miércoles 24 de diciembre de 2008
Despedida
Por eso, os queremos desear lo mejor y no sabemos mejor forma de hacerlo que con este video:
http://es.youtube.com/watch?v=gk-x5toB680
Mil felicidades a todos!!!
Belén y Pedro
lunes 22 de diciembre de 2008
El Coleccionista de Libros: Darwin y el RompeFrenos
Se acabó. Nunca más volveré a leer una novela. Antes las coleccionaba, ahora me agobian. Y eso que quiero a lo libros más que a otra cosa en el mundo. Hace un tiempo, no era raro que estuviera leyendo 15 ó 20 a la vez. Los tenía repartidos por mi vida, aquí y allá, en casa, en el coche o en el despacho. En cualquier sitio donde tuviera un momento libre, allí guardaba uno. Un simple semáforo era una buena excusa para ojear un par de páginas. Por eso, más que leer, coleccionaba libros. Los compraba de una forma tan compulsiva que nunca tenía tiempo de leerlos todos.
Pero se volvió una obsesión. Leía hasta el envoltorio de las magdalenas o de los cereales. Si llegaba a casa de algún amigo, lo primero que hacía era repasar meticulosamente su estantería para cazar algún título interesante o simplemente para analizar psicológicamente a mi amistad. Dime lo que lees y te diré quién eres. Si viajaba con alguien, no podía dejar de robarle su libro y devorarlo página tras página. Así, más que un lector, me sentía un asaltador de letras. Un bandido de párrafos que, huía de un capítulo a otro, llenando con mi imaginación lo que mis ojos no tenían tiempo de cazar. Pero ahora he dicho basta. En casa ya hace tiempo que no tenemos un televisor. Así y todo, nos falta tiempo para hacer todo lo que queremos. Por eso no quiero malgastarlo en lecturas que no me llenen. Y de éstas, lo admito, mis estanterías van sobradas.
Pero no es culpa suya sino mía. Me he vuelto un bicho raro y cada día cuesta más sorprenderme. Aunque tampoco me extraña. Este año que ha pasado volando hemos devorado libros tan apasionantes que, a su lado, las novelas nos parecen chismes de peluquería. Durante el viaje ha sido lo único que hemos comprado. Libros y más libros. Nunca teníamos tiempo de acabarlos pero los arrastrábamos por el otro extremo del mundo hasta encontrar una oficina de correos desde donde enviarlos de vuelta a casa. Ahora son los favoritos de nuestra colección. Libros que nos hablan de esos países y de esas gentes. Algunos asombrosos, otros mal escritos. Algunos contando la historia de hoy, otros inventando la de ayer. Crónicas de viajes y antiguos sucesos, reales o soñados, pero explicados de tal forma que su tinta todavía está fresca. Por uno de ellos sí que estoy dispuesto a pasarme una noche en vela. O dos si hace falta.
Esta semana acabé El Origen de las Especies, de Charles Darwin. Sencillamente espectacular. Con 21 años se embarcó en el Beagle para un viaje de un año y medio. Al final fueron cinco, vuelta al mundo incluida y la teoría más osada escrita jamás. Su virtud, ser un genio. Su mérito, con apenas 30 años, llevarle la contraria a todo el establishment científico. Pocos son capaces de poner luz donde otros hacen sombra. Pero todavía son menos los que tienen las narices de decirlo en voz alta y jugarse su prestigio profesional. O peor todavía, ponerlo por escrito y desnudarse capítulo tras capítulo, para que cualquiera pueda recrearse buscando errores sangrantes donde meter el dedo.
Ayer liquidé otro de estos libros. El RompeFrenos. Pérez-Cuesta y Esteve. Marketer y publicista. Martillo y martillazo. Por fin alguien se atreve a decir lo que bastantes pensamos. El 95% de la publicidad no vende, sólo gasta. El sueldo de los profesionales del Marketing, el coste de oficinas en la Diagonal y los bocadillos de jabugo que la Agencia pone en las reuniones para que trabaje el estómago y despistar al cerebro. Hoy vivimos de lo que otros hicieron hace décadas pero apenas nos ganamos una décima parte de nuestro sueldo. O ni eso, si vemos el dinero que se tira en publicidad, más de un Director de Marketing debería ampliar su hipoteca 10 ó 100 veces para poder devolver todo lo que ha malgastado. Sus Martillazos te van dando en la cabeza uno después de otro hasta romper cualquier prejuicio que nos pudiera quedar. Yo me quedo con el Growth-Map, una herramienta simple pero con una lógica aplastante. Sólo hay dos formas de vender más: nuevos consumidores o nuevas ocasiones de consumo. Identifícalas, cuantifícalas y concéntrate en ellas. Una por una. Derribando todas sus barreras o frenos para que acaben comprándote.
En Internet, los pequeños empresarios ya hace tiempo que están aplicando esta teoría, aunque sea sin saberlo. En la red, en la auténtica red, no hay espacio para spots bonitos y premios de publicidad. Allí el mercado es perfecto. La oferta y la demanda chocan brutalmente en Google. Sin cinturón, ni airbag. Competir en precio no tiene sentido, siempre habrá alguien que sea más barato que tú, alguien que esté dispuesto a devolver todo su margen para ganar penetración, cuota de mercado o simplemente para darse a conocer o para atraer un consumo y vender otro producto. Por eso, o eres bueno, el mejor, o te ahogas en los millones de páginas y blogs que flotan por ahí.
En la red, las marcas se crean a través de cuatro ejes. La búsqueda orgánica, los enlaces patrocinados, la reputación y las demos. Los buscadores te permiten entrar en cualquier otra categoría, por grande o diferente que sea de la tuya y robar oportunidades de consumo (Category Stealing). En los enlaces patrocinados, sólo tienes dos frases para convencer a tus potenciales consumidores así que tu mensaje tiene que ser tan relevante que no deje más opción al cliente que entrar en tu web (Consumer Insights basados en Barriers Ippon y en Problem Reinvention). La reputación debes crearla a través de comunidades y prescriptores reconocidos a los que es imposible engañar (People Endorsement). Y finalmente debes demostrar a todos que tu producto o servicio es insuperable (Product Demos).
Cinco Martillazos en el mundo físico, cuatro clavos en el mundo virtual. ¿Estás dispuesto a romper con tus prejuicios como lo hizo Darwin? Evolucionar o morir: los anuncios de salón acabarán extinguiéndose como los dinosaurios. Por grandes que sean.
domingo 21 de diciembre de 2008
Yes we can. O quizás no.
Esta es una posible lectura de la crisis actual. Al capitalismo se le enfrentó el comunismo y hemos tardado demasiado en darnos cuenta que necesitábamos superar este dilema. Siguiendo el péndulo, Reagan y Tatcher empezaron un viaje conservador que les llevó a desregularizar los mercados. Papá Bush no cambió el GPS, Clinton fue un mero paréntesis y debía ser Al Gore quién empujara el columpio hacia el progresismo. Pero entonces apareció Darth W. Vader con su pelotazo y cambió la historia. Los neocons al poder y nunca se pudo cumplir el final del ciclo. Vuelta atrás y más desregularizaciones. En vez de avanzar retrocedimos y así hemos acabado. Posiblemente por ello, ahora el latigazo ha sido azotador y nos hemos ido al otro extremo. Los mercados se hunden y un moreno llega a la Casa Blanca.
Algo parecido, aunque a pequeña escala, pasó en España. Sosoman nunca hubiera soñado con aprender inglés en la Moncloa si Aznar no se hubiera pasado un par de estaciones en su segunda legislatura. Le sobró la última parada. La que quedó bañada de sangre mientras a algunos nos dolían las manos de darle a la cacerola. Desde entonces hasta ahora, Zapatero sólo ha hecho que prometer y no cumplir. La cuadratura del círculo es imposible y no puedes repartir el mismo pastel entre los de siempre y que a todos les toque más. Ahora Obama también ha empezado a repartir cupones. Nunca tendrá el dinero suficiente para pagarlos todos, y menos si aplica las políticas keynesianas, así que veremos a quién le toca el gordo de Navidad. Reducir el gasto militar, reorganizar la burocracia de Washington, subir los impuestos a los más ricos y emitir deuda que volverán a comprar los chinos serán sus mecanismos para recaudar fondos pero no dejan de ser migajas al lado del pastelón que necesita.
Esto nos pasa por haberlo dejado todo en manos de nuestro primo mayor. Si en esa discusión histórica entre el Capitalismo salvaje y el Comunismo planificador, Europa hubiera jugado su role otro gallo cantaría, aunque fuera en francés, con el pico de Sakorzy y las plumas de la Bruni. Pero la tardanza o el miedo a unirnos, especialmente en el papel-moneda, nos dejó fuera del guión. Quizás la lección ahora la tenemos más arriba, en los países Escandinavos y su auténticos Estados Sociales del Bienestar. El Gobierno debe intervenir pero nunca como aparato productivo sino legislando y controlando. Ellos marcan las reglas del juego y la iniciativa privada tira los dados. No faltará quién los tenga trucados pero para algo está el croupier.
Ahora ya toca pensar en la próxima dialéctica. Cuando se enfrenten nuestra Economía Social y el Comunismo asiático, ¿cuál será la nueva síntesis? Si de ésta salimos todos en bicicleta y con los ojos rasgados, yo ya me daría con un canto en los dientes.
sábado 13 de diciembre de 2008
Facebook o el Libro de los Jetos
Y es que todavía alucinamos con las elecciones americanas. Al irnos, Darth Wader Junior era el amo del Imperio y los calabozos de Guantánamo, pero ahora la Galaxia parece haber caído en manos del peor villano del mundo. ¿Cómo nadie se ha dado cuenta que la pareja Obama-Biden es un simple anagrama de Osama Bin Laden? Aunque se haya afeitado las barbas y disfrazado de negro para asaltar la Casa Blanca, a nosotros no nos engaña. Es imposible que alguien de color se convierta en el nuevo Presidente Galáctico sin la ayuda del lado oscuro de la fuerza. El mundo no puede haber cambiado tanto en un año. ¿O quizás sí?
Las bolsas se han hundido un 50%, los chinos son los reyes olímpicos y el Frigo Pié ya no se produce aquí. Igual sí que este año Zapatero cumplirá sus promesas y el moreno será el Presidente revolucionario que todos queremos. Eso si no lo matan antes. De momento, por labia no será, aunque después de ver la pinta que tiene el mundo lo que sobra es ruido y lo que faltan nueces. O huevos. Y cuanto más duros mejor.
jueves 11 de diciembre de 2008
Villa Lolita
Uno no puede terminar un viaje así sin recorrer todos los rincones de su corazón y un buen pedazo del mío está aquí, en Donosti, en la Concha, en la misma arena donde mi padre corría cuando era un niño para convertirse en el hombre que se enamoró de la mujer más guapa de todo Alella.
