lunes, 14 de enero de 2008

El País de Mordor

29 de Mayo de 1953. Once y media de la mañana. Sir Edmund Hillary y el sherpa Norgay son las primeras personas en el mundo en hacer cumbre en el Everest. El nepalí venía con título, el neozelandés se lo ganó allí mismo. Amigos desde entonces para siempre, durante años se negaron a reconocer cuál de los dos llegó primero. Aunque, como dijo Hillary ante la posibilidad de que un inglés se les hubiera adelantado unos años antes para morir luego en el descenso, “subir es sólo la mitad del trabajo”. Y lo que sí es verdad es que los dos llegaron juntos al Campamento VII, donde hizo sus famosas declaraciones: “we knocked that bastard off!” (hoy en día y en castizo sería más o menos “le dimos por el cul… a ese cab…!”).

Como veis, venimos empollados sobre el asunto. Hace dos semanas que llegamos a New Zealand y hace tan sólo unos días que murió Hillary. Si ya era un mito cuando estaba vivo, imaginaros ahora tras su muerte. Para ellos, encarnaba el espíritu “kiwi” y era su principal embajador en el extranjero. Generoso pero agresivo. Directo pero amable. Humilde pero grandioso. Para mí, la mejor de sus anécdotas, cuando atravesó la Antártica de punta a punta. Una expedición inglesa le contrató para que acondicionara una Base Polar en la zona neozelandesa para cuando ellos llegaran desde la otra punta. No se lo pensó dos veces. Cogió un par de tractores, los adaptó para ir por la nieve y como vio que la cosa funcionaba, no sólo arregló el campamento sino que le dio pedales a la cosa hasta cambiar el final del cuento. Fue él quién llegó a la base de salida donde los ingleses incrédulos, veían como su epopeya quedaba ridiculizada antes ni siquiera de empezar.

Alucinante. Como tantas otras cosas en su vida. Si Hollywood pillase el guión, haría una de las grandes. Con acción para los pantalones y con novela rosa para las faldas. Porque no me negaréis que es de película casarse con la viuda de uno de tus mejores amigos, muerto en accidente de avión por sustituirte a ti mismo en el último momento. Por si os parece poco, su primera mujer también había muerto unos años antes en otro avión siniestrado, por seguirle en una de sus aventuras a pesar del miedo que tenía a volar.

Pues si ellos mismos se ven reflejados en un tío así, imaginaros cómo son. Y, la verdad, después de haber nadado por sus ríos subterráneos, caminado por sus cráteres calientes, alucinado con sus géiseres, bañado entre sus delfines, escalado sus glaciares de hielo azul, andado por sus playas vírgenes, remado en sus fiordos, surfeado en sus ríos y buceado en sus islas salvajes, a uno no le extraña que hayan salido un poco brutos pero majos. Como su país. Brutal de bonito. Por eso, tampoco me extraña que los del Señor de los Anillos vinieran a buscar aquí la Tierra Media y el País de Mordor. Lo que no hicieron es coger a ningún neozelandés para el papel de Frodo. Y es que no me lo imagino, al final de la película, tirando el anillo al volcán y gritando a la cámara algo así como “que te den por ahí, Mordor de los cojones”.
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