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martes, 8 de abril de 2008

Fidel a la vista

En dos semanas, hemos dado la vuelta a medio Centroamérica. De México nos fuimos a Guatemala y, de allí, pasamos a Belice para subir después hacia el norte y entrar de nuevo en México. Fue como volver a casa. El conductor del autobús sobornó al policía de la frontera con una botella de alcohol y éste, a cambio, no nos cobró nada. Aunque sólo se portó bien con nosotros porque con el resto de guiris se puso las botas. A 25 dólares por cabeza, os podéis imaginar.

Al día siguiente, visitamos Tulum, las únicas ruinas mayas situadas al lado del mar. El ticket de entrada, para variar, estaba fechado y validado desde hacía una semana, así que vete a saber cuánta gente habrá pasado con ese mismo boleto. De vuelta, tres taxis nos ofrecían tres precios diferentes y, curiosamente, cada uno de ellos tenía su propia lista de tarifas oficial para certificarlo. Por la tarde, nos subimos a una guagua de línea para irnos a Playa del Carmen. Lo normal es ir en taxi colectivo, cuesta lo mismo y es mucho más rápido, pero nos dieron mala espina. No por nada la propia gente del pueblo ya nos había avisado que no eran de fiar.




En los próximos días estaremos por el Caribe mexicano para luego irnos a Cuba. Después de tanto liberalismo capitalista con aroma a chorizo ibérico, ya tenemos ganas de volver a un país comunista. Puede ser la monda. El marxismo a la hispana y con un toque isleño. Cuando Belén y yo nos conocimos, el primer país que pusimos en nuestra lista fue Cuba y nos prometimos que iríamos antes de que Fidel se fuera por pataneras. Finalmente cumpliremos nuestra palabra, aunque el Comandante haya perdido un poco de glamour al andar por allí en chándal olímpico en lugar de con su uniforme revolucionario.

Hablando de Olimpiadas, si al final se organiza un boicot contra Beijing ’08, el tío todavía sería capaz de presentarse a los 1500 para mostrar su apoyo a los camaradas chinos. Yo si fuera uno de los otros, lo dejaría ganar para verlo allá arriba en el podium, negándose a recoger la medalla de oro por ser un símbolo del capitalismo imperialista y urgiendo al resto de atletas para que se suban con él al mismo peldaño igualitario. “Compañeros rivales, en Cuba nadie pierde, todos ganan”. Y así durante horas hasta que se le acabara la cuerda.

Cómo debe ser el tío para tener a todo un país secuestrado a sus pies, incluso cuando ya sólo puede ir en zapatillas de dormir. ¿Nunca os habéis preguntado qué puñetas tienen estos dictadores para con su sola presencia condicionar la vida de tantos millones de personas? Todos sabemos que, en cuanto desaparezca, vendrán los cambios en Cuba. Entonces, si todos lo desean, ¿no es absurdo tener que esperar a su muerte y más cuando no deja de ser un pobre anciano a las puertas de su fin? La mayoría de dictadores, antes o después, han acabado saliendo por piernas o con las piernas por delante, que aunque parecido no es lo mismo. Sin embargo, en algunos sitios, aunque pocos por suerte, se han librado incluso de ese pequeño castigo. Fidel en Cuba será uno de ellos, como antes lo fue Mao en China o Franco en España. No se me ocurre qué podían tener estos tres dictadores o pueblos en común para compartir la misma suerte o desgracia respectivamente, pero todos ellos tienen el triste honor de aparecer en la misma lista.