Oí tantas veces la historia de cómo iba al colegio saltando los muros de su jardín o de cómo se lanzaba escaleras abajo para escaparse a Ondarreta, que sus recuerdos son ya los míos. Si cierro los ojos, soy capaz de imaginarme a Villa Lolita en la cuesta chica de Aldapeta, aunque hace años que su perfil dejó de ser visto desde la playa más bonita del mundo. Puedo incluso sentir el frescor de su mármol o el calor de sus salones, oír el rumor de su cocina y oler el perfume de sus sábanas. Y si abro los ojos y miro hacia el mar, puedo notar el frío en mi piel el día que intentó llegar nadando hasta Santa Clara y la marea se lo impidió. Y si aprieto los puños de rabia, las manos me duelen de golpear una y otra vez la pelota contra la pared del frontón, mientras imagino ser un famoso pelotari jugando a su lado. Quizás él también soñó algún día poder pasear por el lago de Ginebra junto a su padre como yo lo hice al lado del mío por la Concha. Ayer cenamos en el Café de París y hoy nos hemos ido de tapas por el Casco Viejo de Donosti. Mil kilómetros de distancia, tres generaciones y cuatro países diferentes. Un abuelo que nunca conocí y un padre que quise conocer. Nadie es perfecto y él tampoco lo fue. Seis hijos, diez nietos y lo que te rondaré moreno. ¿Quién no firmaría un empate?
Ya ves, sin apenas darme cuenta, cada día mis gestos son más los suyos, mis manías sus locuras y mi vida su delirio. Él cumplió su sueño de volver a la Concha y quedarse allí para siempre. Nosotros hemos cumplido el nuestro de dar la Vuelta al Mundo y volver a casa sin problemas. ¿Qué más podemos pedir? ¿Qué más puedes pedir? Lo que quieras. En tu mano está ser feliz. Y en la de los tuyos. Cógela fuerte y no la sueltes nunca.
domingo 14 de septiembre de 2008
Al mundo por ser redondo
Hace 12 meses salimos de Barcelona rumbo a Jordania para empezar nuestra Vuelta al Mundo. Entonces pensamos que un blog sería una manera fácil y bonita de estar en contacto con los nuestros, pero con el tiempo se convirtió en una diversión más de nuestro viaje. No hemos pretendido hacer un diario ni nada parecido. Tan sólo fue la mejor forma que encontramos de grabar en nuestra memoria las historias y relatos de personajes, lugares o sucesos que nos han pasado o que hemos conocido durante este año. Algunos de vosotros habéis disfrutado leyéndolos, otros en cambio no. A los primeros, mil gracias por vuestra compañía. A los otros, como Nicolás, Damián y alguno más, perdón si pensasteis que fuimos injustos con vuestros países. Nuestra única excusa es que, si nos hubiéramos callado, entonces la injusticia la habríamos cometido con nuestros propios sentimientos.
Como ya dijimos en uno de los primeros posts, no nos fuimos de viaje para lograr ningún record, ni encontrar el Santo Grial. Tampoco queríamos huir de nuestra vida actual o encontrarnos a nosotros mismos por el camino. Simplemente estábamos locos por conocer una larga lista de sitios, y eso es justo lo que hemos hecho. No tiene más historia. Eso sí, una historia que, al menos para nosotros, ha sido lo mejor que nunca nos ha pasado.
Lo bonito del mundo es que es redondo y que, por mucho que uno ande, siempre acaba volviendo al mismo sitio. Ese era nuestro objetivo. Volver a casa sin perder por el camino nada más que alguno de nuestros defectos. Y que, a la vuelta, todo siguiera igual. Parece que lo hemos conseguido. Sobretodo porque, crisis al margen, los nuestros tienen mejor pinta que nunca. Mejor y más porque ahora ya están aquí Bruna, Lorenzo, Alicia, Marius, Nina, Alex, Enzo y por el camino vienen Martin, Paula, Belén, Alejandro y alguno más.
Posiblemente lo más duro de la vida es algo que tenemos que hacer continuamente: escoger. Entre una cosa y la otra. Entre quedarte e irte. Entre trabajar en un sitio u otro. Vivir aquí o allá. Tener un hijo o dos. Pasta o pizza. Azul o rojo. Nosotros escogimos cumplir nuestro sueño. Y lo hicimos. Después, aunque nunca pararíamos de viajar, escogimos volver y aquí estamos. Ahora hemos escogido perseguir otras metas y a por ellas vamos. Tantas veces nos preguntamos antes de salir si encontraríamos el paraíso que casi acabamos el viaje sin darnos cuenta que lo teníamos bien cerca. Justo uno al lado del otro. Tener a alguien con quién compartir tus ilusiones y tus sueños. Y tener la valentía de ir a por ellos. Y cuanto antes mejor, que la lista es larga y la vida corta.
Nuestra ruta alrededor del Mundo!
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Manifiesto del Viajero
Es más, también podemos hacerlo sin movernos del salón de casa. Viendo un documental, leyendo un libro o simplemente escuchando las noticias. Con tan sólo un pensamiento, la imaginación nos llevará al otro extremo del mundo. Esos pasos soñados también cuentan. En realidad, sólo existe un requisito. Tener ganas de aprender. Porque no podemos querer lo que desconocemos. Aprender a saludar como ellos y a darles las gracias en su idioma. A comer con sus cubiertos o con las manos, si es su costumbre. Probar sus alimentos y beber de sus tazas. También debemos conocer su historia porque es la mejor forma de entenderlos y, en el fondo, de entendernos a nosotros mismos. La de hoy mirando sus periódicos y la de ayer leyendo sus libros. Sólo así estaremos viajando de verdad.
Este es el Manifiesto para los que cada paso, cada esquina, cada momento es un nuevo país que explorar y entender. Quizás incluso querer, aunque no es necesario que nos guste cada rincón del mundo, ni creemos que sea posible. Cada viajero tiene sus rincones y, aunque los comparta, siempre serán suyos. Sitios que son mágicos y donde nos sentimos especiales. Es precisamente la búsqueda de esos lugares y de esos instantes lo que nos vuelve locos de viajar.
Este es el Manifiesto del Viajero. Este es el Manifiesto de los que quieren dar la Vuelta al Mundo. Este es el Manifiesto de los que no queremos dejar de viajar, aún cuando algún día no podamos levantarnos de nuestra cama. Entonces un libro, una foto, un recuerdo nos llevarán de nuevo a aquellos lugares que hemos visitado o que nos han contado y mientras lo hagamos nos sentiremos parte del Mundo, de ese Mundo que cuanto más conocemos, más añoramos porque es tan grande que nunca podremos abarcarlo del todo. Por eso, precisamente, lo queremos. Por eso y porque es nuestro. Y tuyo también.
martes 26 de agosto de 2008
Planeta verde, corazón negro
Pero, aunque no nos gusten, son parte del mundo. Un mundo en el que los paisajes grises y secos, duros y agrestes, abundan pero no son mayoría. En estos sitios, la vida es difícil y las gentes deben luchar cada día para encontrar agua y conseguir comida. El resto del mundo, en cambio, es un planeta verde, lleno de campos y bosques, con recursos suficientes para todos y, al contrario de lo que se dice, con más posibilidades que nunca porque el desarrollo ha multiplicado nuestra productividad. Este mundo bien gestionado sería un paraíso. El problema es la gente, la mala gente. La gente con el corazón teñido de negro. Aquellos que se aprovechan de los demás hundiéndoles en la miseria, para poder subir ellos un poquito más. Ya los conocíamos antes de salir pero no hemos parado de verlos durante el viaje. En realidad, cuanto menos desarrollado es el país, más abundan estas víboras. Como en Africa.
La historia del continente negro es un drama con crímenes tan horribles que, al saber de ellos, nos hemos sentido engañados. ¿Cómo puede ser que las personas encantadoras que hemos conocido las últimas semanas fueran hermanos, vecinos o compañeros de tales asesinos cuando no lo eran ellos mismos? Claro que habíamos oído hablar del Apartheid o de los Tutsis y los Hutus, pero nunca fuimos conscientes de que cosas muy parecidas o peores ocurrieron en todos y cada uno de los países africanos, quizás con la única excepción de Botswana. Y aquí nadie puede culpar a un solo Hitler, Stalin o Mao. Fueron decenas de ellos, con la ayuda y colaboración de otros cientos de miles de sus ciudadanos en perjuicio de millones de sus compatriotas.
En el último post, ya os contamos que la corrupción étnica ha sido la llaga sangrante de Africa pero estas últimas semanas hemos leído de tantos genocidios, asesinatos de masas y pueblos exterminados que ponerle a todo esto el nombre de un delito económico nos parece un eufemismo de muy mal gusto. Blancos o negros, son todos unos salvajes. Con móviles y algunos incluso con traje y corbata, pero unos salvajes al fin y al cabo. A mitad del siglo pasado, cuando empezaron la mayoría de procesos de independencia, Africa era un conglomerado de miles de sociedades tribales, poco o muy poco avanzadas, donde sus códigos de conducta estaban diseñados para preservar la existencia del grupo y de los individuos que lo formaban, más que no en la creencia de que todos los seres humanos somos iguales y que, como tales, nos debemos respetar unos a otros. Por eso, cuando miembros de esos grupos accedieron al poder no tuvieron ningún problema moral en utilizar todos los resortes públicos en su propio beneficio y de los suyos, aún cuando sea al coste de la vida de otros. Vida que para ellos no tenía valor alguno.
Las personas son individuos y los individuos son egoístas. La naturaleza nos hizo así para ayudarnos a sobrevivir. Por suerte, la naturaleza también nos dotó de una inteligencia, gracias a la cuál hemos desarrollado una ética que debería sustituir a dicho instinto. Lamentablemente y por definición, esa ética es patrimonio de la sociedad y no del individuo. Es decir, la ética no tiene por qué llegar a todo el mundo mientras que ese instinto básico y primitivo, el egoísmo genético de las personas, siempre lo hace. La clave es en qué momento la ética social está tan extendida que es capaz de imponerse al instinto individual. En Africa todavía no se ha llegado a ese punto que es precisamente la gran conquista del primer mundo. Incluso habiendo individuos moralmente corruptos, la existencia de una ética aceptada y compartida por la mayoría provoca que la presión del entorno y el miedo a castigos no sólo penales sino también sociales atenace a muchos de ellos. Gente que en entornos poco desarrollados serían unas auténticas bestias, en nuestra sociedad están atados moralmente.
Aunque no todos, ni siempre. Cuando esa presión se relaja aunque sólo sea un poco, esos demonios no dudan en salir para arrasar con todo lo que puedan. Por eso, para acabar con ellos de verdad, la presión colectiva debería crecer todavía más y basarse no sólo en la denuncia de la opinión pública sino también en la que cada uno de nosotros pueda ejercer individualmente. Es decir, todos deberíamos sentirnos responsables de aquellas actitudes de los demás que no cumplan con la ética que hemos acordado entre nosotros, señalándoles con el dedo cuando eso suceda y haciéndoles el vacío por retirarles, no sólo la palabra, sino también nuestro respeto.
