martes, 12 de febrero de 2008

Buceadores en el fin del mundo

O en Tierra del Fuego, que viene a ser lo mismo. Estamos en la Patagonia, bien al sur, tanto que no existe otro lugar habitado en el mundo que esté más cerca de la Antártida. Cuando se acerca al Polo Sur, el continente se desgrana en multitud de islotes, como piezas de un puzzle que no quieren unirse. Tierra del Fuego es la mayor de todas ellas, separada del Norte por el Estrecho de Magallanes y del Sur por el Canal de Beagle. Dos pasos que unen el Atlántico con el Pacífico y por los que navegaron los mejores aventureros de otras épocas. El descubridor Magallanes cumpliendo el sueño de Colón de llegar a las Indias por el Oeste. El Capitán Cook persiguiendo la fama y dando la vuelta al mundo, no una sino dos veces, por si quedaban dudas de que era el mejor. El pirata Drake huyendo de los españoles después de haberles robado el oro y la vergüenza. Y así unos cuantos. Pero, por muchos que fueran, ninguno de ellos se paró ni reparó en los locos desnudos que habitaban por esas tierras heladas.

Y ojalá hubieran seguido así, sin verlos, porque en cuanto loberos y balleneros fijaron sus ojos y su puntería en sus aguas, no hizo falta más de 100 años para que una raza entera desapareciera, sin dejar más rastro que cuatro fotos mal tomadas y miles de conchas amontonadas alrededor de sus cabañas redondas. Son o, mejor, eran los Yámanas. Una tribu nómada que no sólo habitó el fin del mundo sino que buceó sus aguas heladas sin más protección que su propia piel y una capa de grasa. Las proteínas de los mejillones y demás moluscos no eran suficientes para nutrirles por lo que no tenían más remedio que mojarse de arriba abajo para cazar leones o lobos marinos de los que lo aprovechaban todo.

Entre sus creencias tenían algunos espíritus pero posiblemente, si adoraban a alguien, debía ser al fuego que continuamente transportaban con ellos. Sin dejar nunca que se apagara, cada familia tenía su propia hoguera que movía de la conchera a la canoa, de la canoa a la conchera. Marido y mujer cazaban juntos, el primero con arpones y la segunda con su manos, uno desde la borda y la otra buceando. Mientras, los niños achicaban el agua que siempre se colaba entre las junturas mal cosidas. Así un día y otro, durante 7.000 años hasta que llegaron los de siempre, los buenos de las pelis de indios, nosotros los blanquitos. Aunque esta vez, cuentan, no hubo mala intención pero la pata la metimos igual. Por un lado, agotando con nuestra caza la principal fuente de vida de los Yámanas y, por otro, trayendo enfermedades desconocidas por ahí, que acabaron con ellos más rápido que si lo hubiéramos hecho ex profeso. Enfermedades pulmonares que todavía se agravaron más cuando algunos misioneros intentaron civilizarlos con el maravilloso invento de la ropa. En un ambiente húmedo y lluvioso, donde además la principal actividad es el buceo, disponer de vestidos era muy pudoroso pero no dejaba de ser una molestia más que no una ayuda. Al verse obligados a andar y nadar con ellos, calados hasta la saciedad, la gripe los diezmó en unas pocas décadas.

No me diréis que no es un final triste y estúpido para todo un pueblo. Muertos de frío y con la ropa mojada aunque, eso sí, muy dignos y decorosos. Ni siquiera su fuego puedo ayudarlos. El Fuego que nunca abandonaban, el Fuego que da nombre a su Tierra. Así la bautizó Magallanes al cruzar su estrecho en su vuelta al mundo y mirar por la borda. Imaginaros la escena. 1628. Noche cerrada, velas desplegadas, viento gélido. A estribor, absoluto silencio. A babor, miles de hogueras ardiendo y moviéndose de un lado a otro, como si fueran los últimos guardianes de lo desconocido. En cubierta, toda la tripulación mirando atónitos el fin del mundo sin atreverse a descender. Y nosotros, ahora, viéndolo por la ventanilla de un Airbus 320. ¡Si es que lo nuestro es un paseo!




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