miércoles, 13 de febrero de 2008

No llores por mí Argentina

Ya llevamos casi medio año de viaje y hemos visto de todo. La mayoría de cosas las hemos intentado fotografiar, menos una. Los cementerios. Me negué en redondo con el primero y luego, para ser consecuente, me mantuve firme hasta el otro día. Entendedme bien, no es que seamos tan escabrosos que pueblo al que vamos, cementerio que visitamos. Lo que pasa es que cuando uno se patea las calles sin mapa, especialmente en los sitios pequeños, acaba tropezando con ellos. Y es lógico. Si sumamos, serán más lo que ya están para allá que los que todavía rondamos por aquí.

Y, claro, uno no puede dejar de mirarlos. Debe ser el interés profesional de quien un día acabará siendo cliente suyo. Pero es que, además, los hay que son realmente bonitos. Quizás el mejor, el de Isla de Pascua. En una explanada al lado del océano, con una pared de piedra tan baja que se confunde con los jardines y parques que lo rodean. Allí, a diferencia de la mayoría de sitios, no parecen querer esconderlos ni encerrarlos, ni con grandes muros, ni con pesados panteones. Apenas un par de sacos de tierra, por si alguno se arrepiente y decide volver a ser mortal, que pueda salir fácilmente. Quizás por eso también, las lápidas y cruces parecen de mentira, como si no tuvieran que ser para toda la vida. Con letra de niño, colores vivos y pintura hecha a mano o incluso con tiza. Algunos con una simple piedra encima y otros con un par de ramas sin pulir, cruzadas y atadas con hojas de palmera. De foto.

A pesar de todo esto, no deja de ser un cementerio donde la gente entierra a los suyos cuando están bien muertos. Así que, si nosotros no tenemos colgada en nuestra casa la foto de la lápida del bisabuelo, menos me gustaría que un turistoide la tuviera en la suya. Me diréis entonces qué hago con una foto de pirámides en nuestro salón, pero es que allí estaba claro que el homenajeado tenía cierto complejo de egocentrismo, acompañado de un poco de exhibicionismo. Tirando por lo bajo.

Pero todo esto cambió la semana pasada en Buenos Aires. Con cierta reticencia, lo reconozco, entramos en el cementerio donde está enterrada Evita. Y, sorpresa, parecía el juego del turista perdido en el laberinto del fauno. Decenas de tíos en shorts de explorador y cámara en mano, iban de un lado a otro buscando con desespero alguna señal, divina o terrestre, que les indicara dónde demonios estaba el panteón de los Duarte. Lo curioso es que la escena se repite cada día, mientras los cuatro cuidadores del cementerio, supongo yo que como buenos argentinos, todavía andarán discutiendo si es mejor poner carteles o dar un mapa a la entrada. En esas iba yo pensando, cuando me apareció la foto del día. Ahí mismo, en frente nuestro, sentadas a la vera de unos cuantos muertos y con las posaderas encima de un par de ellos, tres señoras de buena familia, gritando en perfecto catalán algo así como: “Jaume! Ves tu que jo ja no puc més. Ja m’ensenyaràs la foto!”

Imaginaros la pobre Evita. Después de todo lo que luchó en vida por los desesperados, sacando dinero del Gobierno y de donde fuera para levantarles casas y la moral, acaba siendo una atracción por todo lo que le pasó una vez muerta. Porque si os pensáis que las hordas de turistas se abalanzan al cementerio municipal de Buenos Aires para presentarle respeto por sus obras, andáis muy equivocados. Aquí el morbo es que la dictadura robó su cadáver embalsamado para evitar que se convirtiera en un estilete de la resistencia y, como no sabían que hacer con él, anduvo por ahí de mano en mano. Primero en la de un militar que, dicen, se enamoró de ella y acabó pegándose un tiro a pesar de que ella nunca le negó nada. Después, en la de la hija de otro teniente que al encontrarla en su sótano jugaba con ella, confundiéndola con una muñeca gigante. Y, después, en la del párroco italiano que aceptó tenerla en su cementerio con un nombre falso. No quiero imaginarme la cara de su confesor al oír los pecados de su señoría. Finalmente, no tuvieron más remedio que traerla de nuevo a Argentina y allí la pusieron, bajo un par de toneladas de cemento, para asegurarse de que se le acabara tanto viaje a la condenada. Si Evita pudiera respirar por un momento, creo que soltaría eso de “no llores por mi Argentina que yo me voy a Isla de Pascua”. Y detrás suyo, unos cuantos de sus nuevos vecinos, hartos de tanto turista con cámara digital.
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