¿Quién no ha pensado nunca que el comportamiento de un vecino, de algún compañero de trabajo o del propio jefe no era correcto o incluso lamentable? A pesar de ello, por vergüenza, por miedo o simplemente por desidia raramente los hemos denunciado, aunque posiblemente no hayamos dudado en criticarlos en la intimidad de los nuestros. Pero sería un error obviar que aquéllos que hoy pueden realizar pequeñas faltas morales en nuestra sociedad, en otras épocas y otros sitios son los que, basándose en la misma carencia de principios, se han comportado como monstruos o han dejado que otros lo hicieran. ¿O somos tan inocentes de pensar que en Africa ocurren esos crímenes porque ellos son “malos” y nosotros, en cambio, somos “buenos”? ¿Alguien se cree de verdad que Yugoslavia fue una excepción en Europa y que algo así no volverá a suceder? Culpar a unos y jalear a otros simplemente porque el entorno donde viven es diferente sería injusto. En cambio, si les acusamos públicamente a todos por igual, aquí y allá, esos personajes con el corazón negro que están arruinando nuestro planeta verde, acabarán fundiéndose de vergüenza y tendrán que ocultar sus pecados en la sombra de su mala conciencia. La mejor de las cárceles para aquellos que nunca deberían haber nacido.
Así que de nosotros depende tener un mundo mejor. De nadie más.
De constructores de pirámides a taxistas de segunda
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Ayer estuvimos en El Cairo y, amén de un par de veces que fuimos en metro, cogimos ocho taxis. El primero en la frente. Habíamos reservado habitación en un hotel bueno, bonito y barato, tanto que tenían free shuttle desde el aeropuerto. Después de media hora de espera, ni el free ni el shuttle habían aparecido por ningún lado, así que optamos por buscarnos la vida. Curiosamente la opción más barata era una limousine, así que, ni cortos ni perezosos, nos dimos el lujazo. Fiat Punto. De color rojo, para más señas. Se parecía a una limousine tanto como nuestra moto a una Haarley. O sea, nada. Aunque viendo los taxis que corren por allí, no es de extrañar que a un utilitario de tres puertas le llamen “luxury transport”.
Al menos llegamos al hotel sanos y salvos donde se disculparon con mucho esmero, hasta que les pusimos la factura de la limousine delante de sus narices. Entonces, la característica simpatía egipcia desapareció al instante. A pesar de ello, pasaron por caja como todo hijo de Ramses. De allí nos fuimos a la estación de tren para reservar los billetes del coche-cama que nos tenía que llevar a Luxor y al Valle de los Reyes. Mis dotes de dibujante son peores que las de cantante así que nuestro segundo taxista no captó dónde queríamos ir hasta que al croquis de una máquina de vapor le añadí una imitación freaky del “chuku-chuku”. Alá es grande porque, de entre el montón de estaciones que hay en El Cairo, nos dejó justo en la que queríamos.
Nuestro tercer taxi tuvo menos recorrido. Justo el suficiente para que le saliera humo del capó en medio de una autopista camino a las Pirámides. Como si estuviéramos en un autobús, nos bajamos del vehículo roto y nos subimos al siguiente, donde nos juntamos con dos personajes bien curiosos. Un militar chileno de la ONU destacado en Sudán, y un profesor universitario de California, hijo de hindúes y con pasaporte canadiense, experto en política oriental y hablando árabe mejor que un Mohamed. En otras palabras, un agente de la CIA en toda regla. Con semejantes pasajeros al iluso conductor se le ocurrió darnos el timo de la estampita y llevarnos a un Tour Operador en vez de a la taquilla de entrada oficial. Todavía deben pitarle los oídos.
Puesta de sol espectacular en las Pirámides y de vuelta a El Cairo con nuestros nuevos amigos para compartir el coste del taxi. Después de negociar un buen precio, nos subieron a un coche particular que no sólo nos dejó en la dirección equivocada sino que por el camino se paró para tomarse su taza de té tranquilamente. Estrés es una palabra no existe en árabe.
Después de descansar un rato en el hotel, nos fuimos a cenar. Cualquiera de los barcos fondeados en el Nilo y reconvertidos en Food Malls nos parecía una buena opción. Acabamos en el Blue Nile Boat, rodeados de locales disfrazados de occidentales, comiendo hamburguesas americanas y bebiendo Coca-Cola. La cerveza fría y espumosa nos la tuvimos que pintar porque el alcohol aquí va más perseguido que Bin Laden. Pero eso fue después de que el penúltimo de nuestros taxistas se saltara el puente correcto y se metiera en uno de los típicos atascos de El Cairo donde perdimos una hora entera.
Pagada la cuenta, nos subimos al último de los transportes del día. Al minuto y sin que mediara palabra, nuestro nuevo taxista paró el coche, sacó su caja de herramientas y empezó a cambiar el cable del embrague en medio de una de las principales avenidas de El Cairo. Como si esto le pasara cada día. Y, de hecho, si no es cada día, será cada dos porque maña tenía el moro. Parece mentira que los descendientes de la cultura más grande que hubo jamás, constructores no sólo de las pirámides sino también de templos, palacios y tumbas que dejarían en ridículo a más de una ciudad romana aún siendo 3000 años más antiguas que ellas, ahora van en taxis de segunda mano que se caen a cachos, con taxímetros rotos y las ventanas bajadas porque el aire acondicionado todavía es un lujo en una tierra donde la última de sus reinas, Cleopatra, se bañaba en leche de burra.
Si los vieran ahora sus faraones, se les caerían las vendas al suelo de la vergüenza. Cuando en Europa todavía se tiraban piedras de una caverna a otra, aquí tenían una cultura tan avanzada que fueron capaces de momificar a sus muertos para que todavía hoy podamos verlos, con sus rostros, sus dientes y sus cabelleras como si ayer mismo estuvieran vivos, cuando en realidad murieron dos milenios antes de que Jesucristo naciera. A ver dónde estamos nosotros de aquí a la mitad de tiempo…
viernes 22 de agosto de 2008
Un burkha con lentejuelas
Sólo conocemos a una persona que haya estado en Yemen y, según ella, es el mejor viaje que ha hecho nunca. Y no lo dice cualquiera. Menchu, la hermana de Oscar, y su marido Carlos llevan unos cuantos visados encima y todavía más vacunas. Si tuviéramos más días, nos quedaríamos para visitar los famosos rascacielos del desierto del siglo XVI. O el barrio antiguo de Sana’a, perfectamente conservado desde hace 1000 años. O incluso alguna de sus islas con cientos de especies autóctonas, entre ellas el Dragon Blood Tree, un árbol muy parecido en forma y nombre -demasiado quizás- al Drago canario.
Lástima no tener tiempo para visitar todo esto, aunque el espectáculo desde la sala de embarque es para no olvidarlo. Delante nuestro tenemos a dos mujeres que podrían ser el mismísimo Bin Laden camuflado, porque no podemos verles ni un centímetro de su piel. Llevan el rostro cubierto con burkha y unos guantes más largos que los de Hilda les suben por el brazo desapareciendo debajo de una túnica negra. Por suerte son la excepción. El resto, al menos, pueden lucir los ojos, pintados y repintados con tanto esmero que en realidad parecen bailarinas de cabaret disfrazadas para poder pasar la frontera. Quim y Eva ya nos contaron que en Turquía, las mismas mujeres que de día iban bien cubiertas y tapadas, de noche y en privado lucían shorts y tops, bailando como si fueran las mejores gogo girls de Pacha Ibiza. No me imagino a ninguna de nuestras vecinas dándole a la cadera pero la verdad es que, al levantarse, hemos visto cómo por debajo del hábito les asomaban tejanos de marca con forma de campana. Si les añadís la Pepsi con pajita que llevaban para beber por debajo del velo, entenderéis la cara de confusión con la que nos hemos quedado.
Para rematarlo, al leer el Yemen Observer descubrimos que hace tiempo que disponen de una Asociación de Mujeres, la misma que ayer presentó una reclamación al Parlamento para que se anule una fatwa que diferentes imanes acaban de proclamar prohibiendo la participación de cualquier fémina en la vida política. Una fatwa es algo así como una epístola o carta pastoral pero con muchísimo más poder coercitivo de lo que tendría en nuestra sociedad. La polémica decisión de su Presidente para que en las próximas elecciones un mínimo del 15% de parlamentarios sean mujeres es la causante de todo este revuelo.
No somos observadores de la ONU pero nos jugamos nuestro pasaporte a que, desde ahora hasta entonces, la cosa andará movidita por Yemen. Eso si alguna vez dejó de estarlo. Y no lo decimos por los helicópteros militares abatidos que hemos visto al aterrizar o los cazas escondidos en hangares camuflados y dispersados asimétricamente alrededor del aeropuerto. No. Tan sólo hay que ver el nombre de su Banco Nacional: Bank of Reconstruction and Development of Yemen. Y si con eso no es suficiente, el escuadrón de guerrilleros que se pasea por el aeropuerto como Pedro por su casa, nos ha dejado claro que por aquí las cosas se arreglan por la vía rápida. Cinco o seis hombres de 30 a 40 años, con tejanos, botas y camiseta, marcando musculitos y con petates iguales pero sin insignia ni marca alguna. Sus tarjetas de embarque son diferentes al resto y en uno de sus portátiles, por descuido, podemos entrever una foto que lo explica todo y nada a la vez. Un grupo de soldados posando para la cámara, con el famoso fusil soviético AK33 colgado del cuello y alguna que otra Beretta en la mano, algunos vestidos de militares, otros simplemente de sport.
Pero estos parecen ser los buenos. Los malos, nos cuentan, son los que andan por el norte fastidiando desde hace meses. El gobierno alardea de que todo está bajo control y como muestra un botón: la principal carretera del país ya está abierta. Como si fuera lo más normal del mundo que estuviera cerrada. Tanto que, cuando despegamos al cabo de un rato, damos gracias porque a Israel no se le haya ocurrido atacar las instalaciones nucleares de Irán mientras hacíamos escala en Yemen. A Belén nunca le gustó la Pepsi con pajita. Y mucho menos ver el mundo a través de un velo. Por muchas lentejuelas que lleve.
Africa desde el aire
Y no lo decimos por su clima áspero, que también. Nos referimos a la orografía dura y agreste de este continente que nunca permitió la aparición de grandes imperios que unificaran grandes territorios. Los faraones, abisinios, fenicios, cartagineses, sultanes, califas y demás controlaron zonas que hoy en día corresponderían, como mucho, a cinco o seis países, apenas una décima parte de toda Africa. Incluso los colonizadores durante siglos se limitaron a conquistar las zonas costeras y poco más. En Europa, en cambio, los romanos primero y las monarquías absolutistas después nos dejaron una herencia que, por un lado, cohesionó territorios y, por otro, armonizó el lenguaje haciendo que la relación y el comercio entre nosotros fueran posibles y más sencillos. Así y todo, durante el siglo XX nos pegamos todos con todos, con nuestros vecinos de al lado y con los parientes de casa. Si eso pasó en un continente donde apenas había unas decenas de consciencias nacionales, imaginaros lo que puede haber sido en Africa donde coexistían no cientos sino miles de clanes, tribus o unidades étnicas que raras veces habían tenido relaciones o simplemente contacto entre ellas.