Aprovechando que a los cubanos le gusta hablar, les preguntaremos sobre ello pero me da que, en nuestra encuesta particular al respecto, saldrá ganador el “no sabe / no contesta”. No sea que Fidel esté cerca, con el chándal puesto y la oreja afinada…




martes, 25 de marzo de 2008

Los angelitos de Isaac, el tequila de Diego y el pasamontañas del Subcomandante Marcos

“¡Abuela, nos comimos tu dinero!”. Su dinero y 100 empanadillas por lo menos. Son los angelitos de Isaac. 30 años, perforador de pozos de petróleo, desplazado por Pemex a Chiapas.”Siempre viajo con mi bombón y mis angelitos”. En cristiano, su esposa y el resto de la familia. Entre todos es fácil que lleguen a la tonelada. Si las guerrillas quisieran detenernos, lo tendrían bien fácil porque la furgoneta en la que vamos no pasa de los 50 km/hora ni en bajada.

Estamos cruzando la selva de Chiapas, donde hasta hace nada, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional era el único que se atrevía a entrar. Ahora parece que las pláticas secretas llegaron a buen puerto y el Subcomandante Marcos se pasea con su pasamontañas por el Zócalo. Y lo hace a lo grande, con una multitud devota detrás suyo, detrás del héroe de rostro desconocido. Héroe para los indígenas porque, cuando preguntamos a Isaac sobre él, no sale nada bueno por su boca, aunque tampoco muestra mucho interés. De hecho, al rato ya nos cuenta cómo será el baile por los 15 años de su hermana. Como marca la tradición, vestido rosa, de unos 1000 dólares. Poca cosa si pensamos que la niña ya se pasea del brazo de un guapetón con 3.500 hectáreas bajo sus botas camperas.


Como comprenderéis, a pesar de que son un encanto, la historia de los indígenas y del EZLN les importa un pimiento. Como a Diego, nuestro anfitrión en Mérida. Blanco de piel y productor de televisión en DF. Según él, Marcos fue un submarino del gobierno para alejar la atención pública sobre la situación de la economía. Antes de acabar la frase, ya nos está hablando de las diferentes marcas de tequila y, acto seguido, se mete una botella entera, él solito, entre pecho y espalda. Este es el principal problema de México. Demasiados mundos y todos diferentes compartiendo país dentro de las mismas fronteras. Eso sin contar los que cada noche intentan cruzarlas para pasar al “otro lado”. Por eso, cuando hablan del EZLN se pierden y sueltan cualquier cosa. Que si son comunistas, marxistas, narcotraficantes, guerrilla cristiana, zumbados inconscientes, machistas y no sé cuantas cosas más. Por eso, cuando intentas saber algo más de ellos y preguntas aquí y allá, aunque todos quieren desprestigiarlos, nadie se atreve a acusarlos. Y si alguno se lanza a argumentar en su contra, acaba balbuceando sin saber ni siquiera formular dos frases seguidas con sentido.

En cambio, sólo necesitas escuchar cinco minutos al Subcomandante Marcos para darte cuenta que, a veces, hasta el más cuerdo de los humanos puede llegar a su límite y necesita pegar un tiro al aire para que dejen de joderlo una y otra vez. Para que la mayoría no abuse de las minorías. Para que la democracia no se convierta en una trampa en la que los que son más ejercen de dictadores de los que son menos. Ya os podéis imaginar de qué va todo, porque la historia no tiene nada de nueva. Campesinos indígenas dejados de la mano del Estado durante más de cinco siglos, despojados una y otra vez de sus tierras, ahora para buscar petróleo, ahora para hacer una presa, por el gobierno o por caciques, sin compensación que valga pues pocos de ellos disponen de títulos de propiedad. Algo lógico entre gente que a menudo no sabe ni escribir.

Durante años intentaron organizarse democráticamente para obtener “el derecho a tener derechos” pero hartos de llamar a una puerta que no llevaba a ningún sitio y cansados de recibir torturas y disparos como única respuesta, se rindieron a la única salida que encontraron: subirse al monte. Allí se armaron para defender a su gente de los paramilitares que constantemente les asediaban para echarlos de sus casas, pero el Estado les tildó de narcoguerrilla, por lo que tuvieron que urdir una nueva táctica. Algo que un traficante nunca haría: bajar a los pueblos, subir al balcón del municipio y decir bien alto y claro lo que querían. Una democracia de verdad para México.

