lunes, 10 de marzo de 2008

La ciudad oculta

A medida que te acercas a Machupicchu no dejas de oír mil historias sobre esa ciudad. Los hay que la confunden con El Dorado, señuelo creado por los incas para enviar a los conquistadores codiciosos a una muerte segura en la selva. Otros, basándose en que la mayoría de restos encontrados allí son femeninos, afirman que era un templo de vírgenes que, abandonadas a su suerte y sin posible descendencia, acabaron extinguiéndose. Su propio descubridor, un americano que a principios del siglo XX fue guiado por un campesino local hasta sus ruinas, creyó erróneamente que era el fortín secreto de los últimos rebeldes que hicieron frente a los españarris. Algunos guías simplemente explican que era la residencia de su constructor, Pachutec, el noveno y más grande de los monarcas quechuas, y que a su muerte fue abandonada tal y como marcaba la costumbre.




Posiblemente, ninguna de ellas sea cierta o todas lo sean en parte. Lo único probado es que esta ciudadela, desaparecida de nuestro mundo durante 5 siglos, fue construida, habitada, abandonada y, lo que es más extraño, olvidada en menos de 100 años. Si ya es impresionante así, medio derruida y cubierta de hierbas y matojos, imaginaros cómo podría ser con las paredes llenas de vida y los suelos rebosantes de tesoros. El mismísimo Pizarro se levantaría de su tumba en la catedral de Lima para tirarse de los pelos si supiera lo cerca que anduvo de ella. Este es el mayor atractivo de Machupicchu, su aire de ciudad encantada y su historia de habitantes desconocidos. La mejor y mayor construcción de todo un Imperio, a casi 3000 metros de altura, en la cima más angosta y más alejada de todo el reino, todo ese esfuerzo dejado en manos de la naturaleza sin más, olvidado por los suyos e ignorado por los nuestros.


A Machupicchu se puede llegar en tren o, si vais sobrados de fuerzas y oxígeno, por el mismo Camino Inca que seguían los peregrinos de la Ciudad Sagrada. Si escogéis la vía rápida, hacedlo siempre la noche antes para dormir en Aguas Calientes, en la falda de sus montes. Pueblo con aire fronterizo, parece ser el paso entre nuestro mundo real y uno fantasmal. Por la mañana, tomad a las 5.30 h el primer bus que os subirá hasta sus puertas. Al entrar, dirigiros por la izquierda hacia las escaleras que os guiarán a la Casa del Guardián desde donde tendréis la mejor de las vistas. Allí, simplemente sentaros y dejad que os invada la misma melancolía que Pablo Neruda sintió al ver esos muros y piedras.




Si escucháis con atención, podréis oír a dios respirar suavemente. Es el viento que se desliza por las terrazas de los incas. Entonces lo buscaréis con la vista y lo encontraréis allí mismo, a vuestra derecha. Un monte redondeado pero puntiagudo, verde y salvaje, alto pero estrecho, con paredes escarbadas y descaradas. Más tarde os contarán que los incas lo consideraban sagrado y tendréis ganas de gritarles que ya lo sabíais. Que vosotros sentisteis lo mismo. Y os mirarán asintiendo, como diciendo que os entienden perfectamente, que no sois los primeros ni mucho menos en sentir eso. Que hace 500 años a los incas les pasó lo mismo. Por eso, inspirados en ese dios monumental, moldearon en sus montañas, sus templos y sus palacios, sus residencias y sus vidas, como queriendo unir su destino al de sus tierras. Y a fe que lo consiguieron porque si seguís mirando veréis sus espíritus. Son las brumas que rodean Machupicchu y en las que todavía podréis oír el rumor de sus voces. Un rumor que os seguirá contado la historia más fantástica que nunca existió. Una historia que sólo podréis oír vosotros. La historia de una ciudad sagrada, construida en las carnes de dios y escondida del resto de la humanidad para siempre.


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