Una auténtica carnicería. Y más todavía cuando las fronteras que trazaron las potencias occidentales en Africa fueron totalmente arbitrarias. Líneas rectas que cruzaban (y todavía cruzan) el continente recorriendo paralelos y subrayando meridianos, a veces separando etnias o poblados que dependían unos de otros, y otras juntando tribus que eran eternas enemigas o simplemente desconocidas. En periodos de tiempo muy cortos, países de recién creación, con poblaciones sin ninguna tradición democrática, se vieron volcados a procesos electivos para decidir quién y cómo iba a gobernarlos a partir de su independencia. Pero ese no era el problema. Lo grave era que años y años de explotación colonial habían consolidado entre los nativos la imagen del Estado como un mero instrumento para el enriquecimiento personal. En consecuencia, todos los nuevos gobernantes estuvieron siempre más pendientes de llenar sus bolsillos y los de los suyos que en gestionar el bienestar de sus países. Esta corrupción llegó a tomar dimensiones tan gigantescas que son difíciles de imaginar con una mentalidad europea. Además, uno de los principales destinos de los fondos robados fue la aniquilación de toda oposición, utilizando para ello cualquier recurso disponible, incluidos los propios del Estado. La persecución, tortura y asesinato, individual o de masas, incluso de regiones enteras, de cualquier opositor, de palabra o de hecho, fue una actividad tan cotidiana que muchos africanos llegaron a darla por inevitable. Los herederos políticos de las colonias se estaban asegurando así su permanencia en el poder durante décadas, en la mayoría de los casos institucionalizando por ley la existencia de un solo partido, el suyo por supuesto. Estos actores fueron conocidos bajo el nombre de los Big Men, una generación de políticos, militares y dictadores, o las tres cosas a la vez, que se apalancaron en los gobiernos, confundiendo directamente el Estado con su propia persona, desarrollando incluso en algún caso auténticas enfermedades de megalomanía.
Los que ostentaban el poder entregaron sistemáticamente a las gentes de sus familias, pueblos, tribus o etnias, cualquier puesto de trabajo que valiera la pena o desde el que se pudiera robar, tanto en el gobierno o administración como en el ejército o en empresas públicas y bancos nacionales, cuando no les otorgaron directamente contratos de obra pública y cualquier tipo de permiso y licencia para realizar la actividad que fuera, negando exactamente lo mismo a los que no pertenecieran a su círculo más íntimo. Esta corrupción étnica en estados de recién creación, sin tradición ni historia conjunta, donde la independencia de las colonias se había traducido en la sustitución de unos explotadores blancos por unos negros, fue el detonante para una lista tan larga de matanzas, genocidios y venganzas que sólo enumerarlas da vergüenza.
El apoyo internacional, en muchos casos, sólo sirvió para retrasar el colapso o alargar la agonía de regimenes que más valdría que se hubieran hundido por si solos en vez de sobrevivir o incluso enriquecerse gracias a los fondos humanitarios. Austeridad presupuestaria, privatización de empresas y apertura de mercados eran los requisitos fijados para optar a nuevas ayudas. Aunque algunos fingieron respetar esos nuevos pactos, en realidad sólo sirvieron para acabar de liquidar el Estado en beneficio de los de siempre. Finalmente en los 90s, el Banco Mundial entendió que el problema real radicaba en la ausencia de libertades y no en el modelo económico, por lo que la única solución era forzar a los políticos africanos a establecer democracias reales, con un sistema multi-partido y una opinión pública no censurada. Sin todo esto, no tenía ningún sentido continuar desperdiciando recursos de apoyo.
De nuevo, la mayor parte de las reformas fueron de cara a la galería y los dictadores de los primeros tiempos fueron sustituidos por los Big Democratic Men, iguales o peores que sus antecesores. Africa entraba en el nuevo siglo con diferente conductor pero con el mismo taxi. O incluso peor porque actualmente el SIDA y el rebrote de la malaria están diezmando la población, consumiendo los pocos recursos del Estado y creando millones de huérfanos que nunca podrán optar a una educación. Pero todo esto no es nada al lado de su principal problema. El agotamiento del primer mundo, cansado de ver cómo sus esfuerzos, muchos o pocos, acaban siendo inútiles para convertir este desierto que estamos viendo desde nuestra ventanilla en un sitio en el que, al menos, se pueda vivir en paz. Que no es pedir tanto, digo yo.
La Vuelta al Mundo en 80 platos
Las ideas o recetas que os listamos a continuación no son tan increíbles como las que probamos aquel día, pero al menos son fáciles de preparar en casa. Otras, por ser demasiado complicadas o por sus ingredientes imposibles de encontrar en Barcelona, nos las saltamos. También están las que directamente preferimos olvidar. ¡Sobre gustos no hay nada escrito y nosotros no vamos a ser los primeros en hacerlo!
Filete de Carne a lo Pobre (Chile): cebolla caramelizada, huevos fritos y patatas fritas acompañando un filete de carne o de atún. Plato nacional chileno. Tan simple como bueno.
Tataki Frito (Tokio, Japón): filete grueso de atún rebozado en sésamo y frito en aceite muy caliente durante unos pocos segundos. Caliente y crujiente por fuera, crudo y frío por dentro: lo mejor que hemos probado en todo el viaje. Y el sitio para no perdérselo, el bar donde Tarantino rodó la famosa escena de Kill Bill: Umma Thurman contra los 70 Ninjas.
Ensalada de Huevo Frito (Hiroshima, Japón): ensalada verde aliñada con bacon troceado frito en su propio aceite, queso de cabra, algo de zanahoria y un huevo frito poco hecho y roto por encima. Demasiado bueno para ser una ensalada!!!
Lechuga a la piedra (Nepal): en Katmandú, para acompañar la carne a la piedra, añaden grandes hojas de lechuga, que también hacen a la parrilla. Casi tan sabrosas como el filete.
Lasagna en Bol (Lijiang, China): lasagna preparada y presentada en un bol profundo. Al hundirle la cuchara, las diferentes capas se mezclan, sin que se desmonte como pasa siempre. Además, el pueblo de Lijiang con sus riachuelos, puentes y farolillos rojos es, sin duda, el más bonito del mundo. ¡Y encima sin turistas!
Spaghetti Frutti de Mare con crema de leche (Cairns, Australia): pasta con marisco pero la salsa, en vez de tener una base de aceite, vino o tomate, es con crema de leche. Puede ser seafood del bueno o simplemente con atún, mejillones y machas de lata. Los descubrimos por el cumpleaños de Belén en Australia. Se prepara en 5 minutos y da el pego.
Mazorca de Maíz con Queso (Perú): suena tan raro que no apetece probarlo pero está delicioso. Mazorca asada en la brasa y acompañada de un pedazo de queso tierno. En New Zealand la probamos hervida en el agua caliente de un geiser. ¡Espectacular!
Tostada de Atún con Queso gratinado (Cuzco, Perú): no parece un gran descubrimiento pero para nosotros lo fue. Tostada de pan con atún de lata por encima, gratinada al horno con queso fundido por encima. Sándwich estrella de un bar de Cuzco famoso por ser lugar de reunión de backpackers.
Surtido de Makis (Japón): la mayor sorpresa en Japón fueron los rolls con queso pero los makis con atún de lata y mayonesa serán un hit cuando lleguen a Europa. Otras ideas que nos hemos traído para que el Rojo o el Kynoto Sushi innoven son los makis de mejillones en escabeche, anchoas, boquerones o bacon con queso.
Arroz con calamares salteados (Bangkok, Tailandia): arroz hervido y frito en un wok con aceite, un poco de ajo, tomate, algo de lechuga y calamares. Un poco de limón por encima y en un minuto tienes una paella mejor que buena. Nos costó la friolera de medio euro en un puesto ambulante en Sukhumvit 11.
Nachos con pasta de atún (Veracruz, México): los nachos de siempre servidos con una pasta hecha con atún, salsa de tomate, aceitunas y cebolla triturada, un poco de mayonesa y queso fundido a un ladito. La mejor comida de todo México, al lado del mar, con los suegros y una chelada de primera.
Camarón frito con bacon enrollado (Veracruz, México): el único restaurante del que guardamos dos “recetas”. Gamba hervida enrollada en una tira de bacon frito. ¡Buenísimo!
Quesadillas (México): un plato típico de México y archiconocido pero que no podemos dejar de apuntar. Queso fundido al horno en cazuelitas de barro con champiñones o chorizo.
Huevos Rancheros (México): huevos fritos con salsa de tomate y queso fundido por encima, servidos sobre un par de tostadas. En México le añaden judías o beans pero no son necesarias para chuparse los dedos. Ideal para resacas.
Chelada o Michelada (México): el descubrimiento del viaje, mucho mejor que una clara y más fría todavía. Cerveza, con un par de cubitos de hielo, zumo de limón y sal gorda en el borde del vaso (restregar antes medio limón para que al volcar el vaso la sal se pegue). Y para los machos, la Michelada, lo mismo pero añadiendo salsa perrys, pimienta negra y tabasco.
Sangría “Express” (Antigua, Guatemala): vino tinto, hielo bien picado, zumo de limón y azúcar. En Puno, en el Titicaca peruano, añaden trocitos bien pequeños de cualquier fruta que tengan a mano.
Pan con chocolate a la barbacoa (Namibia): descubrimiento de Belén después de tanta barbacoa por Africa. Poner una rebanada de pan en las brasas con un par de piezas de chocolate por encima. Cuando empiecen a deshacerse, las untas con un cuchillo y está mejor que la Nocilla!
Bikini a la barbacoa (Sudáfrica): los afrikaners, auténticos expertos en barbacoas, antes de la carne, se meten entre pecho y espalda un par de sándwiches de pan inglés con tomate y queso hechos en el mismo grill. La forma más salvaje de preparar un bikini!
Pizza a la barbacoa (Namibia): otro invento nuestro. Pizza congelada hecha a la barbacoa. Cuando lleva un rato en el grill, la doblas como si fuera un calzone y la giras un par de veces. Im-presionante!!!
Pescado con ajo (Gili Meno Island, Indonesia): pescado hecho a la brasa, con una salsa de aceite y ajo troceado por encima. Con la misma salsita puedes regar el arroz hervido como acompañamiento. El restaurante de la Yaya Turang donde lo probamos será siempre un mito para nosotros.