Aquí, no sólo la democracia es un camelo porque no hay elecciones que no estén amañadas, sino además las minorías están siempre desprotegidas. Eso es simplemente lo que ellos reclaman. Un mecanismo para que los que gobiernen no abusen de su poder. Por eso, han acuñado un nuevo concepto: el pueblo manda y el gobierno obedece. Su siguiente paso ha sido crear la “Otra Campaña”. Una campaña para movilizar una fuerza política que no sea un partido. Una mayoría de minorías. “Una fuerza política que pueda organizar las demandas y propuestas de los ciudadanos para que el que mande, mande obedeciendo”. Esta es la razón por la que no quieren saber nada de líderes y por la que el propio Subcomandante aparece siempre con un pasamontañas, porque alguien con el rostro oculto venderá camisetas pero nunca podrá tener el poder. “La Otra” no será la solución al problema de las minorías pero al menos es un intento, una forma alternativa de salirse del círculo desesperante. El círculo sin fin de “me roban, protesto, no me escuchan, son mayoría, soy democrático, me aguanto, me siguen robando”.

El guía turístico de San Juan Chamula nos lo resume despectivamente con una frase, casi escupiéndola: “son una minoría”. Claro cachondo, lo son ahora porque hace 500 años vivían la mar de tranquilos y en mayoría. Aunque algunos, como si fueran niños discutiendo en el patio del colegio, dirán eso de que “no vale” porque “ya hace mucho tiempo de todo ello”. ¿Se habrán fijado éstos que, por mucho tiempo que pase, el color de la piel de los indígenas sigue siendo igual de oscuro?

lunes, 24 de marzo de 2008

¿Jugaban los Mayas a las quinielas?

Llevamos un poco más de una semana en México y entre tanta ruina y tortilla de maíz se nos está quedando cara de Azteca. No diré que no es un país interesante, pero eso sí, se repite que da gusto. Mesoamérica está repleto de pirámides de todas las alturas y de todas las culturas, tantas que les sobran para dar y vender. Zapotecas, Mixtecas, Toltecas y así una larga lista, aunque no dejan de ser los mismos indios con diferentes plumas. Si los libros de texto los mantienen separados es porque ninguno de ellos fue capaz de dominar a los demás durante un buen periodo de tiempo. Tan sólo los Mayas en el Yucatán y los Aztecas en el Valle de México, impusieron un poco su poder pero tampoco tuvieron grandes emperadores que unificaran grandes territorios.


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A pesar de ello, los guías de por aquí, no dejan de alabar estas civilizaciones y, a la que pueden, las comparan con los Incas, dejando bien claro que los antepasados de los mexicanos sabían leer y escribir, mientras que los de los peruanos no pasaban de mover grandes piedras. Uno se calla porque tampoco tiene ganas de quitarles la ilusión pero la verdad es que sus construcciones son relativamente sencillas de estructura y con una estética interesante pero tampoco deslumbrante. Hasta Chichen Itzá, la obra más emblemática de los Mayas, no deja de ser una construcción bonita, sí, pero que si pensamos que es, siglo arriba, siglo abajo, coetánea de los palacios del Rajastán o de los castillos de media Europa, entonces ya no parece tan destacable.
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Pero en lo de la escritura sí que les doy la razón. Con un diseño cachondo tiene cierto aire de jeroglífico egipcio reconvertido a cómic. La pena es que los bestias de los curas o curanderos que fueron a salvarles el alma cuando el descubrimiento, se empeñaron también en censurar sus lecturas con un método bastante infalible:

Fray Diego de Landa, Yucatán, algún momento del siglo XVI: “Hallámosles gran número de libros de estas su letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena”. No hace falta que os diga que el pirómano con sotana no tenía ni idea de leer sus glifos y que eso de “falsedades del demonio” se lo sacó de debajo del crucifijo.

