sábado, 2 de agosto de 2008

De casting por Etiopía


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El sur de Etiopía está poblado por una docena o más de tribus que, aunque viven muy cerca unas de las otras, tienen muchas diferencias. Sólo disponen de un punto en común. A los turistas les cobran 2 birrs por cada foto. Al cambio tan sólo son 15 céntimos de euro pero el sistema crea una presión tal en el fotógrafo que, antes de darle al botón, uno se lo piensa varias veces. Más todavía cuando los tíos han aprendido a contar las fotos que haces según los clicks que oyen.


Pero esta presión no es sólo para los visitantes sino también para ellos. Una vez fijado un precio único como si fuera un monopolio, para ser los elegidos en el casting fotográfico, sólo pueden competir haciéndose notar. Y bien que lo intentan. Cuando entras en uno de sus poblados, lo más normal es verse asediado y rodeado de Erbores, Dorzes o Tsamays tirándote del brazo con tanta fuerza que llegas a asustarte. Especialmente con los Mursis, la tribu más famosa de toda Etiopía. Os sonarán porque son aquéllos que miden la belleza de sus mujeres por el tamaño de los platos que se cuelgan en el labio inferior.

Cada poblado Mursi tiene su propio jefe que es el que recauda los 13 euros que cuesta la entrada. Uno de los principales destinos del dinero es la compra de fusiles, armas que son muy comunes en todo el país, a pesar de que el gobierno está realizando una campaña para recogerlos y destruirlos. Al menos no es como el anuncio que vimos en un periódico de Kenya, donde se solicitaba la entrega voluntaria de PAMs. Portable Antiaerial Missile. Un misil lanzado con un bazooka al hombro, capaz de poner del revés a un Boeing en toda regla. El sueño de cualquier terrorista y del que se calcula que todavía hay cientos por toda Africa, todos ellos en manos de particulares. Como si fuera una escopeta de balines. Sin comentarios.

Decía que la entrada se paga al jefe y las fotos a cada uno de los Mursis. Para ello, te los ponen literalmente en fila y tú les pasas revista durante el rato que quieras. La situación podría ser cómica sino fuera porque a tu lado va un guardia armado del Parque Nacional, soltando manotazos a todos aquéllos que tratan de convencerte, arañándote o tirándote del pelo, de que su cara es la más fotogénica. Que las mujeres lleven los pechos al aire, tampoco ayuda demasiado a que te sientas confortable durante el casting, y menos todavía cuando la mitad son niñas en plena pubertad, a las que los pezones les asoman como si fueran dos bultos extraños. Es como si te forzaran a mirar a través de la cerradura del cambiador de chicas. Pero lo peor es cuando por fin lo tienes claro. Señalas a la modelo en cuestión y entonces el guardia, agarrándola por el brazo, la saca bruscamente de la fila para que puedas tomarle la foto. No sé cómo escogerían a los esclavos hace siglos pero no debía ser muy diferente. Mucho tienen que valer 15 céntimos en estas tierras para que la gente de estas tribus se dejen tratar así y encima se mueran por ser las nominadas.

Los Tsamays, en cambio, son mucho más agradables, sobretodo por el aspecto femenino y divertido de sus hombres, con camisetas bien apretaditas y minifaldas más cortas que en una peli porno. Van siempre con un taburete en la mano, por si quieren sentarse o echarse una siesta en cualquier sitio. A pesar de su pinta de locas, son igual de machistas que la mayoría. Las mujeres, como siempre, son las que curran y a cambio no tienen taburete ni silla que valga. Ellas al suelo, para que no se olviden nunca de lo poco que valen.

Con los Hamer tuvimos más suerte y nos invitaron a una de sus chozas a tomar el café. Lo que tenía que ser la típica escena de tour organizado acabó siendo lo más surrealista de todo el viaje. Al revés de lo esperado, la que nos inundó a preguntas fue la matrona de la casa, como si ella fuera la turista y nosotros los aborígenes. Todo muy divertido hasta que nos preguntó cómo podía ser que estuviéramos juntos si Belén era mucho más pequeña que yo, en tamaño y en edad. Os podéis imaginar las risas de la rubia y mi cara de alucinado. Pero lo mejor vino a continuación, cuando recogió el café que nos había sobrado y lo tiró de nuevo a la olla comunitaria. Sin dejar de hablar, lo removió con un cucharón y tal cual lo sirvió en otro cuenco para la segunda esposa de su marido. A la muy descarada, nuestra diferencia de edad le parecía escandalosa pero compartir el café y el lecho con otra, eso es lo más normal del mundo. Y no le intentes convencer de lo contrario. De hecho, son ellas mismas y no el hombre las que eligen a sus competidoras. ¿Escogerán a la fea para seguir siendo la preferida o a la guapa para ganarse el respeto del marido? ¿La que más trabaje para no tener que hacer nada o la más torpe para seguir dominando la casa? ¿Su mejor amiga para tener buena compañía o una desconocida para que los celos no rompan la amistad? Sea como sea, al lado de éste, ríete tú del casting de Operación Triunfo.
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