Aussie Chips (Australia): las famosas patatas fritas de la cadena australiana Outback. Patatas fritas mezcladas con bacon troceado y requemado y queso fundido por encima.
sábado 2 de agosto de 2008
El Banco de los Pobres
Ayer nos pilló una tormenta tropical caminando por Lalibela y no pudimos más que resguardarnos bajo un árbol. Aprovechando el hueco que quedaba entre mi espalda, el tronco y una rama, se metió un niño abrigado con una manta bien empapada. Cuando la cosa se puso más fea, le pasamos por la cabeza uno de esos chubasqueros que en Occidente serían de usar y tirar y que aquí posiblemente durará más que Nelson Mandela. No dijo nada. Ni una palabra. Tan sólo de vez en cuando levantaba la mirada y le sonreía a Belén como si le hubiéramos regalado la bicicleta más chula del mundo.
No sé cuántos chubasqueros nos habrían cabido en la maleta pero seguro que no suficientes para callar todos nuestros remordimientos de ricos occidentales. Por eso, en alguno de los 80 vuelos que hemos tomado este año, hemos fantaseado sobre qué ideas simples pero geniales podrían marcar una diferencia en el tercer mundo. Existen las que todo el mundo conoce. Gravar con un 0.7% todas las transacciones financieras, según algunos cálculos cifra necesaria para paliar el hambre en el mundo (de ahí viene el famoso 0.7 que después se ha quedado como referente para cualquier donativo). Pagarles un sueldo a los niños para que vayan a la escuela en vez de mendigar o trabajar, idea puesta en práctica en México y copiada en Africa. Microcréditos para que las familias puedan obtener sin intereses cantidades de dinero pequeñas pero suficientes para comprar un arado, un nuevo tipo de semillas o cualquier cosa que les permita labrarse un futuro. Y más que deben haber por ahí y que vosotros conoceréis pero que nosotros ignoramos.
Lamentablemente, no somos ningunos genios y seguimos con nuestros remordimientos y nuestras fantasías pero nos anima saber que Muhammad Yunnus, el pakistaní inventor de los microcréditos, no se sentía muy diferente a nosotros antes de tener su genial ocurrencia. Es más, este profesor de Economía nunca imaginó que alguna de las ideas que intentó poner en práctica en el pueblo cercano a su Universidad pudiera realmente funcionar. Sin embargo, ahora ya son más de 3 millones las familias beneficiadas por su experimento. Cuenta en su libro “Banker to the Poor” que fue al ver en persona el drama de personas hambrientas cuando decidió buscar nuevas fórmulas económicas radicalmente diferentes a las clásicas. Era un contrasentido estar en clase enseñando grandes teorías y ver por la ventana que no servían para evitar algo tan horrible. Su descripción de la hambruna que entonces asoló Pakistán es tan cruda que cuesta olvidarla:
“Hungry people were everywhere. Often they sat so still that one could not be sure whether they were alive or dead. They all looked alike: men, women, children. Old people looked like children. Children looked like old people. The starving people did not chant any slogans. They simply lay down very quietly on our doorsteps and waited to die. There are many ways for people to die, but somehow dying of starvation is the most unacceptable of all. It happens in slow motion. Second by second, the distance between life and death becomes smaller and smaller, until the two are in such close proximity that one can hardly tell the difference. Like sleep, death by starvation happens so quietly, so inexorably, one does not even sense it happening.”
De casting por Etiopía
Pero esta presión no es sólo para los visitantes sino también para ellos. Una vez fijado un precio único como si fuera un monopolio, para ser los elegidos en el casting fotográfico, sólo pueden competir haciéndose notar. Y bien que lo intentan. Cuando entras en uno de sus poblados, lo más normal es verse asediado y rodeado de Erbores, Dorzes o Tsamays tirándote del brazo con tanta fuerza que llegas a asustarte. Especialmente con los Mursis, la tribu más famosa de toda Etiopía. Os sonarán porque son aquéllos que miden la belleza de sus mujeres por el tamaño de los platos que se cuelgan en el labio inferior.
Cada poblado Mursi tiene su propio jefe que es el que recauda los 13 euros que cuesta la entrada. Uno de los principales destinos del dinero es la compra de fusiles, armas que son muy comunes en todo el país, a pesar de que el gobierno está realizando una campaña para recogerlos y destruirlos. Al menos no es como el anuncio que vimos en un periódico de Kenya, donde se solicitaba la entrega voluntaria de PAMs. Portable Antiaerial Missile. Un misil lanzado con un bazooka al hombro, capaz de poner del revés a un Boeing en toda regla. El sueño de cualquier terrorista y del que se calcula que todavía hay cientos por toda Africa, todos ellos en manos de particulares. Como si fuera una escopeta de balines. Sin comentarios.
Decía que la entrada se paga al jefe y las fotos a cada uno de los Mursis. Para ello, te los ponen literalmente en fila y tú les pasas revista durante el rato que quieras. La situación podría ser cómica sino fuera porque a tu lado va un guardia armado del Parque Nacional, soltando manotazos a todos aquéllos que tratan de convencerte, arañándote o tirándote del pelo, de que su cara es la más fotogénica. Que las mujeres lleven los pechos al aire, tampoco ayuda demasiado a que te sientas confortable durante el casting, y menos todavía cuando la mitad son niñas en plena pubertad, a las que los pezones les asoman como si fueran dos bultos extraños. Es como si te forzaran a mirar a través de la cerradura del cambiador de chicas. Pero lo peor es cuando por fin lo tienes claro. Señalas a la modelo en cuestión y entonces el guardia, agarrándola por el brazo, la saca bruscamente de la fila para que puedas tomarle la foto. No sé cómo escogerían a los esclavos hace siglos pero no debía ser muy diferente. Mucho tienen que valer 15 céntimos en estas tierras para que la gente de estas tribus se dejen tratar así y encima se mueran por ser las nominadas.
Los Tsamays, en cambio, son mucho más agradables, sobretodo por el aspecto femenino y divertido de sus hombres, con camisetas bien apretaditas y minifaldas más cortas que en una peli porno. Van siempre con un taburete en la mano, por si quieren sentarse o echarse una siesta en cualquier sitio. A pesar de su pinta de locas, son igual de machistas que la mayoría. Las mujeres, como siempre, son las que curran y a cambio no tienen taburete ni silla que valga. Ellas al suelo, para que no se olviden nunca de lo poco que valen.
Con los Hamer tuvimos más suerte y nos invitaron a una de sus chozas a tomar el café. Lo que tenía que ser la típica escena de tour organizado acabó siendo lo más surrealista de todo el viaje. Al revés de lo esperado, la que nos inundó a preguntas fue la matrona de la casa, como si ella fuera la turista y nosotros los aborígenes. Todo muy divertido hasta que nos preguntó cómo podía ser que estuviéramos juntos si Belén era mucho más pequeña que yo, en tamaño y en edad. Os podéis imaginar las risas de la rubia y mi cara de alucinado. Pero lo mejor vino a continuación, cuando recogió el café que nos había sobrado y lo tiró de nuevo a la olla comunitaria. Sin dejar de hablar, lo removió con un cucharón y tal cual lo sirvió en otro cuenco para la segunda esposa de su marido. A la muy descarada, nuestra diferencia de edad le parecía escandalosa pero compartir el café y el lecho con otra, eso es lo más normal del mundo. Y no le intentes convencer de lo contrario. De hecho, son ellas mismas y no el hombre las que eligen a sus competidoras. ¿Escogerán a la fea para seguir siendo la preferida o a la guapa para ganarse el respeto del marido? ¿La que más trabaje para no tener que hacer nada o la más torpe para seguir dominando la casa? ¿Su mejor amiga para tener buena compañía o una desconocida para que los celos no rompan la amistad? Sea como sea, al lado de éste, ríete tú del casting de Operación Triunfo.
"Allá donde vamos triunfamos"
La primera Birra de Oro a la mejor cerveza del mundo, la más fría, helada en realidad, por encima de todas las demás, tanto que lleva el nombre del pico más alto del planeta, es para la Everest, del Nepal. Con ella celebramos en la mejor pizzería de Katmandú que Lila nos había conseguido los visados para ir al Tibet.
Birra de Plata a Tui de New Zealand, por tener posiblemente el mejor sabor del mundo, siempre que sea de barril. Sólo le faltó algo de marketing o carisma para ser la número 1.
Birra de Plata a Quilmes de Argentina, porque su logotipo es el que mejor queda en una camiseta. Además su formato es perfecto y el sabor de primera.
Birra de Plata a Kingfisher de la India, por ser un oasis en medio de tanta mierda.
Birra de Plata a la Cuzqueña de Perú, por ser en realidad el elixir de la Eterna Juventud. La única cerveza del mundo preparada con el agua que viene de la famosa fuente de los Incas.
Birra de Bronce compartido entre Modelo Especial y la Indio, las dos de México, por su color tostado y porque con ellas descubrimos la chelada, mucho mejor que una Clara o Shandy. Cerveza con zumo de limón, hielo y sal en el borde. Si además le pones salsa Perrys, pimienta negra y tabasco entonces tienes la Michelada.
Birra de Bronce a Tusker de Kenia, por tener las narices de ponerle a la cerveza el nombre del elefante que mató a uno de los fundadores.
Birra de Bronce a Saint George de Etiopía, por llevar el nombre del patrón de Catalunya y ser el país donde más camisetas del Barça hemos visto.
Birra de Bronce a Bucanero de Cuba, no sólo por su nombre cachondo sino porque ya tiene mérito que no sepa demasiado mal entre tanta miseria de “sabores”.
También en Cuba, tienen otra marca mucho más barata para los propios cubanos, la Clara, a la que no podemos dejar de darle la Birra Caliente a la peor cerveza del mundo. Hecha con papaya, esta fruta es, junto con el cilantro, los sabores más repugnantes del mundo.
Como mención especial, la Birra a la Mejor Innovación, para la “iced-beer” de Australia, cerveza de barril con termómetro incluido en el grifo, tirando la cerveza a 3º grados. Por favor, que San Miguel se copie la idea!!!
Y finalmente, aunque no sea una cerveza, la Birra de Platino al sabor más refrescante del mundo es para el nuevo formato de Coca-Cola en Japón, un envase metálico que cambiará la forma de beber en el futuro.
viernes 1 de agosto de 2008
13 months of sunshine
Según su calendario, éste es el año del milenio. No sólo van 7 días atrasados sino también 7 años. Además, basan la cuenta anual en el sistema juliano por lo que disponen de 12 meses de 30 días más uno adicional de 5 días, 6 en los años bisiestos. Los nombres de sus meses son diferentes a los nuestros y tampoco coinciden en el tiempo. Su fin de año cae el 11 de Septiembre y así un sinfín de desatinos. Aunque en realidad es más lógico que no tener a los Césares romanos preocupados por ver cuál de ellos tenía más días en su mes, si Julio o Augusto. De igual forma, su cronómetro diario es tan simple que abruma. Empiezan a contar doce horas desde que sale el sol, tal que a las seis de la mañana es la una. Y así hasta que se hace de noche. Entonces, la cuenta se inicia de nuevo. 12 horas de sol, 12 horas de oscuridad. Su cercanía al Ecuador les permite mantenerlo así todo el año.
