domingo, 30 de marzo de 2008

De Guatemala a Guatepeor

Desde Chiapas nos hemos venido a Guatemala. 10 horas de autobús. Ninguna queja, era de clase turística. No por nada a los colectivos públicos aquí les llaman chicken-bus. En realidad, school-bus americanos de segunda o tercera mano, reconvertidos a autobuses de línea pero todavía con asientos de tamaño infantil. Algunos los han maqueado de tal forma que podrían ganar un concurso de tunning aunque, de momento, sólo se lleven el Record Guinnes de amontonamiento de personas. Otros ni se han tomado la molestia de repintarlos y todavía puedes leer en su chapa el nombre del colegio pijo de turno. Si no diera lástima, hasta sería gracioso ver eso de West Bay College en el lateral y doscientas cabezas de mestizos saliendo por las ventanas.

De todas formas, si optáis por la versión cómoda, también deberéis andaros con cuidado. Por ejemplo. Si alguien os ofrece un bus para turistas, a mitad de precio que los demás y, casualmente, saliendo una hora más tarde, más vale que os dejéis la cartera en casa. Lo más probable es que, durante el camino, tropecéis con unos asaltadores que os dejen bien ligeros de equipaje.


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¿Sorprendidos de que esto pueda pasar en pleno siglo XXI? Si leéis un solo día, cualquiera de sus periódicos ya no os parecerá tan extraño. Sin ir más lejos, en el de ayer, las siete primeras noticias eran asesinatos. A 25 pesetas el muerto, un total de 375 porque aquí, cuando uno se va para el otro barrio antes de viejo, normalmente viaja acompañado. Y no de uno sino de varios. El octavo titular tampoco tenía precio. “Pelea de gallos en Parlamento por pena de muerte”. Si todavía tenéis dudas, pasearos por una calle al azar, aunque si estáis en Guatemala City, no os lo recomiendo. La capital de este país parece estar en el lado oscuro del universo, sin luz en las calles ni un solo rincón donde poder descansar sin miedo a que te pase algo. Allí dirías que todo funciona al revés. La gente honesta vive encerrada en casa mientras los maleantes y otros seres perversos andan sueltos por las aceras. No hay tienda, ni una sola, que no tenga rejas que separen a los dependientes de los clientes. En la misma puerta o en el mostrador, pero siempre cerradas. Y esto no sólo pasa aquí sino en todas las ciudades de Guatemala.

Hasta en el McDonalds o Pizza Hut, tienen siempre en la entrada a un par de seguratas con una de cañones recortados. Os parecerá exagerado el calibre pero es que en Guatemala cualquier pringado lleva una 45 encima. Mientras haces cola en los cajeros, puedes verlos como dan y toman sus pistolas a los guardias de los Bancos para poder entrar en las oficinas. Todo a plena luz del día. Ya han asumido que están en una jungla y todos van al grito de “sálvese quien pueda” y, si es chorizando al del lado, mejor. Porque no sólo los narcotraficantes agarran con todo, sino hasta el más desgraciadillo intenta levantarse cualquier sobresueldo por pequeño que sea. Los primeros lo hacen aprovechando que son el corredor de droga entre Colombia y USA. Los segundos engañando en el precio, no sólo a los turistas, sino también a sus propios vecinos que se desesperan por no poder confiar ni en su propia madre.

Un solo ejemplo. Ayer en la frontera, no hubo dos turistas a los que les cobraran la misma tasa de salida. Por supuesto, a nadie le dieron recibo. Lo más gracioso, cuando me pidieron 10 quetzales después de que Belén no pagara nada. Ni me molesté en quedarme a oír sus explicaciones. Cuando vemos países así, cuesta imaginarse cómo demonios podrán salir adelante algún día. Es verdad que hace bien poco, en los 80s, sufrieron una Guerra Civil que duró casi 10 años pero, desde entonces, en vez de mejorar, ellos mismos reconocen haber ido para atrás. Los recuerdos de aquella guerra nos los resumió un viejo con el mismo número de palabras que dientes le quedaban: “Terrible”. Si dijo eso de entonces, imaginaros como están ahora.
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