martes, 26 de agosto de 2008

De constructores de pirámides a taxistas de segunda

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Ayer estuvimos en El Cairo y, amén de un par de veces que fuimos en metro, cogimos ocho taxis. El primero en la frente. Habíamos reservado habitación en un hotel bueno, bonito y barato, tanto que tenían free shuttle desde el aeropuerto. Después de media hora de espera, ni el free ni el shuttle habían aparecido por ningún lado, así que optamos por buscarnos la vida. Curiosamente la opción más barata era una limousine, así que, ni cortos ni perezosos, nos dimos el lujazo. Fiat Punto. De color rojo, para más señas. Se parecía a una limousine tanto como nuestra moto a una Haarley. O sea, nada. Aunque viendo los taxis que corren por allí, no es de extrañar que a un utilitario de tres puertas le llamen “luxury transport”.


Al menos llegamos al hotel sanos y salvos donde se disculparon con mucho esmero, hasta que les pusimos la factura de la limousine delante de sus narices. Entonces, la característica simpatía egipcia desapareció al instante. A pesar de ello, pasaron por caja como todo hijo de Ramses. De allí nos fuimos a la estación de tren para reservar los billetes del coche-cama que nos tenía que llevar a Luxor y al Valle de los Reyes. Mis dotes de dibujante son peores que las de cantante así que nuestro segundo taxista no captó dónde queríamos ir hasta que al croquis de una máquina de vapor le añadí una imitación freaky del “chuku-chuku”. Alá es grande porque, de entre el montón de estaciones que hay en El Cairo, nos dejó justo en la que queríamos.

Nuestro tercer taxi tuvo menos recorrido. Justo el suficiente para que le saliera humo del capó en medio de una autopista camino a las Pirámides. Como si estuviéramos en un autobús, nos bajamos del vehículo roto y nos subimos al siguiente, donde nos juntamos con dos personajes bien curiosos. Un militar chileno de la ONU destacado en Sudán, y un profesor universitario de California, hijo de hindúes y con pasaporte canadiense, experto en política oriental y hablando árabe mejor que un Mohamed. En otras palabras, un agente de la CIA en toda regla. Con semejantes pasajeros al iluso conductor se le ocurrió darnos el timo de la estampita y llevarnos a un Tour Operador en vez de a la taquilla de entrada oficial. Todavía deben pitarle los oídos.

Puesta de sol espectacular en las Pirámides y de vuelta a El Cairo con nuestros nuevos amigos para compartir el coste del taxi. Después de negociar un buen precio, nos subieron a un coche particular que no sólo nos dejó en la dirección equivocada sino que por el camino se paró para tomarse su taza de té tranquilamente. Estrés es una palabra no existe en árabe.

Después de descansar un rato en el hotel, nos fuimos a cenar. Cualquiera de los barcos fondeados en el Nilo y reconvertidos en Food Malls nos parecía una buena opción. Acabamos en el Blue Nile Boat, rodeados de locales disfrazados de occidentales, comiendo hamburguesas americanas y bebiendo Coca-Cola. La cerveza fría y espumosa nos la tuvimos que pintar porque el alcohol aquí va más perseguido que Bin Laden. Pero eso fue después de que el penúltimo de nuestros taxistas se saltara el puente correcto y se metiera en uno de los típicos atascos de El Cairo donde perdimos una hora entera.

Pagada la cuenta, nos subimos al último de los transportes del día. Al minuto y sin que mediara palabra, nuestro nuevo taxista paró el coche, sacó su caja de herramientas y empezó a cambiar el cable del embrague en medio de una de las principales avenidas de El Cairo. Como si esto le pasara cada día. Y, de hecho, si no es cada día, será cada dos porque maña tenía el moro. Parece mentira que los descendientes de la cultura más grande que hubo jamás, constructores no sólo de las pirámides sino también de templos, palacios y tumbas que dejarían en ridículo a más de una ciudad romana aún siendo 3000 años más antiguas que ellas, ahora van en taxis de segunda mano que se caen a cachos, con taxímetros rotos y las ventanas bajadas porque el aire acondicionado todavía es un lujo en una tierra donde la última de sus reinas, Cleopatra, se bañaba en leche de burra.

Si los vieran ahora sus faraones, se les caerían las vendas al suelo de la vergüenza. Cuando en Europa todavía se tiraban piedras de una caverna a otra, aquí tenían una cultura tan avanzada que fueron capaces de momificar a sus muertos para que todavía hoy podamos verlos, con sus rostros, sus dientes y sus cabelleras como si ayer mismo estuvieran vivos, cuando en realidad murieron dos milenios antes de que Jesucristo naciera. A ver dónde estamos nosotros de aquí a la mitad de tiempo…



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