Es también esta situación geográfica la que provoca que nuestro verano sea su estación de lluvias. En Junio, Julio y Agosto, son raros los días donde no caen chubascos en forma de tormenta. Por eso, todo el país tiene ahora mismo un color verde tan intenso que parece Euskadi. Por algo la llaman “greenland”. Sorprende pero más todavía cuanto lees que las organizaciones internacionales se están movilizando para paliar la hambruna consecuencia de la sequía en el sur de Etiopía. Su suelo es tan poroso que si no cae agua en 3 días, muchas de las cosechas se pierden sin remedio por mucho que después llueva a raudales. Así ha sido siempre y así seguirá siendo, a pesar de su estación lluviosa y a pesar de sus múltiples y enormes lagos. La peor de las ocasiones fue hace 25 años cuando millones de personas fallecieron. Mientras eso sucedía, el presidente del país se gastaba el 20% del presupuesto anual en preparar un Congreso del Partido Comunista Internacional. De hecho, en buena parte de las zonas afectadas, ni siquiera dejó que llegara la ayuda humanitaria como represalia por ser guarida de un grupo de rebeldes. Más de 3 millones de personas se quedaron sin ninguna asistencia. Se calcula que dos de cada tres murieron. Cínico porque esos mismos comunistas fueron los que, cuando derrocaron al anterior Rey, le mostraron un video con imágenes de sus súbditos muriéndose de hambre combinadas con las del monarca bebiendo Champagne o alimentando a los leones de su propio zoo. Dime de que presumes y te diré de qué careces.
La política tampoco es una excepción en la singularidad de Etiopía y son varios los records que dispone. Por un lado, es el único país de toda Africa que nunca sufrió el colonialismo. Mussolini intentó invadirlo pero, apenas cinco años después, todos los italianos tuvieron que volver a su redil en Eritrea. Por otro, su monarca gobernó más años en el siglo XX que cualquier otro Rey del mundo, tanto que incluso perdió el juicio aunque nadie se atrevía a llevarle la contraria después de tanto tiempo. Finalmente, en apenas 20 años, pasaron de la monarquía absolutista a ser un estado comunista para después acabar siendo un país capitalista. Aunque están muy retrasados, con carreteras lamentables y sin agua corriente para la mayoría de población, sorprende que con tanto vaivén todavía sean capaces de tener un país tan activo.
Pero ya os decíamos que Etiopía era diferente a cualquier otro sitio. Incluso su monumento más famoso es una muestra única de arquitectura. Las iglesias del Rey Lalibela. Once iglesias del siglo XII, labradas en bloques monolíticos excavados hacia abajo en la roca volcánica. La más conocida, la Cruz de San Jorge. Espectacular imagen la de su techo en forma de cruz saliendo de una brecha de 30 metros de profundidad abierta a martillazos. También en el norte del país, se puede visitar pero no ver la famosa Arca de la Alianza, la que Indiana Jones encontró en su primera película. Sólo un monje tiene acceso a ella, mientras el resto de mortales nos tenemos que creer que efectivamente contiene las tablas de Moisés. Cerca de allí dicen de unas ruinas que son las del palacio de la Reina de Saba, la mujer de Salomón. A un par de saltos en Fokker, el autobús-avión con el que Ethiopian Airlines mueve a sus pasajeros por pistas a veces invadidas por vacas, pueden verse las Fuentes del Nilo Azul. Estas cascadas fueron el destino final de los exploradores occidentales que, durante cientos de años, buscaron obsesionados el sitio exacto donde empezaba el famoso río. En el sur del país, en cambio, el pasado es presente. Una docena de tribus, las más auténticas de todo Africa, continúan viviendo de la misma forma y con los mismos rituales que hace cientos de años.
Igual que ellos, la comida etiope parece que se haya detenido en el tiempo. Lo sirven siempre en bandejas enormes recubiertas de injera, una especie de crepe enrollado y esponjoso sobre el que vierten sus platos. Para comer, arrancan pedazos de ese pan local con los que sujetan la comida para llevársela a la boca. Son especialmente buenos los tibs, carne de cabra cortada a trocitos y hecha con una salsa de cebolla, pimiento y aceite. Y también las lentejas, con salsa o en sopa, pero poca cosa más. Dudo mucho que pudiéramos aguantar trece meses comiendo sólo esto pero para trece días es un viaje más que recomendable. Palabra de viajeros.
Berghana
- La suya y la mía – contestó Zinabu todavía temblando.
- Y la nuestra también…- pensamos nosotros.
Zinabu es el chofer del 4x4 que hemos alquilado para cruzar Etiopía. Nuestro nuevo compañero de viaje es una buena persona. Y un gran conductor. El mejor. No me imagino a otro que hubiera podido frenar en seco en apenas un instante. Un metro más tarde, un segundo después y los padres de Berghana que ahora nos están besando las manos, nos estarían maldiciendo. Aunque no haría falta que lo hicieran. Nosotros solos habríamos perdido el juicio, torturándonos una y otra vez con una pregunta cuya respuesta es tan obvia que asusta. ¿Habría valido la pena el viaje? No, a ese precio claro que no. Pero, ¿tiene sentido entonces que un solo metro, un solo segundo puedan cambiarlo todo?
Hay preguntas que no tienen respuesta y respuestas que son tan simples que cuestan de explicar. ¿Qué te pasa por la cabeza cuando crees que acabas de atropellar y matar a un niño? Nada. No sientes nada. Sólo el vacío como si tu propia alma te hubiera abandonado en el peor momento de tu vida. Nada iba a ser igual a partir de ese instante. Ni para nosotros, ni para Berghana, por supuesto. Con apenas cuatro años, no llegaba ni al capó del coche así que lo vimos desaparecer debajo nuestro sin saber qué había pasado. Lo reconozco, aunque bajé del auto más rápido que nunca, me asustaba llegar el primero. Por suerte, Zinabu pudo frenar justo a tiempo porque, cuando aparecí por delante, allí estaba Berghana, desnudo de cintura para abajo y gritando como nunca. El golpe de la cabeza contra el asfalto todavía no le dolía. Eran la angustia y el miedo los que se le escapaban por la boca en forma de aullido.
Etiopía tiene 70 millones de habitantes y más de la mitad son niños. Aunque no todos ejercen como tales, los hay que sí. Los hay que visten como niños y juegan como niños. Incluso podrían pasar por europeos si no fuera por el color chocolate de su piel. De hecho, muchos de ellos serán europeos. Como los que vimos en el hotel de Addis Ababa en pleno proceso de adopción. Hace tan sólo una semana, eran como Berghana, andando desnudos y descalzos por ahí, olvidados de todo el mundo. Ahora volvían a ser niños, con camisetas de Zara y zapatos nuevos. Berghana, en cambio, es uno de los otros. No tiene quien le cuide ni vigile. Sus padres trabajan lejos de casa mientras sus hermanos deambulan por la carretera, azuzando con látigos a vacas raquíticas o haciendo de espantapájaros humanos. Sean una cosa u otra, ese el destino que le espera a Berghana. Y visto lo que le podía haber pasado, ahora parece una suerte.
Cuando le obligamos a subir al coche para llevarlo al hospital gritó como un condenado pero después no volvió a quejarse ni una sola vez. Ni cuando nosotros mismos le hicimos una cura de urgencias, ni tampoco al recibir el pinchazo de la antitetánica. Cogido de la mano de Zinabu y todavía semidesnudo, iba de un lado a otro del dispensario sin decir ni mu. Y eso que el lugar parecía el cuarto de las ratas, con el suelo lleno de charcos en los que sus pies descalzos se hundían como si fuera lo más normal de mundo. Eso sí, su carita hubiera roto el corazón de cualquiera, de cualquiera menos el de sus compatriotas. Debió pasar al menos por al lado de veinte personas o más y sólo una enfermera le hizo una carantoña en el pelo. Los demás, como si fuera una sombra. A nosotros, en cambio, más de uno aprovechó para pedirnos alguna limosna. Si algún día os insultan por Etiopía en castellano ya sabéis de quién lo aprendieron. Dicen que en estos países es tanta la mortalidad infantil que, hasta los cinco años o más, los niños no cuentan demasiado. Viendo como temblaban y sollozaban los padres de Berghana cuando por fin llegaron, no podríamos jurarlo aunque es verdad que no fueron demasiado cariñosos con su propio hijo.
De vuelta a su poblado, le dimos un premio por haberse portado como el mejor. Alguna camiseta para poder tirar la suya rota y un par de pantalones para cubrirle las vergüenzas. También le dimos nuestra gorra del desierto y la linterna de Coronel Tapioca. Con una sonrisa de gigante, de largo lo más bonito que hemos visto en todo el viaje, lo cogió todo y se lo puso bajo el brazo como si fuera una persona mayor. Y así se fue, caminando descalzo y desnudo por el mismo camino por el que vino. Por suerte, nosotros también pudimos irnos por donde llegamos. Y, si nos hubieran dejado, con uno más en la familia.
Animalario
Leopardos: a pesar de ser los felinos más abundantes, son también los más difíciles de ver. Viven en los árboles de los que sólo bajan para cazar los sábados por la noche. El resto de la semana tiran de despensa. Es decir, de la última presa que tienen colgando de la misma rama donde se recuestan. Para Belén, es una obsesión poder verlos algún día. Son ya cinco safaris en cinco países diferentes y siempre se le han escapado.
Búfalos: toros con peluca. Aunque parecen unas bestias, cuando van en manada no son nada violentos, a pesar de lo que digan las pelis del oeste. Sin embargo, cuando andan solos y se meten en líos, son de los que huyen para adelante, arrasando con lo que haga falta. En realidad, son los animales más peligrosos junto con los elefantes. Cuando atacan simulan estar estáticos, acercándose al enemigo con tanto sigilo que parece que anden con los calcetines puestos.
Jirafas: un camello con el cuello alargado y un estampado fashion. Las reinas de Africa. Parecen de otro mundo, sobretodo cuando se lanzan a correr. Se balancean de una forma tan descoordinada que parece que vayan a romperse. De calle, las más miedosas. Tienen pavor a beber agua pues la postura que necesitan poner para que la cabeza les llegue al suelo es tan complicada que, si en aquel momento les atacase una leona, estarían perdidas sin remedio.
Impalas: una especie de bambi africano. Nadie ha oído hablar de ella
Cebras: imposible saber por qué la naturaleza las vistió con ese pijama a rayas. Para fotografiar son las mejores al ser su piel es una especie de sofá freaky con diseño de los sixties.
