viernes, 4 de abril de 2008

En tierra de piratas

5.30 h de la mañana. El sol todavía se esconde. De fondo se oye un hit de los 80s, “Isla Bonita”. Pero no os confundáis, no estamos en ningún bar pasado de moda alargando la fiesta. Todo lo contrario. Nos acabamos de levantar en San Pedro, la isla de la que habla Madonna en su canción, para ir a bucear al Blue Hole. Estamos en Belice, un pequeño país en pleno Caribe, con apenas 250.000 habitantes y no más de 30 años de vida. Cuando en su mástil ondeaba la Union Jack, la conocían como la Honduras Británica aunque curiosamente ahora es Guatemala quien no para de reclamar su soberanía.

Belice es un “melting pot” de razas y lenguas, tanto que el spanglish es cosa de niños comparado con lo que hablan por aquí: inglés, criollo y castellano mezclados de tal forma que a veces son irreconocibles. “’Amos pa’lá”. Nos vamos. Mientras empezamos a navegar rumbo a nuestro primer punto de buceo, el capitán jubila a Madonna y pincha la música que le pide el cuerpo. Puro reggae del Caribe. Balaceándonos a ese ritmo, cruzamos la joya de la corona: la barrera de coral más larga del mundo, con permiso de la australiana. Casi 1300 km de arrecife que convierten su mar costero en un paraíso para navegar en catamarán. Buen viento, pocas olas y todavía menos profundidad.

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Hace 4 siglos, estos mismos parajes eran un infierno para los españoles. Sus pesados galeotes de gran calado no podían meterse en estas aguas sin embarrancarse, por lo que eran el refugio ideal para bucaneros y otros piratas. Cuando el negocio empezó a flojear y la Corona Británica les retiró la patente de corso, muchos se quedaron a vivir por aquí mezclándose con esclavos, mayas y algún que otro hispano despistado. A pesar de haber perdido la licencia que les permitía piratear a los barcos españoles sin ser molestados por los ingleses, la Armada del Imperio los siguió protegiendo como si fueran una colonia más. Con los siglos, han cambiado sus dagas y pistolones por gafas de bucear y cañas de pescar, convirtiéndose en un destino turístico que cada día será más famoso. Ni lo dudéis.

A bordo de nuestro barco ya nos vamos conociendo mejor. A proa la tripulación, negros como erizos y el pelo como púas, no paran de bailar. A popa los futuros buceadores nos miramos sin hablar como prisioneros a punto de amotinarse. Desde el cachas cobardica que se rajará en el último momento, hasta el jubilado disfrazado de Andy Warhol que no para de bacilar. Sin olvidarnos del alemán que más tarde nos demostrará ser capaz de bucear en vertical con métodos de propulsión que se escapan a nuestra imaginación. Si el capitán Cousteau nos viera, se ahogaría en su propia tumba al ver en qué circo se ha convertido uno de sus mayores descubrimientos. Por la misma razón, hay que reconocer que el guía de la inmersión los tiene bien puestos. Bajar a 45 metros en el conocido cementerio de buceadores con semejante panda de freakies, eso no lo paga ni todo el oro del mundo, por muy de curso legal que sea.


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Sin pensar en la compañía que nos rodea, nos ponemos nuestros equipos y empezamos a descender por el Blue Hole. Estamos cayendo por un abismo de un azul tan intenso que casi puedas llegar a tocarlo. Es la entrada a una caverna submarina cuyo techo se derrumbó, creando un agujero vertical de 150 metros de profundidad, con estalactitas y estalagmitas tan gruesas que parecen las costillas de un gigante de piedra, cuando no las columnas de una catedral olvidada. Buceamos entre ellas, rozándolas, sorteándolas, esquivándolas como si estuviéramos en las mismas entrañas de la tierra, sin hacer demasiado ruido, no sea que la bestia fuera a despertarse. Los escasos 8 minutos que podemos estar a tanta profundidad no dan para soñar más y volvemos rápidamente a la superficie.

Para descansar entre una inmersión y otra, nos acercamos a Half Moon Caye (El Cayo de la Media Luna), una isla en medio de la nada, completamente rodeada de aguas turquesas. “Prohibido alimentar a los tiburones”, reza el único cartel de este atolón de apenas 300 m de largo. Nunca habíamos visto un sitio igual y eso que ya llevamos unos cuantos países a nuestras espaldas. Intentamos como locos quedarnos a dormir pero los piratas de por aquí ya no son lo que eran. Antes Barbanegra, el más famoso de todos los Belicianos, nos habría invitado a su mesa al ver que éramos de los grandes, de los que llevan 7 aros colgando de la oreja, uno por cada mar en el que hemos navegado. Ahora, un negro con barba, nos ha devuelto al barco como si fuéramos polizontes pero al revés. Nos pedía un permiso especial, nuestra propia tienda de campaña y no sé cuantas cosas más.



No encontramos a nadie que nos vendiera un par de entradas para el paraíso y nuestra mosquitera tampoco coló como material de acampada, así que nos fuimos por donde venimos. Y quizás mejor, porque ahora esa isla es para nosotros como el tesoro escondido que algún día volveremos a buscar con nuestro propio galeote. Y voto a dios que entonces pasaremos por la plancha a ese maldito bergante y romperemos todas las normas del islote. Ni llevaremos tienda, ni mucho menos permiso, ni tampoco dejaremos de alimentar al tiburón de turno. ¡Espero que le gusten bien barbudos, pardiez!

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