lunes, 25 de febrero de 2008

Tartaruga planet


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Salimos del Porto en un catamarán cochambroso pero que navega muy finamente. A bordo, el Capitán, el Rasta, el fotógrafo, la novata y nosotros. Nadie más. Para variar, hemos tenido suerte. El Mar de Fora está calmado y podremos ir a Pedra Seca, el mejor punto de buceo de Fernando de Noronha. Estamos en una pequeña isla paradisíaca a una hora en avioneta de la costa brasileña. La descubrió Américo Vespucio pero la bautizaron con el nombre del capitalista de la expedición. Eso sí, cuando tocó ponerle letras al Gran Continente, el tío se dejó de tonterías y le puso el suyo.

Aquí, aunque las playas son preciosas y con no más de 5 ó 6 personas en cada una, lo espectacular está bajo el agua. Ayer, tan sólo haciendo snorkle, ya vimos unas cuantas tortugas, algunas rayas y un pequeño tiburón. Hoy nos vamos al fondo. El Rasta nos da el briefing. Los islotes que vamos a rodear son dos meteoritos que cayeron como rayos incrustándose en el fondo de arena. En realidad y según los geólogos, son arena petrificada hace millones de años pero la ilusión no nos la quita nadie. Nos empezamos a poner el equipo y, como cada vez que lo hago, no puedo dejar de sentirme Bond, James Bond. ¿Qué queréis que haga? Para mí es parte de la gracia. Antes de meternos, último comentario sobre la misión: objetivo, como siempre, volver a bordo sin que pase nada.

Nos ponemos en fila delante del portón de salida de estribor. Entre el traje de rana, las aletas de pato, los pesos y la botella de oxígeno, la sensación fuera del agua es que casi no puedes moverte. Pero con un pequeño salto, todo cambia. Te hundes un metro, no más, y sales disparado como una bala para arriba. El jacket o chaleco lo hemos hinchado con el mismo aire que respiramos y es el que nos mantiene a flote. Zero killed. OK. Todos estamos bien, por lo que empezamos a vaciar nuestro salvavidas particular para sumergirnos poco a poco. En un segundo, dejamos de oír el ruido de las olas, el viento y el catamarán y entramos en otro planeta. Si queréis ir a un mundo diferente, no hace falta coger ningún cohete. Bajo el agua os sentiréis como un auténtico astronauta. Absoluto silencio menos el de tu propia respiración, como si llevaras una escafandra de la NASA. De hecho, la piscina más grande del mundo es para los entrenamientos de sus cosmonautas.

Ahora estás sólo. Por mucho que lo intentes no puedes hablar con nadie. Es como una pequeña pesadilla donde intentas gritar y tu compañero de aventura ni se inmuta. Pero tampoco importa porque la sensación de ingravidez te ha dejado sin palabras. Estás volando. No. Mejor. Estás flotando en el aire. No es una caída libre como si fuera un salto de paracaidismo. Aquí vas cayendo lentamente como si estuvieras en el mismísimo espacio. Pero no estás en el vacío infinito, estás entrando en un universo diferente. Mires donde mires hay vida, muchísima vida. Y no es como en la selva o la sábana, donde todos parecen correr o esconderse para salvar su pellejo. Aquí, aunque se comen entre ellos como todo hijo de vecino, parecen tener un pacto de no agresión para poder pasear tranquilamente. Y tú también eres parte de él porque cientos de peces empiezan a rodearte, a pasarte por abajo y por arriba, mirándote o ignorándote, dándote la espalda o incluso algún osado siguiéndote.

Hay tanta visibilidad que puedes llegar a sentir vértigo. La vista te alcanza metros y metros, tantos que el Tiburón de Steven Spielberg, ese que atacaba siempre por sorpresa, lo tendría chungo. El Rasta nos hace una seña. La mano en la frente como si fuera una aleta. Tiburao. Pequenho, por el gesto que nos hace. Me giro para comprobar que mi compañera nos sigue y veo como a Belén le salen burbujas por todos lados. Ella también tiene la mano en la frente pero abre tanto los brazos que el corazón se me acelera. Me asomo donde ella está flotando y vemos no uno sino dos tiburones, de unos 2 metros, quizás 3, escondidos dentro de una cueva. Cuando llegan los demás, se ponen nerviosos y el mayor empieza a dar vueltas como si estuviera enjaulado. Los dejamos tranquilos porque dice el Rasta que están durmiendo.

Y no nos importa porque empezamos a volar entre arcos y cuevas, metiéndonos por un agujero y saliendo por otro, cruzando puentes naturales y bajando por pozos. Si miras arriba, puedes ver la espuma de las olas romper contra el arrecife, tanta y con tanta fuerza que parece que aquí abajo también tengan sus nubes y tormentas. Entramos en una corriente en la que nos dejamos llevar, mientras empezamos a dar volteretas sobre nosotros mismos y a movernos como acróbatas sin red. En pocos sitios uno puede sentirse tan feliz como por aquí. Entonces es cuando llega el mejor momento. Volando como una astronave viva, sin apenas esfuerzo a pesar de su caparazón, aparece una tortuga. Abre y cierra la boca, como si nos quisiera decir algo pero sigue su camino planeando por encima de nuestras cabezas. Al lado de esto, la raya gigante, la langosta de color violeta, el pez jugando a fútbol con una caracola y el tiburón lima que nos encontramos de sopetón y se quedó mirando a Belén, nos parecen poca cosa.

Hora de volver. Poco a poco vamos subiendo, con una parada de descompresión a cinco metros, por si acaso. Se acabó el vuelo pero sigue el viaje. Cincuenta minutos respirando aire comprimido es más que suficiente para dejarte un buen rato eufórico. Con una sonrisa miramos al mar. Desde aquí arriba nadie diría que abajo está el planeta de las Tortugas. ¿Qué deben pensar ellas del nuestro cada vez que sacan la cabeza del agua para respirar?
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