domingo, 24 de febrero de 2008

Jogo bonito

Río de Janeiro. Los portugueses no dieron una. Ni era un río, ni estaba así de bonito sólo en Enero. Río es una maravilla todo el año. Más bien, era una maravilla. Si tenéis imaginación, subid al Pao de Açucar, entornad los ojos y borrad los apartamentos de vuestra vista. No existe ninguna otra ciudad en el mundo que esté situada en medio de un paraíso como éste y, encima, en pleno Trópico.

Quizás por eso es tan diferente a cualquier otro sitio. Creyente y pagano a la vez. Por la mañana, los surferos se santiguan antes de entrar en el agua y, por la tarde, el sambódromo está a punto de reventar. Esto sólo pasa en Río, donde su moderna Catedral, redonda y con 20.000 asientos, intenta competir con el estadio de fútbol, aunque Maracaná, como siempre, gane por goleada. En los tiempos de Pelé llegó a albergar casi 200.000 seguidores, también fervientes pero de otra religión. Allí Dios es redondo y para adorarlo tienes que besarlo, mimarlo, acariciarlo. No valen las patadas, ni el juego brusco. En Brasil lo que se lleva es el jogo bonito y el que no lo entienda que se quede en casa con el catenaccio puesto.


La vida parece un juego para ellos y sólo puede ser bonito. Siempre sonriendo, siempre con el pulgar hacia arriba. Para ellos todo está bien, “ta bò”. Por eso, han sido capaces de poner de moda su bandera y sus colores. Llevar su camiseta amarilla es una forma de decirle al mundo que tú también eres uno de ellos. Capaz de darle ritmo a cualquier cosa que se mueva, tanto a un balón como a una lata, con los pies o con dos cañas. Los brasileños le sacan música a todo, al fútbol y a la vida, de forma que no sabes si cuando bailan están jugando, o cuando juegan están bailando. Como en la capoeira, baile inventado por los negros para entrenarse en artes guerreras sin que sus amos se dieran cuenta.


Tanto están por la fiesta que hasta del comer parece que prescindan, como si sólo fuera un estorbo. Por eso no extraña que en más de un restaurante la pitanza la vendan a peso, sin importarles si la bandeja va llena de ensalada o de carne, para no perder tiempo ni comiendo ni cobrando. Sólo tienen un plato famoso, la feijoada, que parece más un recuerdo forzado de tiempos para olvidar que no una receta para guardar. Mezcla de arroz, judías y todo tipo de carne, es un puchero que los esclavos preparaban los domingos con las sobras de los blancos. La Caipirinha supongo que vino mucho después.
Como dice Belén, aunque entonces los sacaron a rastras de sus pueblos, ahora ninguno de ellos volvería a África. Y es que se lo han ganado a pulso, currando como negros y comiendo mucha mierda. Por mucho que se la mezclaran con carne los domingos.
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