasa mejor en sus barrigas descomunales.

Lo fastidiado es que, como en casi todo, se creen que son buenos. Abres el periódico de cualquier día y no es difícil encontrar algún referente al éxito de su comida y de los cocineros australianos en todo el mundo. Os lo juro. ¿Alguno de vosotros ha visto alguna vez un restaurante australiano fuera de las antípodas? Pues así, los ejemplos que queráis. Decía el otro día que Sydney y Melbourne tienen fama de parecerse a Barcelona. La próxima vez que oigáis a algún burro como yo comentarlo, poned la mano en el fuego a que en su vida ha estado por aquí. Sydney es una ciudad de juguete, con rascacielos tan aburridos como los de Singapore y la mitad de altos que ellos. Con un Hyde Park del que hasta los homeless huyen aburridos de lo pequeño que es y con un skytrain que parece el de un Parque de Atracciones de pueblo. Eso sin mentar el famosísimo Opera House que cabría entero dentro del Guggenheim, si no fuera porque en Bilbao no aceptarían nada con el techo descolorido. De auténtico, sólo tienen la celebración del Christmas Day en la Playa, todos con sus gorritos de Papa Noel, o su gran noche del año, la última de hecho. Con marca y todo. El NYE, New Year Eve, con los fuegos artificiales en el Harbour Bridge. Espectaculares por lo masivos que son pero igual de creativos que el resto de la ciudad. Lo mejor, el show del picnic en la playa donde se acumula la gente más de 10 horas con tal de tener un buen sitio para verlos.



De hecho, las playas y calas son lo único que hacen que Sydney sea especial. El puerto natural donde está enclavado tiene un montón de bahías apetecibles. Si eres el rico del pueblo y tienes un velero, lo puedes pasar en grande. Aunque cómprate el barco con ducha porque el agua está contaminada. Sólo se salvan las que dan al océano. La mejor, Bondi Beach, una playa preciosa a media hora en bus, con el agua limpísima pero helada, donde se junta media Sydney los fines de semana. La otra media está en Manly Beach, una playa surfera abarrotada de gente aunque no puedan bañarse por las fuertes corrientes. Absurdo, como todo el país. Melbourne, según ellos la mejor ciudad del mundo, sube un poco listón junto con Sydney, pero más por desesperación nuestra que por mérito suyo. Su gran atracción, un tranvía gratuito que da la vuelta a toda la ciudad en apenas 20 minutos y sin pasar de 20 km/hora. Los taxistas, cuando te cogen, te dan dos vueltas de esas para justificar la bajada de bandera. En fin, muy pocas nueces para aguantar tanto ruido como el que hemos tenido que oír.





Pero quizás todavía tenéis dudas y pensáis que soy un exagerado. Que no me ha gustado nada Australia y que, típico mío, me estoy cebando hasta destrozarla de arriba abajo. Seguro que tenéis razón. Sólo conozco dos formas de ver las cosas, o las quieres o no las quieres. Y ya no tengo edad para disimular. A mí los vinos me gustan con tapón de corcho. Oír el ruido al abrir la botella y que sea el primer aroma que hueles antes de que llegue el olor a barrica o a fruta. Pues aquí ni eso. Tanta fama que tienen los vinos australianos y va y te los traen con tapón de rosca, como las Coca-Colas de antes. Son así en todo. 100% fake. Todo falso. Desde la imagen que dan al resto del mundo hasta los vinos malos y caros, pasando por su propia publicidad donde acumulan las mentiras y las fotos trucadas.

Y es una pena, porque hemos tenido momentos de primera: cada vez que vimos canguros, tiburones o koalas, cuando subimos a Kaja–Tjuta, los fuegos artificiales de fin de año, …. Pero siempre que empiezas a cogerle el gustillo, aparece algún “aussie” dispuesto a chafarte el día con su mala educación. Tenemos tantos ejemplos que daría para varios posts. Pero como dice mi suegro, imagínate tú cómo sería un país si lo hubieran montado entre El Lute, el Dioni y Ruiz Mateos. Ramón, me da a mí que al menos hubiera tenido más gracia. Y seguro que habría jamón. Y del bueno, que menudos son los chorizos españoles.



martes, 25 de diciembre de 2007

¡Feliz Navidad!

Desde la otra punta del mundo os deseamos:

Que disfrutéis de la comida, del turrón y los polvorones…
que nosotros este año pocos cataremos.

Que Papá Noel y los Reyes os traigan muchos regalos…
que no sé si a nosotros nos encontrarán por aquí!

Que disfrutéis de un merecido descanso…
como el que llevamos nosotros disfrutando ya unos meses.

Que La Nochevieja sea la más especial…
como seguro que será la nuestra.

