martes, 18 de marzo de 2008

De tacos y mordidas

Aeropuerto Benito Juárez, México City. A las 10.00 h recogíamos el coche de alquiler y a las 10.10 h ya nos habían intentado morder. Sólo que ni eran perros, ni llevaban la chapa en el collar sino colgando del pecho. Policías de D.F y sus famosas mordidas. Ahora que ya los conocemos, tampoco nos extraña demasiado. En México, antes de empezar a conducir ya tienes que pagar un soborno para sacarte el título. Hace unos años te preguntaban si lo querías “con o sin examen”. Como no dejaban que nadie aprobara, todo el mundo escogía la opción “sin” que resultaba ir acompañado de otro “con”. Con un billete de 100 pesos en una mano y la otra detrás, como preparándote para lo que te podía pasar a partir de entonces. Porque en eso sí que son democráticos. Las mordidas valen para todos, nacionales y extranjeros. Sólo cambia la cantidad. A los de aquí, les salen por 200 pesos. A los de allá, por pedir que no quede. 1500 de inicio y, si alguno pica, eso que se sacan de más. Pero no os preocupéis porque las autoridades se enteraron ya hace tiempo de todo esto y decidieron acabar con ello. Por ejemplo, para evitar el chantaje con el carnet de conducir, quitaron el examen. Ahora paga todo el mundo y se acabó. No me negaréis que originales lo son. En eso y en su método de extorsionar en la carretera:

- Buenos días caballero, se ha saltado usted un rojo.
- Imposible, estamos en una rotonda donde no hay semáforos.

Os podéis imaginar el resto de la conversación. Mi nuevo amigo, con botas de policía y cara de chorizo, impertérrito, mintiendo como un cosaco. Yo, intentado no mosquearle en sobremanera con eufemismos del tipo “se habrá usted confundido agente”. Todo muy correcto, los dos siguiendo con el guión preestablecido, hasta que el suegro, recién llegado de las Españas para una visita de cortesía, se me baja cabreado del coche. Concentrado en mi actuación no lo veo venir y, claro, no tengo tiempo de pararlo.

- ¡Mi amigo el Ministro se va a enterar, de esto y de mucho más!!! Ponga usted su nombre y placa en la multa que ahora mismo le llamo…

A pesar de ser de buena familia, reconozco que no lo hacía de tan alta alcurnia, por lo que el extorsionador y yo nos miramos atónitos. Un espontáneo nos ha estropeado la escena y el aprendiz de sheriff que me iba de estrella se indigna, recoge los papeles y se larga en busca y captura de su superior que por ahí andaba. Si mi compañero de reparto tenía pinta de malo, el caporal todavía es peor. Su cara de Pancho Villa con retortijones de comer tanto picante asusta, pero cuando abre la boca acojona:

- Como que amigo del Ministro…

En unas décimas de segundo, me imagino cómo pueden ser los próximos diez años en una cárcel mexicana y decido que mi suegro ya tiene un nieto y yo, en cambio, toda una vida por delante, así que sin pensarlo lo delato:

- ¿No podemos olvidarnos del Ministro y su amigo y arreglar esto entre “manitos”?

Por suerte nuestra y mía en particular, no llega a oírme y, sin mirarme, me suelta un “tenga sus papeles y que pase un buen día”, a la vez que detiene el tráfico para que arranquemos sin problemas. Mi cara un poema, la de mi suegro igualita a la de Bardem después de haber ganado el Oscar. Su cabreo se ha pasado en unos segundos. Ni estaba enfadado, ni era amigo de ningún Ministro. Se ha echado un órdago de narices y lo ha ganado.

Aunque la alegría le dura poco porque, apenas 48 horas después, nos vuelven a parar. Esta vez con razón por lo que al mafioso con sirena le cuesta mucho dejar escapar a su presa. Exactamente 100 pesos. Billete que le deslizamos lentamente y con todo sigilo mientras nos dice aquello de “deberíamos esperar a la grúa pero un favor a un amigo siempre puede hacerse”. Desconozco cómo supo que éramos amigos del Ministro pero ahora ya hemos pasado a ser sobornadores de policías. Pero todavía queda lo mejor porque tan sólo una hora después, llegamos de vuelta a la fatídica rotonda de nuestro primer encuentro. Allí un policía con cara de buena persona nos ayuda y nos indica por donde debemos torcer para llegar al Aeropuerto sanos y salvos. Y si fuera por él, un poco menos ricos porque justo por donde nos ha enviado, aparece su compañero para pararnos:

- Han realizado ustedes un giro prohibido.
- Pero si su compañero nos dijo que podíamos…
- Sí pero no por aquí.

Ni por aquí, ni por allá, ni por mis cojones. Harto de que nos tomen el pelo, decido improvisar, aprieto el acelerador y que nos busquen por donde la Virgen de Guadalupe. Mientras huimos sin mirar atrás, dentro del coche se hace un silencio incómodo. Pero nada que no pueda ser roto por unos buenos tacos, de los de comer y de los otros. Y por una buena chelada. Cerveza con zumo de limón, un poco de hielo y sal en el borde. Una maravilla que hemos descubierto en estas tierras pero que no compensa los malos tragos que nos hicieron pasar estos “hijos de la gran chingada”. Y es que ya nos lo dijo un taxista: ¡Viva México lindo y corrupto!

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