jueves, 15 de mayo de 2008

En Harley Davidson a Disneyworld

Ya hemos llegado a Miami y lo prometido es deuda: averiguar qué dicen los cubanos exiliados sobre la Revolución y Fidel. Ahí va. Ni mú. Les importa lo mismo que las primarias entre Hillary y Obama. Un pimiento. Y mira que Florida fue el Estado decisivo para que Bush le pasara la mano por la cara a Al Gore por unos cientos de votos. Pero están demasiado ocupados viviendo a todo tren como para prestar atención a lo que pasa ahí fuera. Aunque no podemos reprocharles nada porque a nosotros, sólo poner un pié en South Beach, nos agarró la misma fiebre consumista. Como posesos empezamos a correr de tienda en tienda, mirando los escaparates como dos palurdos recién llegados de la Europa del Este. Y es que, por un lado, veníamos de Cuba que viene a ser lo mismo o peor y, por otro, Miami es una ciudad tan perfecta que parece un centro comercial de Amancio Ortega. Tiendas a tutti pleni, aceras impecables y servicios de primera.

Además, no es que en USA todo sea a lo grande, es que es la abundancia con descaro. El XXL o super-size-me en cualquier cosa que se te antoje y, en las que no, también. Desde la bebida “free-refill” hasta las autopistas de 10 carriles. Con un plato de los que sirven en sus restaurantes, podría comer una familia africana toda una semana y, de las sobras, 6 días. Porque no os creáis que se lo acaban todo. Ni por el forro. Uno de cada cinco sí, y así va, dando tumbos por la calle o pidiendo dos asientos en el avión. Pero el resto, se mueren por lucir el palmito en las playas, con sus escotes de vértigo y sus tangas de diseño, así que se cuidan bien de mojar el pan. Aunque lo cortés no quita lo valiente, porque siguen pidiéndose un plato o más y, si se dejan la mitad, no pasa nada. A la basura que mañana será otro día y ya tendrán más. Porque el famoso doggy-bag es para los pobretones que viven en Manhatann. En Miami, nadie se ensuciaría los dedos de grasa llevándose las sobras de la pizza para casa. ¡Qué diablos! Que por algo aquí vive Julito Iglesias…

Pero no sé porque me enrollo porque a Miami no vinimos de compras ni a comer sino a cumplir uno más de nuestros sueños. Y ya van unos cuantos. Alquilar una Harley Davidson para recorrer la mítica Route 66, la carretera que cruza América de costa a costa. Aunque no os vamos a engañar, tiene pinta de ser un auténtico tostonazo. Después de mirar por Internet, decidimos que meterse entre pecho y espalda más de mil millas sin nada realmente especial por visitar, estará bien para un colgado de las road-movies que nunca ha visto la otra costa, pero para todo hijo de vecino es mucho más divertido quedarse por Orlando. Así que nos montamos en nuestra Heritage y quemamos 300 millas de la Florida Turnpike para ¡llegar a Disneyworld! Aunque al final acabamos en Universal Studios porque resulta que Mickey no curra todas las noches. Llámale tonto al ratón. Si algún día vais por allí, no os perdáis la de Spiderman. Es como si estuvieran dibujando un cómic en 3-D alrededor tuyo y tú fueras un personaje más.

Pero eso es lo de menos porque la mejor atracción fue disfrazarse de Angel del Infierno, esos motards gamberros que en los 70s popularizaron las Harleys y que hicieron de ellas las únicas motos del mundo con el ruido del motor registrado. Como dice el claim de la tienda donde la alquilamos, “why drive when you can ride”. La traducción literal sería “porqué conducir cuando puedes montar”, pero el sentido real es que para qué quieres llevar un vehículo, si puedes cabalgar una bestia. Y os aseguro que esa es la sensación que tienes. Una Harley es una fiera de otro mundo, con carburador en vez de corazón, pero tan viva como un toro salvaje. Un animal de hierro al que sólo tienes que llenarle las venas de gasolina para que empiece a rugir como sólo una Harley sabe hacerlo. Un aullido metálico que te acelera el corazón y te recorre el cuerpo como si fuera un chorro de adrenalina. Entonces es cuando algo te dice que ya es tuya y que sólo tienes que soltar el embrague para sentirte el puto amo del universo. Los demás no cuentan ni juegan, ni siquiera existen. En tu nuevo mundo, sólo hay motards como tú o como aquél con el que te acabas de cruzar. Terminator con su Harley. Y te ha saludado. Ya eres uno de ellos. O no, pardillo, baja de la moto que el alquiler ya se acabó y en casa te espera una Scoopy. Sí o sí, los sueños también tienen final. Y más los americanos.

American Dream

The end

Filmed in Miami, Florida, USA
Universal Studios

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