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Así y todo, algunos textos sobrevivieron. Los justos para saber que, como agricultores que eran, tenían conocimiento de los movimientos de los astros así como de los equinoccios y solsticios. En base a ellos, alinearon sus templos y palacios, jugando con las sombras y luces para provocar efectos deslumbrantes en días señalados. Elaboraron también un calendario complicadísimo en el que combinaban el año solar, con el mes lunar y con dos números sagrados, el 20 (los dedos de manos y pies para contar) y el 13 (meses lunares del año solar). Con todas estas cifras, realizaban predicciones y profecías. La más famosa de todas ellas, la que pronosticó la llegada de los españoles y, con ellos, el fin de su propio reino pues, según sus cálculos, cada 520 años se acababa un ciclo y empezaba una nueva época. El próximo gran cambio, dicen, será en el 2.012. Uno de sus textos proféticos para entonces: “los dueños de los ramilletes negros de la tierra ya no gobernarán más”. Algunos aseguran que se refiere al fin del dominio del petróleo y a la aparición de una fuente alternativa de energía...

Demasiado esotérico para mí. Lo que sí me gustaría saber era si los Mayas también tenían quinielas y si iban amañadas con tanto profeta. Porque al fútbol sí que jugaban o a algo bien parecido. De largo, lo más impresionante de sus ruinas. Canchas de pelota donde competían dos equipos de hasta 7 jugadores, golpeando el balón con el pié, rodilla o cadera, hasta hacerlo pasar por el aro contrario situado a gran altura. Los grabados muestran como, una vez finalizado el partido, el capitán de uno de los dos bandos sostenía la cabeza recién cortada de su adversario. Un poco bestia, lo reconozco, pero de admirar. Los griegos inventaron la competición individual con las Olimpiadas pero los primeros en jugar a deportes de equipo fueron ellos. En todas y cada una de sus ruinas, sean de una zona o de otra, de antes de Cristo o del siglo XIV, siempre se encuentran campos de juego exactamente iguales. Si vemos lo que hoy en día significa el deporte para nuestra sociedad, entonces sí que pongo a Mayas, Aztecas y a todos sus colegas en nuestro álbum de Grandes de la Historia. Y con la camiseta del Barça que aquí, como en el resto del mundo, es la que más se lleva. Y de paliza, que no se diga.

martes, 18 de marzo de 2008

De tacos y mordidas

Aeropuerto Benito Juárez, México City. A las 10.00 h recogíamos el coche de alquiler y a las 10.10 h ya nos habían intentado morder. Sólo que ni eran perros, ni llevaban la chapa en el collar sino colgando del pecho. Policías de D.F y sus famosas mordidas. Ahora que ya los conocemos, tampoco nos extraña demasiado. En México, antes de empezar a conducir ya tienes que pagar un soborno para sacarte el título. Hace unos años te preguntaban si lo querías “con o sin examen”. Como no dejaban que nadie aprobara, todo el mundo escogía la opción “sin” que resultaba ir acompañado de otro “con”. Con un billete de 100 pesos en una mano y la otra detrás, como preparándote para lo que te podía pasar a partir de entonces. Porque en eso sí que son democráticos. Las mordidas valen para todos, nacionales y extranjeros. Sólo cambia la cantidad. A los de aquí, les salen por 200 pesos. A los de allá, por pedir que no quede. 1500 de inicio y, si alguno pica, eso que se sacan de más. Pero no os preocupéis porque las autoridades se enteraron ya hace tiempo de todo esto y decidieron acabar con ello. Por ejemplo, para evitar el chantaje con el carnet de conducir, quitaron el examen. Ahora paga todo el mundo y se acabó. No me negaréis que originales lo son. En eso y en su método de extorsionar en la carretera:

- Buenos días caballero, se ha saltado usted un rojo.
- Imposible, estamos en una rotonda donde no hay semáforos.

