martes, 26 de agosto de 2008

Planeta verde, corazón negro

No os vamos a engañar, el mundo no es maravilloso. Tiene rincones preciosos y gente encantadora pero no todo es el arco iris. Hay sitios donde los niños corren detrás de ti durante cientos de metros para conseguir una botella vacía de agua. Hay sitios donde la gente se amontona en la calle sin nada más que hacer que esperar un trabajo que nunca llegará. Hay sitios donde la mierda se acumula en las esquinas sin que nadie mueva un dedo para limpiarla. Durante nuestra vuelta al mundo hemos ido a sitios que nunca habíamos soñado, pero también tuvimos que huir de otros donde nunca hubiéramos querido llegar.
Pero, aunque no nos gusten, son parte del mundo. Un mundo en el que los paisajes grises y secos, duros y agrestes, abundan pero no son mayoría. En estos sitios, la vida es difícil y sus habitantes deben luchar cada día para encontrar agua y conseguir comida. El resto del mundo, en cambio, es un planeta verde, lleno de campos y bosques, con recursos suficientes para todos y, al contrario de lo que se dice, con más posibilidades que nunca porque el desarrollo ha multiplicado nuestra productividad. Este mundo bien gestionado sería un paraíso. El problema es la gente, la mala gente, la gente con el corazón teñido de negro. Aquéllos que se aprovechan de los demás hundiéndoles en la miseria, para poder subir ellos un poquito más. Ya los conocíamos antes de salir pero no hemos parado de verlos durante el viaje. En realidad, cuanto menos desarrollado es el país, más abundan estas víboras.
Como en África. La corrupción étnica ha sido la llaga sangrante del continente negro pero estos últimos días hemos leído de tantos genocidios, asesinatos de masas y pueblos exterminados que ponerle a todo esto el nombre de un delito económico nos parece un eufemismo de mal gusto. Darfur, Sierra Leona, Zimbwawe, Kenia o Nigeria. Blancos o negros, son todos unos salvajes. Con móviles y algunos incluso con traje y corbata, pero unos salvajes al fin y al cabo. A mediados del siglo pasado, cuando empezaron la mayoría de procesos de independencia, África era un conglomerado de miles de sociedades tribales donde sus códigos de conducta estaban diseñados para preservar la existencia del grupo y de los individuos que lo formaban, y no en la creencia de que todos los seres humanos somos iguales y que, como tales, debemos respetarnos unos a otros. Por eso, cuando miembros de esos grupos accedieron al poder no tuvieron ningún problema moral en utilizar todos los resortes públicos en beneficio propio o de los suyos, aún cuando fuera al coste de la vida de otros, vida que para muchos de ellos no tenía valor alguno.
Las personas son individuos y los individuos somos egoístas. La naturaleza nos hizo así para ayudarnos a sobrevivir. Por suerte, la naturaleza también nos dotó de una inteligencia, gracias a la cuál hemos desarrollado una ética que debería sustituir a dicho instinto. Sin embargo y por definición la ética es patrimonio de la sociedad y no del individuo, por lo que no siempre llega a todo el mundo mientras que nuestro instinto primitivo, el egoísmo genético de las personas, sí que lo hace. De esta forma, sólo cuando la ética social está tan extendida que es capaz de imponerse al instinto individual, podemos hablar de un mundo civilizado. En esos casos, incluso habiendo individuos corruptos, la existencia de una ética aceptada y compartida por la mayoría provoca que la presión del entorno y el miedo a castigos penales y sociales atenace a muchos de ellos. Gente que en culturas poco desarrolladas serían unas auténticas bestias, en nuestra sociedad están atados moralmente.
Aunque no todos, ni siempre. Cuando esa presión se relaja aunque sólo sea un poquito, esos demonios no dudan en salir para arrasar con todo lo que pueden. Por eso, para acabar con ellos de verdad, la presión colectiva debería crecer todavía más y basarse no sólo en la denuncia de la opinión pública sino también en la que cada uno de nosotros puede ejercer individualmente. Es decir, todos deberíamos sentirnos responsables de aquellas actitudes de los demás que no cumplan con las normas que hemos acordado entre nosotros, señalándoles con el dedo cuando eso suceda y haciéndoles el vacío por retirarles, no sólo la palabra, sino también nuestro respeto.
¿Quién no ha pensado nunca que el comportamiento de un vecino, de algún compañero de trabajo o del propio jefe no era correcto? A pesar de ello, por vergüenza, miedo o simple desidia raramente los hemos denunciado a la cara, aunque no hayamos dudado en criticarlos en la intimidad de los nuestros y a espaldas de los suyos. Sin embargo, sería un error obviar que aquéllos que hoy pueden realizar pequeñas faltas morales en nuestra sociedad, son los mismos que en otras épocas y otros sitios, debido a su misma carencia de principios, se hubieran comportado como monstruos o dejado que otros lo hicieran. ¿O somos tan inocentes de pensar que en África ocurren todos esos crímenes porque son peores personas que nosotros? ¿Alguien cree todavía que Yugoslavia fue una excepción en Europa y que algo así no podría volver a suceder? Culpar a unos y jalear a otros simplemente porque viven en sitios diferentes sería injusto. En cambio, si les acusamos públicamente a todos por igual, aquí y allá, esos personajes con el corazón negro que están arruinando nuestro planeta verde, acabarán fundiéndose de vergüenza y tendrán que ocultar sus pecados en la sombra de su mala conciencia. La mejor de las cárceles para aquellos que nunca deberían haber nacido.
Así que de nosotros depende tener un mundo mejor. De nadie más.
Publicar un comentario