viernes, 22 de agosto de 2008

Africa desde el aire

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Africa se entiende mejor desde el aire. En concreto, desde una ventanilla de avión. Llevamos varios vuelos por el continente y siempre hemos visto lo mismo. Nada. Absolutamente nada. Parece imposible que la vida humana empezara aquí, por mucho que este paisaje árido que ahora contemplamos fuera entonces el Jardín del Edén. La cuna del hombre se ha convertido en un desierto que ha marcado el destino de los millones de personas que lo pueblan.


Y no lo decimos por su clima áspero, que también. Nos referimos a la orografía dura y agreste de este continente que nunca permitió la aparición de grandes imperios que unificaran grandes territorios. Los faraones, abisinios, fenicios, cartagineses, sultanes, califas y demás controlaron zonas que hoy en día corresponderían, como mucho, a cinco o seis países, apenas una décima parte de toda Africa. Incluso los colonizadores durante siglos se limitaron a conquistar las zonas costeras y poco más. En Europa, en cambio, los romanos primero y las monarquías absolutistas después nos dejaron una herencia que, por un lado, cohesionó territorios y, por otro, armonizó el lenguaje haciendo que la relación y el comercio entre nosotros fueran posibles y más sencillos. Así y todo, durante el siglo XX nos pegamos todos con todos, con nuestros vecinos de al lado y con los parientes de casa. Si eso pasó en un continente donde apenas había unas decenas de consciencias nacionales, imaginaros lo que puede haber sido en Africa donde coexistían no cientos sino miles de clanes, tribus o unidades étnicas que raras veces habían tenido relaciones o simplemente contacto entre ellas.

Una auténtica carnicería. Y más todavía cuando las fronteras que trazaron las potencias occidentales en Africa fueron totalmente arbitrarias. Líneas rectas que cruzaban (y todavía cruzan) el continente recorriendo paralelos y subrayando meridianos, a veces separando etnias o poblados que dependían unos de otros, y otras juntando tribus que eran eternas enemigas o simplemente desconocidas. En periodos de tiempo muy cortos, países de recién creación, con poblaciones sin ninguna tradición democrática, se vieron volcados a procesos electivos para decidir quién y cómo iba a gobernarlos a partir de su independencia. Pero ese no era el problema. Lo grave era que años y años de explotación colonial habían consolidado entre los nativos la imagen del Estado como un mero instrumento para el enriquecimiento personal. En consecuencia, todos los nuevos gobernantes estuvieron siempre más pendientes de llenar sus bolsillos y los de los suyos que en gestionar el bienestar de sus países. Esta corrupción llegó a tomar dimensiones tan gigantescas que son difíciles de imaginar con una mentalidad europea. Además, uno de los principales destinos de los fondos robados fue la aniquilación de toda oposición, utilizando para ello cualquier recurso disponible, incluidos los propios del Estado. La persecución, tortura y asesinato, individual o de masas, incluso de regiones enteras, de cualquier opositor, de palabra o de hecho, fue una actividad tan cotidiana que muchos africanos llegaron a darla por inevitable. Los herederos políticos de las colonias se estaban asegurando así su permanencia en el poder durante décadas, en la mayoría de los casos institucionalizando por ley la existencia de un solo partido, el suyo por supuesto. Estos actores fueron conocidos bajo el nombre de los Big Men, una generación de políticos, militares y dictadores, o las tres cosas a la vez, que se apalancaron en los gobiernos, confundiendo directamente el Estado con su propia persona, desarrollando incluso en algún caso auténticas enfermedades de megalomanía.

Los que ostentaban el poder entregaron sistemáticamente a las gentes de sus familias, pueblos, tribus o etnias, cualquier puesto de trabajo que valiera la pena o desde el que se pudiera robar, tanto en el gobierno o administración como en el ejército o en empresas públicas y bancos nacionales, cuando no les otorgaron directamente contratos de obra pública y cualquier tipo de permiso y licencia para realizar la actividad que fuera, negando exactamente lo mismo a los que no pertenecieran a su círculo más íntimo. Esta corrupción étnica en estados de recién creación, sin tradición ni historia conjunta, donde la independencia de las colonias se había traducido en la sustitución de unos explotadores blancos por unos negros, fue el detonante para una lista tan larga de matanzas, genocidios y venganzas que sólo enumerarlas da vergüenza.

El apoyo internacional, en muchos casos, sólo sirvió para retrasar el colapso o alargar la agonía de regimenes que más valdría que se hubieran hundido por si solos en vez de sobrevivir o incluso enriquecerse gracias a los fondos humanitarios. Austeridad presupuestaria, privatización de empresas y apertura de mercados eran los requisitos fijados para optar a nuevas ayudas. Aunque algunos fingieron respetar esos nuevos pactos, en realidad sólo sirvieron para acabar de liquidar el Estado en beneficio de los de siempre. Finalmente en los 90s, el Banco Mundial entendió que el problema real radicaba en la ausencia de libertades y no en el modelo económico, por lo que la única solución era forzar a los políticos africanos a establecer democracias reales, con un sistema multi-partido y una opinión pública no censurada. Sin todo esto, no tenía ningún sentido continuar desperdiciando recursos de apoyo.

De nuevo, la mayor parte de las reformas fueron de cara a la galería y los dictadores de los primeros tiempos fueron sustituidos por los Big Democratic Men, iguales o peores que sus antecesores. Africa entraba en el nuevo siglo con diferente conductor pero con el mismo taxi. O incluso peor porque actualmente el SIDA y el rebrote de la malaria están diezmando la población, consumiendo los pocos recursos del Estado y creando millones de huérfanos que nunca podrán optar a una educación. Pero todo esto no es nada al lado de su principal problema. El agotamiento del primer mundo, cansado de ver cómo sus esfuerzos, muchos o pocos, acaban siendo inútiles para convertir este desierto que estamos viendo desde nuestra ventanilla en un sitio en el que, al menos, se pueda vivir en paz. Que no es pedir tanto, digo yo.

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