Os podéis imaginar el resto de la conversación. Mi nuevo amigo, con botas de policía y cara de chorizo, impertérrito, mintiendo como un cosaco. Yo, intentado no mosquearle en sobremanera con eufemismos del tipo “se habrá usted confundido agente”. Todo muy correcto, los dos siguiendo con el guión preestablecido, hasta que el suegro, recién llegado de las Españas para una visita de cortesía, se me baja cabreado del coche. Concentrado en mi actuación no lo veo venir y, claro, no tengo tiempo de pararlo.

- ¡Mi amigo el Ministro se va a enterar, de esto y de mucho más!!! Ponga usted su nombre y placa en la multa que ahora mismo le llamo…

A pesar de ser de buena familia, reconozco que no lo hacía de tan alta alcurnia, por lo que el extorsionador y yo nos miramos atónitos. Un espontáneo nos ha estropeado la escena y el aprendiz de sheriff que me iba de estrella se indigna, recoge los papeles y se larga en busca y captura de su superior que por ahí andaba. Si mi compañero de reparto tenía pinta de malo, el caporal todavía es peor. Su cara de Pancho Villa con retortijones de comer tanto picante asusta, pero cuando abre la boca acojona:

- Como que amigo del Ministro…

En unas décimas de segundo, me imagino cómo pueden ser los próximos diez años en una cárcel mexicana y decido que mi suegro ya tiene un nieto y yo, en cambio, toda una vida por delante, así que sin pensarlo lo delato:

- ¿No podemos olvidarnos del Ministro y su amigo y arreglar esto entre “manitos”?

Por suerte nuestra y mía en particular, no llega a oírme y, sin mirarme, me suelta un “tenga sus papeles y que pase un buen día”, a la vez que detiene el tráfico para que arranquemos sin problemas. Mi cara un poema, la de mi suegro igualita a la de Bardem después de haber ganado el Oscar. Su cabreo se ha pasado en unos segundos. Ni estaba enfadado, ni era amigo de ningún Ministro. Se ha echado un órdago de narices y lo ha ganado.

Aunque la alegría le dura poco porque, apenas 48 horas después, nos vuelven a parar. Esta vez con razón por lo que al mafioso con sirena le cuesta mucho dejar escapar a su presa. Exactamente 100 pesos. Billete que le deslizamos lentamente y con todo sigilo mientras nos dice aquello de “deberíamos esperar a la grúa pero un favor a un amigo siempre puede hacerse”. Desconozco cómo supo que éramos amigos del Ministro pero ahora ya hemos pasado a ser sobornadores de policías. Pero todavía queda lo mejor porque tan sólo una hora después, llegamos de vuelta a la fatídica rotonda de nuestro primer encuentro. Allí un policía con cara de buena persona nos ayuda y nos indica por donde debemos torcer para llegar al Aeropuerto sanos y salvos. Y si fuera por él, un poco menos ricos porque justo por donde nos ha enviado, aparece su compañero para pararnos:

- Han realizado ustedes un giro prohibido.
- Pero si su compañero nos dijo que podíamos…
- Sí pero no por aquí.

Ni por aquí, ni por allá, ni por mis cojones. Harto de que nos tomen el pelo, decido improvisar, aprieto el acelerador y que nos busquen por donde la Virgen de Guadalupe. Mientras huimos sin mirar atrás, dentro del coche se hace un silencio incómodo. Pero nada que no pueda ser roto por unos buenos tacos, de los de comer y de los otros. Y por una buena chelada. Cerveza con zumo de limón, un poco de hielo y sal en el borde. Una maravilla que hemos descubierto en estas tierras pero que no compensa los malos tragos que nos hicieron pasar estos “hijos de la gran chingada”. Y es que ya nos lo dijo un taxista: ¡Viva México lindo y corrupto!