sábado, 2 de agosto de 2008

El Banco de los Pobres

La muerte por hambre es posiblemente la más indignante de todas y Etiopía tiene una larga historia repleta de sequías y hambrunas multitudinarias. Lo más probable es que, aparte de verlas por el telediario, ninguno de nosotros haya estado cerca de una situación así de dramática. Aunque también es probable que hayamos pasado por al lado de personas que la estuvieran sufriendo en silencio y ni siquiera nos dimos cuenta o, mucho peor, quizás apartamos la mirada. Cuando piensas en ello, es imposible no sentirse culpable. Primero porque, en cierta forma, lo somos. Y, segundo, porque hay que tener mucha grasa en la tripa como para no notar un pinchazo en el estómago.


Ayer nos pilló una tormenta tropical caminando por Lalibela y no pudimos más que resguardarnos bajo un árbol. Aprovechando el hueco que quedaba entre mi espalda, el tronco y una rama, se metió un niño abrigado con una manta bien empapada. Cuando la cosa se puso más fea, le pasamos por la cabeza uno de esos chubasqueros que en Occidente serían de usar y tirar y que aquí posiblemente durará más que Nelson Mandela. No dijo nada. Ni una palabra. Tan sólo de vez en cuando levantaba la mirada y le sonreía a Belén como si le hubiéramos regalado la bicicleta más chula del mundo.

No sé cuántos chubasqueros nos habrían cabido en la maleta pero seguro que no suficientes para callar todos nuestros remordimientos de ricos occidentales. Por eso, en alguno de los 80 vuelos que hemos tomado este año, hemos fantaseado sobre qué ideas simples pero geniales podrían marcar una diferencia en el tercer mundo. Existen las que todo el mundo conoce. Gravar con un 0.7% todas las transacciones financieras, según algunos cálculos cifra necesaria para paliar el hambre en el mundo (de ahí viene el famoso 0.7 que después se ha quedado como referente para cualquier donativo). Pagarles un sueldo a los niños para que vayan a la escuela en vez de mendigar o trabajar, idea puesta en práctica en México y copiada en Africa. Microcréditos para que las familias puedan obtener sin intereses cantidades de dinero pequeñas pero suficientes para comprar un arado, un nuevo tipo de semillas o cualquier cosa que les permita labrarse un futuro. Y más que deben haber por ahí y que vosotros conoceréis pero que nosotros ignoramos.

Lamentablemente, no somos ningunos genios y seguimos con nuestros remordimientos y nuestras fantasías pero nos anima saber que Muhammad Yunnus, el pakistaní inventor de los microcréditos, no se sentía muy diferente a nosotros antes de tener su genial ocurrencia. Es más, este profesor de Economía nunca imaginó que alguna de las ideas que intentó poner en práctica en el pueblo cercano a su Universidad pudiera realmente funcionar. Sin embargo, ahora ya son más de 3 millones las familias beneficiadas por su experimento. Cuenta en su libro “Banker to the Poor” que fue al ver en persona el drama de personas hambrientas cuando decidió buscar nuevas fórmulas económicas radicalmente diferentes a las clásicas. Era un contrasentido estar en clase enseñando grandes teorías y ver por la ventana que no servían para evitar algo tan horrible. Su descripción de la hambruna que entonces asoló Pakistán es tan cruda que cuesta olvidarla:

“Hungry people were everywhere. Often they sat so still that one could not be sure whether they were alive or dead. They all looked alike: men, women, children. Old people looked like children. Children looked like old people. The starving people did not chant any slogans. They simply lay down very quietly on our doorsteps and waited to die. There are many ways for people to die, but somehow dying of starvation is the most unacceptable of all. It happens in slow motion. Second by second, the distance between life and death becomes smaller and smaller, until the two are in such close proximity that one can hardly tell the difference. Like sleep, death by starvation happens so quietly, so inexorably, one does not even sense it happening.”
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