Parques Nacionales de Africa:
Parque Kruger, Sudáfrica: el más fácil de recorrer pero el menos auténtico. Do it yourself. Vas en tu coche por circuitos marcados, sin poder abrir la ventanilla. Por la noche para dormir, tienes un bungalow sencillo con barbacoa en el jardín. Asegurado verlo todo menos leones y leopardos aunque, a veces, incluso éstos también.
Parque Etosha, Namibia: de todos los que hemos visto, posiblemente el mejor. Lo podéis hacer tranquilamente en coche de alquiler. El paisaje es bonito, especialmente el “pan”, una laguna semiseca que parece un mar olvidado, pero más que recorrerlo de un extremo a otro, os recomendamos quedaros en el Halali Camp. Tienen una charca que ellos mismos alimentan con agua fresca cada día. Por allí van pasando todos los animales, incluso por la noche cuando los veréis gracias a los focos. Mientras, vosotros sentados tranquilamente en la grada, con una copa de vino y una manta si hace falta. Puro lujo por cuatro duros.
Parque Moremi, Botswana: el más luxury de todos si podéis pagar la avioneta para llegar a los lodges exclusivos, como la Isla del Jefe, pero es tan caro que no vale la pena. Con coche de alquiler al menos llegaréis a la parte más salvaje, como el Third Bridge donde dicen que los leones se pasean entre las tiendas por la noche. Si os gusta conducir en 4x4 os lo pasaréis pipa, sobretodo si lo cruzáis para llegar hasta al Chobe Park. El punto negativo es que os podéis pasar mucho rato sin ver nada.
Parque Chobe, Botswana: el entorno más idílico. Tiene un camino que va a lo largo del mismo río que después forma las Victoria Falls al llegar a Zimbwawe y Zaire. Aunque las cataratas no llegan a verse, el “riverside” es precioso y conduciendo tú mismo puedes meterte entre todo tipo de manadas, incluido elefantes. No hay leones pero sí cocodrilos enormes.
Lago Manyara, Tanzania: como por toda Tanzania, el 99% de la gente va en grupo o con chofer, aunque se podría hacer por tu cuenta. Sin embargo, los precios de las entradas a los parques y permiso de acampada son tan caros que al final sale por un ojo a la cara. Por eso es mejor buscarse un tour-operador. Este lago en concreto tiene un paisaje muy especial y frondoso, aunque es prescindible.
Parque Serengeti, Tanzania: junto con Maasai Mara en Kenya forma la gran llanura donde los mamíferos cada año reproducen las famosas migraciones en busca del pasto fresco. Nunca son exactamente los mismos meses pero acostumbran a moverse hacia el norte en Julio para volver a Tanzania en Octubre. Lo mejor es poder organizar un safari individual para cruzar la frontera siguiendo las migraciones. Es el parque donde los animales son más abundantes.
Cráter del Ngorongoro, Tanzania: uno de los sitios más bonitos que nunca hemos visto. Parece un espejismo con paredes de más de 600 metros de altura, formando una valla natural dentro de la cual viven miles de animales como si estuvieran en un sueño. Sólo por ello ya vale la pena ir. Allí pudimos ver a un rinoceronte negro, algo realmente difícil de conseguir.
Parque Tarangeri, Tanzania: lleno de moscas Tse-Tse, con un río que siempre baja lleno, por lo que tiene fauna todo el año, sobretodo elefantes y cebras. No vale mucho la pena.
Parque Maasai Mara, Kenia: la continuación del Serengeti por el norte. Un paisaje precioso con todo tipo de animales. Lo mismo que en Tanzania pero mucho más barato. Además hay campings de tiendas fijas por un precio muy razonable. Y con agua caliente… Imposible ir por tu cuenta como en la mayor parte de Kenia. La situación política y las peores carreteras del mundo recomiendan que vayas en un tour. Ahora las están arreglando pero vete a saber cuándo acabarán.
Lago Nakuru, Kenia: famoso por sus flamencos rosas pero los podéis encontrar igual e incluso en mayor cantidad en el Lago Manyara o en el Ngorongoro en Tanzania. Aquí, en cambio, cada vez hay menos agua por lo que prefieren emigrar al sur. Eso sí, está lleno de rinocerontes blancos reintroducidos, tantos que pierde la gracia. Dicen que es uno de los mejores sitios para ver leopardos pero, la verdad, no tiene pinta. Lo mejor, que está cerca de Nairobi y puedes dormir en cama al tener la ciudad de Nakuru al lado.
Parque Amboselli, Kenia: sería un desierto si no fuera por el continuo deshielo del Kilimanjaro, la montaña más alta de Africa que, aunque está en Tanzania, da vida a este parque. Sin duda, una de las maravillas del mundo, no sólo por su forma especial con un pico amplísimo sino porque parece una aparición en medio de la nada. Los elefantes, leones, guepardos y demás son un regalo adicional. Nadie se pone de acuerdo cuando es el mejor momento del año para verlo sin brumas, así que mejor estar un par de noches para asegurarse. Si quieres subirlo hay que hacerlo desde Mosha en Tanzania. Cinco o seis días son suficientes y con un poco de forma física cualquiera puede pues las Agencias te lo ponen todo.
Viviendo entre los Maasai
No es que nos importe que la furgoneta en la que vamos sea de los 70s o que el polvo entre a toneladas por cada ranura. Ni tampoco que Richards, el chofer, nos ignore cuando le hablamos y en cambio luego sea capaz de pedirnos 80 dólares prestados. Todo eso es lo de menos. Lo peor es cada vez que paramos e intentamos arrancar de nuevo. A bajar y empujar. Y eso tampoco sería tan grave si después no nos metiéramos entre leones persiguiendo a sus cachorros. Porque ése es el estilo que se lleva en Kenya. A las carreteras y a las señales, ni caso. Cuando ven un “gato”, se meten en línea recta y se acabó. Si no le pisamos la cola a cualquier leona fue porque el señor de las bestias no quiso. Y si no se nos caló el coche en medio de la sabana fue porque el dios de los humanos no nos castigó, a pesar de merecerlo.
Eso sí, al menos cuando empujamos la camioneta, no lo hacemos solos. Vamos con una pareja de hermanos suecos tan encantadores como diferentes. De Christine nadie diría que es especialmente guapa hasta que sonríe. Entonces su dulzura contagia a todos. Andrew, en cambio, a pesar de tener 20 recién cumplidos, parece que lleve a cuestas bastantes más. Escondido bajo mantas y collares Maasai, cuando habla, Christine le mira con admiración de hermana y preocupación de madre. Aunque no es para menos. Después de una fugaz carrera como jugador profesional de póker, viviendo en hoteles de 5 estrellas y viajando por todo el mundo, este “bully” de los torneos, aburrido de ganar o cansado del estrés, ni él mismo lo sabe, decidió retirarse prematuramente. Para ello escogió una de las tribus más peculiares de toda Africa. Los Maasai. Por la mañana ayuda en la escuela enseñando inglés y matemáticas. Por la tarde patrulla alrededor del Kilimanjaro, para espantar a los pocos cazadores furtivos que quedan por aquí. El comercio de marfil está tan perseguido que ya no es rentable y la piel de leopardo pasó de moda, así que el negocio está ahora en la carne de caza. Despedazan los animales y venden los filetes como si fueran de ganado.
Y es que la riqueza por estos parajes se mide así. Tantas vacas tienes, tan rico eres. Y no es que sea importante por una cuestión de status. Es un tema de oferta y demanda, de mujeres en concreto. El precio de una esposa está en 7 vacas y puedes tener tantas como quieras. Sólo hay un requisito. Debes ser mayor de 30 años. Entre los Maasai, la carrera profesional está más clara que en una auditora. A los 5 años empiezan a trabajar como pastores hasta que son considerados hombres. Esto pasa en algún momento entre los 12 y los 20 años, cuando en una gran ceremonia, todos los Maasai de una generación se convierten en guerreros. Pero no por mucho tiempo porque a los 30 ya se jubilan para unirse a los “elders”. Ancianos de la tribu cuyo único trabajo es asignarse pomposos títulos copiados de los occidentales. En otras palabras, son las mujeres las que, como en tantos otros sitios, mantienen la familia y el tipo mientras sus maridos juegan a todas esas tonterías.
A pesar de ello, Andrew les ha cogido cariño, tanto como nosotros a ellos. Su cuerpo por simple mimetismo, cada día se parece más al de un Maasai. Alto, delgado, con las piernas escuálidas y los dientes separados. Sólo le faltaría agujerearse las orejas tanto como para doblarlas sobre si mismas o que le marquen las mejillas con un hierro incandescente, señal que todavía llevan muchos Maasai para poderlos distinguir en caso de que otro poblado los rapte cuando son niños. Eso y el famoso bastón Maasai, un simple palo con el que atizan el ganado y que los hombres llevan siempre con ellos. Los Maasai son una tribu nómada que, en realidad, llegaron a Kenya y Tanzania hace apenas 200 años buscando el pasto fresco de las grandes llanuras, igual que hacen cada año los antílopes y búfalos en sus famosas migraciones. Desde el Serengeti descubrieron el Ngorongoro, el mayor cráter del mundo y una de sus maravillas. Cuando pudieron sortear sus altas paredes, se encontraron con una superficie vallada naturalmente, donde miles de animales vivían en un eterno paraíso. Por mucho que lo mires, no deja de parecerte un sueño, un cuadro pintado por unas manos mágicas.
Como el Kilimanjaro, una inmensidad majestuosa que se eleva casi 6000 metros en medio del desierto para ser coronado con nieves perpetuas. Un espejismo en el mismísimo ecuador, cuyo continuo deshielo mantiene un ecosistema alrededor suyo, con elefantes, leones, guepardos, cebras, ñus y todo tipo de animales. Por eso no nos extraña que nuestro amigo sueco decidiera quedarse por aquí, igual que antes lo hicieron los Maasai. Aunque si no fuera porque uno y otros van con el móvil en la mano, parecería que no son de verdad. Que en realidad son viajeros del pasado, con sus túnicas y sus sandalias. Fantasmas de la sabana que en cualquier momento puedes ver salir de la nada y desaparecer en la bruma, con su andar rápido y su correr lento, flotando más que rozando el suelo, como si no quisieran despertar a las bestias que les rodean por fuera o persiguen por dentro.
miércoles 30 de julio de 2008
La piel de Africa
Pero no nos quejamos porque, al menos, aquí cada uno tiene su butaca, aunque algunos vayan sentados en medio del pasillo y sin respaldo. Nosotros, para variar, tenemos suerte. Hemos encontrado un hueco en la última fila, al lado de un matrimonio indio con un par de niños durmiendo en su regazo, aunque al cabo de 5 minutos también lo hacen en el nuestro. Delante viaja un hombre de negocios de color chocolate que no para de hablar por el móvil cuando no molesta a sus vecinos, una pareja de musulmanes que se esconden detrás de unas gafas de sol tipo mosca. En el otro banco, un par de negros zumbones y más lejos una negrita con un pelo tan trenzado que nos duele la cabeza sólo de mirarla. En medio de todos, un tío enorme con un pequeño birrete, embutido en una túnica que ni Denis Ruso en su mejor época.
