viernes, 1 de agosto de 2008

Viviendo entre los Maasai




No aprendemos. Cada vez que usamos la Lonelyplanet para tomar una decisión sobre el viaje, nos equivocamos. Estamos en Kenya haciendo nuestro último safari y hemos confiado nuestros culos a Safe & Ride, una de las compañías recomendadas por la guía de viajes más famosa y más vendida del mundo. Y eso que hemos tenido suerte porque, al menos, esta empresa es de verdad. El resto de las destacadas por Lonelyplanet resultaron ser meros intermediarios entre los operadores y los turistas para encarecer el precio y asegurarse de que los jeeps van a reventar.


No es que nos importe que la furgoneta en la que vamos sea de los 70s o que el polvo entre a toneladas por cada ranura. Ni tampoco que Richards, el chofer, nos ignore cuando le hablamos y en cambio luego sea capaz de pedirnos 80 dólares prestados. Todo eso es lo de menos. Lo peor es cada vez que paramos e intentamos arrancar de nuevo. A bajar y empujar. Y eso tampoco sería tan grave si después no nos metiéramos entre leones persiguiendo a sus cachorros. Porque ése es el estilo que se lleva en Kenya. A las carreteras y a las señales, ni caso. Cuando ven un “gato”, se meten en línea recta y se acabó. Si no le pisamos la cola a cualquier leona fue porque el señor de las bestias no quiso. Y si no se nos caló el coche en medio de la sabana fue porque el dios de los humanos no nos castigó, a pesar de merecerlo.

Eso sí, al menos cuando empujamos la camioneta, no lo hacemos solos. Vamos con una pareja de hermanos suecos tan encantadores como diferentes. De Christine nadie diría que es especialmente guapa hasta que sonríe. Entonces su dulzura contagia a todos. Andrew, en cambio, a pesar de tener 20 recién cumplidos, parece que lleve a cuestas bastantes más. Escondido bajo mantas y collares Maasai, cuando habla, Christine le mira con admiración de hermana y preocupación de madre. Aunque no es para menos. Después de una fugaz carrera como jugador profesional de póker, viviendo en hoteles de 5 estrellas y viajando por todo el mundo, este “bully” de los torneos, aburrido de ganar o cansado del estrés, ni él mismo lo sabe, decidió retirarse prematuramente. Para ello escogió una de las tribus más peculiares de toda Africa. Los Maasai. Por la mañana ayuda en la escuela enseñando inglés y matemáticas. Por la tarde patrulla alrededor del Kilimanjaro, para espantar a los pocos cazadores furtivos que quedan por aquí. El comercio de marfil está tan perseguido que ya no es rentable y la piel de leopardo pasó de moda, así que el negocio está ahora en la carne de caza. Despedazan los animales y venden los filetes como si fueran de ganado.

Y es que la riqueza por estos parajes se mide así. Tantas vacas tienes, tan rico eres. Y no es que sea importante por una cuestión de status. Es un tema de oferta y demanda, de mujeres en concreto. El precio de una esposa está en 7 vacas y puedes tener tantas como quieras. Sólo hay un requisito. Debes ser mayor de 30 años. Entre los Maasai, la carrera profesional está más clara que en una auditora. A los 5 años empiezan a trabajar como pastores hasta que son considerados hombres. Esto pasa en algún momento entre los 12 y los 20 años, cuando en una gran ceremonia, todos los Maasai de una generación se convierten en guerreros. Pero no por mucho tiempo porque a los 30 ya se jubilan para unirse a los “elders”. Ancianos de la tribu cuyo único trabajo es asignarse pomposos títulos copiados de los occidentales. En otras palabras, son las mujeres las que, como en tantos otros sitios, mantienen la familia y el tipo mientras sus maridos juegan a todas esas tonterías.

A pesar de ello, Andrew les ha cogido cariño, tanto como nosotros a ellos. Su cuerpo por simple mimetismo, cada día se parece más al de un Maasai. Alto, delgado, con las piernas escuálidas y los dientes separados. Sólo le faltaría agujerearse las orejas tanto como para doblarlas sobre si mismas o que le marquen las mejillas con un hierro incandescente, señal que todavía llevan muchos Maasai para poderlos distinguir en caso de que otro poblado los rapte cuando son niños. Eso y el famoso bastón Maasai, un simple palo con el que atizan el ganado y que los hombres llevan siempre con ellos. Los Maasai son una tribu nómada que, en realidad, llegaron a Kenya y Tanzania hace apenas 200 años buscando el pasto fresco de las grandes llanuras, igual que hacen cada año los antílopes y búfalos en sus famosas migraciones. Desde el Serengeti descubrieron el Ngorongoro, el mayor cráter del mundo y una de sus maravillas. Cuando pudieron sortear sus altas paredes, se encontraron con una superficie vallada naturalmente, donde miles de animales vivían en un eterno paraíso. Por mucho que lo mires, no deja de parecerte un sueño, un cuadro pintado por unas manos mágicas.

Como el Kilimanjaro, una inmensidad majestuosa que se eleva casi 6000 metros en medio del desierto para ser coronado con nieves perpetuas. Un espejismo en el mismísimo ecuador, cuyo continuo deshielo mantiene un ecosistema alrededor suyo, con elefantes, leones, guepardos, cebras, ñus y todo tipo de animales. Por eso no nos extraña que nuestro amigo sueco decidiera quedarse por aquí, igual que antes lo hicieron los Maasai. Aunque si no fuera porque uno y otros van con el móvil en la mano, parecería que no son de verdad. Que en realidad son viajeros del pasado, con sus túnicas y sus sandalias. Fantasmas de la sabana que en cualquier momento puedes ver salir de la nada y desaparecer en la bruma, con su andar rápido y su correr lento, flotando más que rozando el suelo, como si no quisieran despertar a las bestias que les rodean por fuera o persiguen por dentro.


PD: una semana después, nos encontramos a Andrew en la cola del avión que nos debía llevar a Etiopía. El destino le había obligado a escaparse de su cárcel voluntaria. Un carterista le robó la mochila con toda su vida y el pasaporte provisional que le dieron sólo servía para volver a su país inmediatamente. Sin que nos lo pidiera, le dimos algunos euros para que pudiera comer y tomar un taxi al llegar. También le pasamos el mail de Dolly, la dueña de un ecolodge del Amazonas, su próximo destino. Si vais por Iquitos y veis a un blanquito disfrazado de indígena, dadle recuerdos de nuestra parte!
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