domingo, 11 de mayo de 2008

Tanto monta, monta tanto

En Cuba a los extranjeros solteros se les ve la mar de contentos. Y de contentas, porque eso de que el turismo sexual es cosa de hombres… por aquí. Las discotecas de los hoteles estarán llenas de cubanas sensuales y todo ese rollo, pero lo que son las calles, los bares, las casas de la Música o de la Trova, están a reventar de jineteros. Cubanos bien guapitos, con los pies rápidos y ágiles, como con las caderas. Ya me entendéis, montadores profesionales. Y ellas más felices que unas pascuas, al estilo Marujita Díaz. Las sacan a bailar, les ríen las gracias y encima pueden desvelar el mito de los negros. A cambio sólo les cuesta unos cuantos dólares en bebidas, comidas y algún que otro regalo tipo ropa o champú. Lo único malo es que a la vuelta posiblemente les dará vergüenza contarlo por eso del qué dirán. Pero “que les quiten lo bailao” deben pensar, porque en la intimidad de la isla no se cortan un pelo.

Y a los que las vemos allí, no os mentiré, tampoco nos parece demasiado extraño. Será porque los tíos van sobrados de ganas o faltos de escrúpulos pero la verdad es que la prostitución masculina da la risa mientras que la femenina da pena. O quizás es porque ellos tienen otras alternativas, aunque sea a base de joderse la espalda moviendo tochos, mientras que ellas a veces no tienen más opción que venderse de arriba abajo. Aunque más abajo que arriba, si entramos en detalles. En fin, que de gordos blanquitos, bien acompañados como los de Pukhet o Copacabana, por aquí hemos visto pocos y, en cambio, solteronas con cara de haber sido abducidas ya van unas cuantas.

Pero para ser honestos, la única diferencia con otros países de Latinoamérica, es que aquí se paga en especies y, quizás por eso, nadie se esconde. Porque menos en Miami, no ha habido aeropuerto americano en el que al llegar no nos hayan soltado un folleto o similar dejando bien claro que el sexo con menores es delito. Guatemala, Costa Rica, Perú, en todos ellos deben tener la piel bien quemada para ponerse crema de este tipo, porque si la primera publicidad que ves de un país, firmada por el propio Gobierno, te cuenta que allí las niñas se venden y que tú mejor no las compres, apaga y vámonos. Aunque quizás no sea tan extraño como parece porque viendo a todas esas occidentales, con su libro bajo el brazo y su doctorado en la maleta pero el mojito en la mano y el culo bien servido, a uno le entran dudas de si los clientes de tales servicios son pocos y cobardes, o si por ser cobardes, vemos a pocos. O pocas. Que tanto monta, monta tanto.
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