Africa tiene muchas pieles y de todos los colores. Por algunas de ellas, en otros siglos, se llegaron a pagar auténticas fortunas, aunque normalmente eran de animales exóticos. La de los negros, para qué engañarnos, iba bien barata. Según las crónicas de un negociante genovés del siglo XVI, su precio en Africa era de 50 escudos. Súmale 150 por cabeza para llevarlos hasta América y te da un total de 200. Si se tiene en cuenta que una tercera parte morían por el camino, el coste final por cada esclavo que llegaba vivo al Nuevo Mundo era de 300 escudos. Si había suerte, podías sacar 400 en el mercado, así que la rentabilidad era del 33% en apenas un par de meses. No estaba nada mal.
En el siglo XX, la cosa mejoró mucho y con la independencia todavía más. Entonces la piel de las personas ya no tenía precio. Tan poco valía que en apenas unas décadas, millones y millones de africanos murieron. De hambre, de sida, machacados por la malaria o por otras enfermedades, esclavizados por blancos o por sus propios vecinos, por pertenecer a un partido político o a una tribu diferente, por protestar o simplemente por hablar, torturados, apaleados, fusilados, con machetes o a navajazos. En el Congo, en Nigeria, en Rodhesia, en Sudáfrica, en Etiopía, en Ruanda, en Algeria, en tantos sitios y de tantas formas que nos haría falta un blog entero para poderlo explicar.
Pero no os penséis que todo esto es agua pasada. Hace apenas una semana, justo al irnos de Zimbawe, el Presidente Mugabe con 80 tacos a cuestas volvió a ganar las elecciones para poder gobernar 40 años seguidos. Su máximo rival tuvo que abandonar la carrera presidencial unos días antes. Tenía una buena razón. En quince días 90 miembros de su partido habían sido asesinados y su vicepresidente detenido y acusado de traición a la patria, delito por el que le pueden condenar a muerte. Ahora estamos en Kenya, donde hace cinco meses, después de unas controvertidas elecciones, se desató una ola de violencia que dejó 1500 muertos en la cuneta. Extrañamente, los líderes de los dos partidos entre los que se dieron caza, ahora se reparten el pastel. Uno es el Presidente y otro el Primer Ministro. Y así podríamos seguir hablando de Nigeria y la explotación de los pueblos que viven al lado de los pozos petrolíferos, Somaliland y su grito de auxilio para poder independizarse de Somalia, Eritrea y su ataque a Dubjoi para dominar un puerto clave en el Mar Rojo, Sudán y su precario acuerdo de paz entre el Norte musulmán y el sur Cristiano con su presidente acusado y condenado por el tribunal internacional de realizar un genocidio en Darfur, etc, etc, etc.
En Africa siguen existiendo tantos ejemplos de explotación y violación que muy pocos darían ni un duro por su piel. Nosotros, en cambio, la admiramos más que nunca. Primero porque tiene que ser muy dura para aguantar todo esto y seguir estando tan viva. Y segundo porque dicen que aquí, cerca de los caminos que estamos cruzando con este autobús, en algún sitio entre Tanzania y Kenya, un mono caminó por primera vez erguido para acabar siendo humano. Así que no me jodas que si un día pudimos dejar de ser unos animales, no podremos librarnos ahora y para siempre de todas estas bestias.
En Vespa por Zanzíbar
En cualquier viaje organizado que se precie, después de ir a Tanzania, te pasean un par de días por la paradisíaca isla de Zanzíbar. Allí siguen notándose las clases. A los ricos en Luna de Miel se los llevan a spas de lujo en coches con aire acondicionado. A los del camping, en cambio, los amontonan en una furgoneta y los sueltan en las cabañas cutres que hay al lado. Al fin y al cabo, el mar no hace distinciones y tiene el mismo color para unos que para otros, así que tampoco está tan mal. Eso sí, todos llegan en avión. Nosotros, sin embargo, en un ataque de integración no sólo venimos con el ferry local dándonos bandazos y codazos con todas las razas del mundo sino que, en vez de tumbarnos tranquilamente en una hamaca, nos alquilamos una vespa para recorrer el paraíso de arriba abajo.
Zanzíbar está situada frente a Tanganika, nación con la que, a pesar de tener poco en común, decidieron unirse hace un par de décadas para formar Tanzania. De hecho, aunque se muestran al mundo como si fueran un solo país, siguen siendo dos pueblos bien diferentes cada uno con su propio Parlamento y Gobierno. La capital también se llama Zanzíbar aunque todos la conocen como Stonetown, la Ciudad de Piedra. Su joya es un pequeño barrio de callejuelas, con palacetes apenas reconocibles pero famosos por estar construidos con piedras de coral. Sus paredes son tan porosas que dejan pasar el aire, manteniéndose frescos a pesar del calor tropical. Pero eso es de muros para adentro. Fuera en las calles la ciudad da asco. Los suelos están llenos de mierda mientras la gente local se recuesta en los portales sin hacer nada más que perseguir a los turistas con el “jambo, jambo” de las narices.
Parece mentira que nadie, ni la propia experiencia, les haya enseñado que el acoso es la peor de las fórmulas comerciales. Si la mitad de energía que gastan en agobiarnos la dedicaran a limpiar las calles y encalar las casas, tendrían una ciudad encantadora, en la que la gente tendría ganas de quedarse más días y gastarse más dólares. Pero no, los tíos más quietos que un león tumbado al sol, que ya es decir. Y la escena no es nueva, la hemos vivido en un montón de sitios, aunque es curioso que siempre fuera donde había indios o musulmanes por en medio, o incluso los dos como en Zanzíbar. Aunque es verdad que también lo hemos visto en otros países del Africa negra. Su excusa es impagable. De los despojos humanos viven otros animales porque la naturaleza siempre lo aprovecha todo. Por tanto, si dejamos de tirarlos, estaremos rompiendo la cadena de alimentación. O en otras palabras, echar la mierda por la ventana para ellos es el sumum de la ecología.
Desde Occidente podríamos hacer dos cosas. Mirar para otro lado con eso de que “es su cultura y no tenemos derecho a juzgarla”, argumento utilizado por muchos para justificar la poligamia y otras barbaridades, o se lo decimos bien clarito aunque nos pongan mala cara. Pues bien, no sólo nos hacemos los suecos sino que encima les vamos regalando títulos de Patrimonio de la Humanidad como hizo la UNESCO con Zanzíbar. Si por mí fuera, se lo quitaba ahora mismo. Por guarros. A ver si entonces se espabilan y la cuidan como Dios, Alah o Visnú mande. Y el día que lo hagan seré el primero en votarlos. Más que nada porque aquí nació el rey. O mejor, la Reina. The Queen. Freddy Mercury. Hijo de parsis, pertenecía a una casta de indios descendientes de antiguos persas, con costumbres todavía más estrambóticas que los disfraces del cantante. Por ejemplo, a los cadáveres de los suyos, en vez de enterrarlos o cremarlos, los exponen al sol en el techo de sus casas para que los cuervos se los coman. Si hacen esto con la gente que quieren, imaginaros con el tetrabrik o la bolsa de plástico. Pues al suelo y que se lo coman las ratas. Hakuna matata y que limpie otro que, si la UNESCO nos ha dado un premio, tampoco lo estaremos haciendo tan mal.
Tanzania de los tanzanos
Hay dos formas de hacer un safari por Tanzania. Con dinero o con mucho dinero. La diferencia es que, en el primer caso, duermes en tienda de campaña y, en el segundo, te paseas por los Lodges con todo el gusto y las ganas. Ganas de que siempre fuera así, porque algunos son de auténtico lujo asiático. Al menos, eso cuentan porque lo que es verlos, no los hemos visto ni de lejos. Nosotros nos hemos alquilado un par de sacos de dormir y al suelo, que ya son once meses de viaje y unas cuantas Visas quemadas.
Así y todo, es el país que más caro nos habrá salido. Aquí cualquiera te pide 150 USD al día por pasearte en 4x4 y plantarte la tienda en medio de la nada, con chofer y cocinero incluidos pero sin carne en el menú. Después de discutir durante un buen rato conseguimos pagar tan sólo 135 dólares por cabeza pero así vamos. Con el único jeep de toda Tanzania que tiene el volante al otro lado y durmiendo en una tienda de cuando la Reina Victoria. ¡Quién nos iba a decir que echaríamos de menos nuestro Toyota “caracol” de Namibia! Pero suerte que no hemos venido por libre porque nos hubieran crujido. Sólo la entrada al parque para dos personas, permiso de acampada incluido, cuesta más de 200 dólares. A esto añádele el alquiler del 4x4, la gasolina, la comida y los sustos. Caro pero roza el escándalo cuando ves que los baños del camping son unas letrinas tan guarras que ni por la India. Hay que tener jeta para poner esos precios y hacerte cagar como en la prehistoria, por mucho que el primer homínido lo encontraran por aquí. Aunque peor estaban las duchas, cuando las había, claro. Nosotros sobornamos a los guías para colarnos en las de los ricos pero nuestros compañeros de viaje fácil se habrán pasado varios días sin mojarse.
Hasta en eso hemos tenido mala suerte. Vamos en el coche con una pareja de franceses enamorados. El problema es que los dos lo están de la misma persona. Celine de Eric y Eric de sí mismo. Un anestesista egocéntrico que se sobra y basta de sus historias para dormir de aburrimiento a sus pacientes. Aunque igual ellos dicen lo mismo de nosotros. Pero no, no pueden porque en cinco días no nos han hecho ni una sola pregunta, ni que fuera por educación, así que dudo mucho que se acuerden de nuestros nombres. Ese es el riesgo de este tipo de viajes. Te puede tocar la china, los franceses o conocer a gente encantadora como Martin y Anja, los alemanes con los que cruzamos el Tibet. La última vez que supimos de ellos iban a tomar el Transiberiano para ir de Mongolia a San Petersburgo.
Volviendo al safari, te cuentan que tienen esos precios para evitar que la masificación lo acabe destrozando todo. Por aquí. Detrás de cada león, había una cola de jeeps que ni en el Carrefour. Además, si es por demasiada gente, pon un cupo y se acabó. Así que no os dejéis engañar. Tanzania para los Tanzanos y vosotros a otro lado. Que Africa es muy grande y hay bichos por todas partes. Y de todos los tamaños.
sábado 26 de julio de 2008
Vivitos y coleando
Tanzania de los Tanzanos
En Vespa por Zanzíbar
La piel de Africa
Viviendo con los Maasai
“Allá donde vamos triunfamos”
La Vuelta al Mundo en 80 Platos
De casting por Etiopía
13 months of sunshine
Africa desde el aire
El Manifiesto del Viajero
