viernes, 25 de abril de 2008

¡Quiero mi Cuba libre!

"Gracias pero nuestra Cuba ya es libre". Así responden los revolucionarios a la famosa canción de Gloria Stephan, hija de disidente cubano. Y lo hacen a lo grande, con una valla publicitaria que fuera del Show de Fidel seguramente sería un anuncio de Coca-Cola o de Vodafone. El sentido del humor no se puede negar que todavía no lo han perdido, aunque quizás sea lo único porque, por no quedar, no les quedan ni disidentes. O al menos, no los hemos encontrado a manadas, así que suponemos que la mayoría ya se largaron, en patera o a nado. Incluso algunos afortunados con billete de primera, en lancha rápida y segura, pagada por sus primos exiliados a 10.000 dólares el asiento. Puerto de embarque: Bahía de Cochinos y alrededores, en el sur de la isla, la parte más alejada de Florida y, justo por eso, la menos vigilada.

A los que ya se fueron los veremos en Miami, pero a los cubanos que se han quedado no pudimos dejar de preguntarles si ellos serían los siguientes. Oídas sus respuestas, sonaban más a gallego que a otra cosa. Los había que se lamentaban en voz alta, otros entre líneas pero, en general, nadie lo hacía con rabia ni desespero y, en cambio, siempre con cierto socarrón. O dicho de otra forma, sonaban más a quejas cotidianas como lo serían las nuestras que no a reivindicaciones contrarrevolucionarias de un pueblo oprimido.

- Los cubanos somos conformistas, sólo con que Raúl lo mejore un poco ya tenemos suficiente.
- Si ni tú ni yo podemos cambiarlo, ¿para qué vamos a hablar de ello?
- ¿Qué quieres que te diga que tú no veas?
- Yo estoy muy bien en Cuba pero, claro, si me saliera una oportunidad para irme…
- “100 horas con Fidel” –en referencia a un famoso libro- no son nada al lado de los 50 años que llevo yo con él.

De hecho, tan sólo uno lo hizo con amargura, de esa que pone los pelos de punta.

- Yo soy negro y ya no tengo nada que perder. Esto es una mierda, no tenemos nada de nada y al que se queja se lo llevan para el fondo - nos contaba un veterano de guerra a punto de jubilarse.

Pero tenemos que reconocerlo, por cada uno de esos, nos encontramos a montón de los otros, como las camareras que recogimos en Baracoa.

- Llevamos tres semanas esperando que llegue la guagua de repuesto de Cienfuegos – se justificaban las dos como pidiendo perdón por hacer botella.
- Pues en Cienfuegos tampoco pinta mucho mejor porque las carreteras están llenas de gente como ustedes haciendo autostop. ¿No será que quien tiene que llegar es otro Fidel para hacer una nueva Revolución? – les soltamos esperando que nos rajasen de los Castro y su señora madre.
- Al único Fidel que queremos es al nuestro. Los autobuses acabarán llegando, ya lo verán… – nos contestaron con saña pero con gracia.


50 años de Revolución son muchos para seguir esperando unas guaguas, pero también es cierto que la espera no es ningún calvario. Aquí no existen preocupaciones. No hay hipoteca que pagar, ni recibos que abonar, ni siquiera tienes que currar demasiado para que te den de comer. Algunos dirán que los cubanos se pasan la vida esperando al autobús pero también es verdad que en Cuba no hay nada mejor que hacer. Eso y tomar el sol, que no tiene precio. Para todo lo demás dólares, contantes y sonantes, pero sobretodo currantes. Que como dice Raúl Castro “si queremos tener más, tenemos que trabajar más”. Aunque por mucho que se esfuerce no le hacen ni puñetero caso porque aquí, para slogans, el que triunfa es ese de “me estás estresando compañero”.

Hay dos Cubas y las dos son libres. Una vive en Miami y no para de enviar divisas para que la otra, la que se quedó en casa, pueda seguir con su Revolución idealista. Conociendo ambas es fácil acabar pensando como la primera pero sentirse como la segunda. O dicho de otra forma, creer que es posible un mundo rico como el primero pero solidario como el segundo. Y éste es precisamente el dilema de la mayoría de cubanos. Por una parte, les encantaría vivir como sus primos de Florida pero, por otra, sienten que los ideales de la Revolución son justos y, por tanto, no pueden traicionarlos. Es como tener un pié en cada lado y no saber para dónde moverse sin caerse.


Por eso, al final se quedan quietos. Y más sabiendo lo que les pasó a sus ex-camaradas cuando se fueron de un extremo al otro, sin pasar por en medio. De un socialismo disciplinado a un capitalismo salvaje, sin ninguna transición. Si yo fuera ellos, también me quedaría bien quietecito y estirado si puede ser. Y más con las playas que tienen. Que ser comunista en el Caribe es una cosa y en Siberia otra bien diferente.

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