sábado, 23 de febrero de 2008

La garota de Ipanema

Si a las argentinas de 15 años sus padres les regalan pechos de plástico, Dios a las brasileñas les dio eso y mucho más. Pechugas a punto de despegar y culos como pistas de aterrizaje, morenos chocolate y bikinis de diseño. Al Cristor Redentor lo pusieron allí arriba en Corcovado para vigilar que, entre tanta belleza, los cariocas no perdieran el norte. Será por lo mismo que el top less está mal visto. Pero da igual porque, cachondos los brasileños como nadie, han hecho los bañadores tan pequeños que por algo dicen que sus mujeres vestidas son más sexys que las de los otros desnudas. Y es que al lado de Ipanema o Copacabana, Benidorm parece una carnicería de barrio.


Y no es que su raza, mezcla de indios nativos, negros esclavos y blancos colonos, tenga algo especial, que lo tiene. Ni tampoco es la forma en que cultivan sus cuerpos, que lo hacen y mucho, con sudor pero también con hormonas que no paran de vender por todos lados. No. Lo que pasa es que aquí, hasta las menos premiadas se atreven a llevar el pantalón más apretado del mundo, sin nada de vergüenza y con toda la gracia. Y así lucen el palmito con tal caminar que, por sobradas que vayan de kilos, a más de uno se le van los ojos. Bellezas brasileñas de todos los colores, morenas y rubias, negras y blancas. Suerte que uno tiene en casa a la garota de Ipanema que podría pasar por una de ellas, no sólo por sus curvas y sus ojos, sino por la forma en que se toma la vida. Riendo como una niña y bailando como una reina. Del Carnaval, claro. Será que en Las Palmas, como en Río, sobran playas y faltan rúas para llenarlas con toda la fiesta que llevan dentro.

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