Que el año nuevo os traiga los momentos más felices de vuestra vida…
como seguro que a nosotros nos traerá.

Y sobre todo, que disfrutéis mucho de la compañía de vuestra familia y amigos,
que será lo único que de verdad echaremos nosotros de menos estos días.

¡Feliz Navidad!

Los viajeros del tiempo



Uluru. Uno de los lugares más sagrados de los aborígenes. Y no es de extrañar que lo sea porque realmente parece que esté vivo. Si lo miras fijamente, hasta creerás verlo respirar, como si dentro de la montaña, en sus mismas entrañas, hubiera una criatura de otro mundo esperando salir. Para unos, una roca gigantesca, incrustada en medio de la nada, como si fuera un iceberg de arena roja. Para otros, la prueba de que hasta una piedra puede tener alma. Pero no está sola, a menos de 50 km, una nadería cuando estás en el corazón de Australia, se encuentra otra formación similar. Si Uluru fuera un dios, Kaja-Tjuta sería su diosa.

Y también respira, pero de una forma mucho más brutal. Uluru es sútil, apenas un movimiento imperceptible, como un abdomen subiendo y bajando lentamente. Kata-Tjuta aspira profundamente, absorbiendo el aire a bocanadas y creando vientos y corrientes que llenan sus gargantas de energía. Si subes hasta arriba del Valle de los Vientos y te sientas a horcajadas en su desfiladero, puedes notar la fuerza de su respiración, como si estuviera alimentando la vida que parece tener dentro de ella.

Antes de Uluru y Kaja-Tujta, el mundo era plano. Fueron los Seres Ancestrales quienes viajaron a través de él y crearon todas las plantas, animales y cosas, dejando parte de su alma en cada uno de ellos. Los aborígenes creen ser los descendientes directos de dichos Seres, herederos de su testamento oral, con el que rigen toda su vida. Lamentablemente, es secreto y sólo pequeñas partes de ese conocimiento han sido reveladas a los blancos. Lo justo, sin embargo, para saber que eran normas que les convertían en un pueblo ecologista y pacifista, en constante relación con la naturaleza de la que dependían para sobrevivir. Quizás la única cultura del mundo realmente ignorante de lo que era una guerra.

Estos hijos de semidioses, auténticos hippies de la prehistoria, se despertaron un día con otros hijos de su madre, acampados en su jardín del Edén. De golpe y porrazo, ellos que no conocían ni la rueda ni la escritura en pleno siglo XIX, habían viajado al futuro sin moverse de su isla. Más de 20.000 años totalmente aislados de cualquier otra cultura, con una mano delante y otra detrás, y se topan con una panda de convictos liberados por la patilla. No hace falta decir que perdieron por goleada. Lo curioso es que, cuando uno los ve ahora deambular por sus pueblos, a unos y a otros, es difícil saber quienes fueron los vencedores de ese encuentro, porque todos llevan en los ojos la mirada de la derrota.

Los negros, como ellos mismos se describen, caminando descalzos por la calle, con la vista perdida y las ropas sucias, muchos de ellos adictos sin cura al alcohol y casi todos cebados por la dieta occidental. Todavía se preguntan cómo es posible que sus antepasados no les dictaran también las normas de cómo afrontar las perdiciones del mundo moderno. Los blancos, aunque nunca lo reconocerán, amargados por vivir en el auténtico culo del mundo, rodeados de continuas trampas de la naturaleza, con el quiero y no puedo de ser relevantes entre los grandes o simplemente en su propio país, donde demasiados pueblos aspiran a ser ciudad.

Si pudieran elegir, no tengo ninguna duda de que ambos bandos preferirían viajar al pasado. O al futuro. Pero a donde fuera con tal de salir de aquí. Pero esto no lo arregla ninguna máquina del tiempo y mucho menos los australianos. Lo intentaron hace 50 años con el robo oficial de cientos de bebés aborígenes para que crecieran entre occidentales y todavía hoy están intentando pedir perdón por ello. Hace 20 años volvieron a la carga retornando las tierras a sus “propietarios tradicionales” pero, claro, no iban a devolver todo el país y mucho menos las mejores zonas donde ahora viven ellos, así que el paquete se limitaba a campos desérticos y bosques pantanosos llenos de moscas y mosquitos. Eso sí con el título de Parque Nacional. Y ahora los atiborran de Asistencia Social, una trampa mortal, un camino sin retorno pues es lo justo para sacarlos de su mundo pero dejándolos a las puertas del nuestro (aunque, la verdad, ellos tampoco se esfuerzan ni mucho ni nada para entrar en él).

