viernes, 1 de agosto de 2008

13 months of sunshine

13 meses de sol. Este es el reclamo del gobierno para atraer turistas a Etiopía. Como mucha de la publicidad, es engañoso. Pero no os apostéis nada porque seguro que perderéis. Es verdad que su año tiene trece meses y en pleno verano, en cambio, difícilmente aparece el sol. Etiopía es un país extraño, donde nada es lo que parece y todo es diferente a lo que uno espera. Quizás por eso sea especialmente bonito. No lo preferimos a Jordania o Namibia, pero también ha sido una de las sorpresas del viaje.



Según su calendario, éste es el año del milenio. No sólo van 7 días atrasados sino también 7 años. Además, basan la cuenta anual en el sistema juliano por lo que disponen de 12 meses de 30 días más uno adicional de 5 días, 6 en los años bisiestos. Los nombres de sus meses son diferentes a los nuestros y tampoco coinciden en el tiempo. Su fin de año cae el 11 de Septiembre y así un sinfín de desatinos. Aunque en realidad es más lógico que no tener a los Césares romanos preocupados por ver cuál de ellos tenía más días en su mes, si Julio o Augusto. De igual forma, su cronómetro diario es tan simple que abruma. Empiezan a contar doce horas desde que sale el sol, tal que a las seis de la mañana es la una. Y así hasta que se hace de noche. Entonces, la cuenta se inicia de nuevo. 12 horas de sol, 12 horas de oscuridad. Su cercanía al Ecuador les permite mantenerlo así todo el año.

Es también esta situación geográfica la que provoca que nuestro verano sea su estación de lluvias. En Junio, Julio y Agosto, son raros los días donde no caen chubascos en forma de tormenta. Por eso, todo el país tiene ahora mismo un color verde tan intenso que parece Euskadi. Por algo la llaman “greenland”. Sorprende pero más todavía cuanto lees que las organizaciones internacionales se están movilizando para paliar la hambruna consecuencia de la sequía en el sur de Etiopía. Su suelo es tan poroso que si no cae agua en 3 días, muchas de las cosechas se pierden sin remedio por mucho que después llueva a raudales. Así ha sido siempre y así seguirá siendo, a pesar de su estación lluviosa y a pesar de sus múltiples y enormes lagos. La peor de las ocasiones fue hace 25 años cuando millones de personas fallecieron. Mientras eso sucedía, el presidente del país se gastaba el 20% del presupuesto anual en preparar un Congreso del Partido Comunista Internacional. De hecho, en buena parte de las zonas afectadas, ni siquiera dejó que llegara la ayuda humanitaria como represalia por ser guarida de un grupo de rebeldes. Más de 3 millones de personas se quedaron sin ninguna asistencia. Se calcula que dos de cada tres murieron. Cínico porque esos mismos comunistas fueron los que, cuando derrocaron al anterior Rey, le mostraron un video con imágenes de sus súbditos muriéndose de hambre combinadas con las del monarca bebiendo Champagne o alimentando a los leones de su propio zoo. Dime de que presumes y te diré de qué careces.

La política tampoco es una excepción en la singularidad de Etiopía y son varios los records que dispone. Por un lado, es el único país de toda Africa que nunca sufrió el colonialismo. Mussolini intentó invadirlo pero, apenas cinco años después, todos los italianos tuvieron que volver a su redil en Eritrea. Por otro, su monarca gobernó más años en el siglo XX que cualquier otro Rey del mundo, tanto que incluso perdió el juicio aunque nadie se atrevía a llevarle la contraria después de tanto tiempo. Finalmente, en apenas 20 años, pasaron de la monarquía absolutista a ser un estado comunista para después acabar siendo un país capitalista. Aunque están muy retrasados, con carreteras lamentables y sin agua corriente para la mayoría de población, sorprende que con tanto vaivén todavía sean capaces de tener un país tan activo.

Pero ya os decíamos que Etiopía era diferente a cualquier otro sitio. Incluso su monumento más famoso es una muestra única de arquitectura. Las iglesias del Rey Lalibela. Once iglesias del siglo XII, labradas en bloques monolíticos excavados hacia abajo en la roca volcánica. La más conocida, la Cruz de San Jorge. Espectacular imagen la de su techo en forma de cruz saliendo de una brecha de 30 metros de profundidad abierta a martillazos. También en el norte del país, se puede visitar pero no ver la famosa Arca de la Alianza, la que Indiana Jones encontró en su primera película. Sólo un monje tiene acceso a ella, mientras el resto de mortales nos tenemos que creer que efectivamente contiene las tablas de Moisés. Cerca de allí dicen de unas ruinas que son las del palacio de la Reina de Saba, la mujer de Salomón. A un par de saltos en Fokker, el autobús-avión con el que Ethiopian Airlines mueve a sus pasajeros por pistas a veces invadidas por vacas, pueden verse las Fuentes del Nilo Azul. Estas cascadas fueron el destino final de los exploradores occidentales que, durante cientos de años, buscaron obsesionados el sitio exacto donde empezaba el famoso río. En el sur del país, en cambio, el pasado es presente. Una docena de tribus, las más auténticas de todo Africa, continúan viviendo de la misma forma y con los mismos rituales que hace cientos de años.

Igual que ellos, la comida etiope parece que se haya detenido en el tiempo. Lo sirven siempre en bandejas enormes recubiertas de injera, una especie de crepe enrollado y esponjoso sobre el que vierten sus platos. Para comer, arrancan pedazos de ese pan local con los que sujetan la comida para llevársela a la boca. Son especialmente buenos los tibs, carne de cabra cortada a trocitos y hecha con una salsa de cebolla, pimiento y aceite. Y también las lentejas, con salsa o en sopa, pero poca cosa más. Dudo mucho que pudiéramos aguantar trece meses comiendo sólo esto pero para trece días es un viaje más que recomendable. Palabra de viajeros.
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