Primero les robaron sus tierras, después sus vidas y también sus niños, y ahora, aunque no se den cuentan, lo están haciendo igual con su futuro. Eso sí, en cuanto no quede ni uno, seguro que amplían el aeropuerto de Ayers Rock y hasta puede que le devuelvan su nombre de verdad. Uluru.
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Nota: no hemos hecho ninguna foto de gente aborígen pues, como a los indios americanos, no les gusta ser fotografiados.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Australia o la Isla del Terror





Cuando uno compra los billetes para Australia se imagina que eso será como Portaventura, atracciones por aquí y aborígenes por allá, pero un país entero de arriba abajo. Con un montón de canguros dando botes y algún que otro freaky vestido de Indiana Jones, metiendo la cabeza dentro de la dentadura de un cocodrilo, al estilo de los antiguos domadores de leones. Y eso sí, mucha cerveza, de la rubia y de la buena.

El estereotipo no dura ni una hora. Lo justo para ver un par de canguros cruzar la carretera y soltar unos cuantos “ooohhhs”. A partir de entonces, todo es como una película de terror. Si Disneylandia es el Parque de Atracciones para los niños buenos, Australia es el de los malos. Y a decir verdad, lo son. Los malos de la película me refiero. Todos son descendientes de convictos ingleses a los que se les conmutó la pena a cambio de disfrazarse de colonos. Y bien que lo intentaron. Con ganas y con balas, porque a base de ellas se cargaron a cualquier bicho que andase a dos patas. Moreno y con boomerang para más señas. Lo jodido es que han hecho creer al resto del mundo que los aborígenes eran hombres del desierto. Y claro que lo son. Los pocos que dejaron con vida, porque la mayoría vivían en las playas paradisíacas donde ahora se apalancan ellos con sus apartamentos, que por no ser no son ni bonitos.

Y es que no dan para más. Ingleses y de baja estofa. No querías caldo, pues toma dos tazas. Lo suyo, idioma incluido, tiene que valer en todo el mundo. Lo de los demás no sirve ni para tirarlo. ¿Necesitas una medicina cualquiera? A pagar para que un doctor de los suyos te haga una receta. ¿Quieres alquiler una barca? A sacarte su licencia porque la europea no vale un pimiento. ¿Pides explicaciones cuando te ponen una multa? A callarte o te encierran por saber hablar sin masticar las palabras como hacen ellos. ¿Intentas chapurrear inglés? Apechuga si no te entienden porque ni se inmutarán y si les pides que hablen más despacio, te mirarán con cara de “what the fuck is this about”. Siempre, desde luego, con su “bloody accent”, pronunciando todas las vocales como si fueran As para ponértelo más difícil. G'day mate. Pero bueno, menos el acento, nada nuevo si habéis estado en UK. Por algo conducen todos por la izquierda y por algo el Euro lo tienen de adorno.

Me despisté. Iba a hablaros de la Isla del Terror y me fui a la Cámara de las Torturas. Y es que uno no puede dar dos pasos en Australia sin encontrarse con un cartel que le dispare la adrenalina. Cuando no son cocodrilos, son tiburones como los que fotografiamos en la Gran Barrera de Coral. Y si los bichos grandes no te asustan, también tienes de pequeños. Desde las sanguijuelas que se nos pegaron en la piel hasta las medusas venenosas por las que no te dejan meter en el agua. Sin contar las moscas cojoneras que a cientos se nos metían por las orejas y por las narices. Lo dicho, como un gran Parque de Atracciones, pero de los auténticos. Todo de verdad verdadera y nada de anuncios. Divertidísimo, os lo prometo, si vienes sólo dos semanas. Si tuvieras que vivir aquí, igual acabas como ellos. Con un deje antipático de cuidado. O quizás sea por la civilización que nos ha vuelto a todos un poco bordes comparados con los del Tercer Mundo. Allí nos trataron de fábula. Aquí, como no comen de nosotros, no nos dan ni el pan ni las gracias. Pero no hace falta. Hasta con ésas, Australia sigue siendo una maravilla de mundo, porque lo de país se le queda corto a alguien que tiene desiertos, bosques tropicales, islas salvajes, playas paradisíacas, y así sin parar hasta tener más Parques Naturales que ningún otro sitio en el planeta.

Y todavía nos queda ver el sur. Sydney y Melbourne. Dicen que son ciudades gemelas de Barcelona. No espero menos cuando los amigos que tengo por allí son gente encantadora. Ramin, Mark y Phillip. Y para acabar la Isla de Tasmania, que suena como si fuera la Isla del Dr Moreau. A ver si tenemos suerte y vemos algunas de sus criaturas. O aunque sólo fuera oírlas por la noche. Terrorífico. Como toda la isla...