lunes, 12 de noviembre de 2007

Yo quiero ser japonés


Yo quiero ser japonés. Quiero poder andar como ellos, en silencio, casi sin rozar el suelo. Quiero dar y tomar las cosas con esa dulzura con la que ellos lo hacen, con las dos manos y un gesto amable con la cabeza, como si todo fuera un pequeño tesoro. Quiero vivir en sus casas, con esa luz acogedora que lo envuelve todo más que iluminarlo. Quiero sentir el placer de caminar descalzo por sus tatamis y dormir en sus futones. Quiero comer en sus barras, con un cocinero que me prepare sushi delante mío, pieza a pieza, como si cada una fuera una joya única. Quiero pasear por sus jardines, rodeado de árboles con esas formas que sólo se consiguen tras años de paciencia y kilos de mimos.

Como todos, tienen su propia historia negra. La de ahora y la de antes. La de hace tiempo, cuando se creyeron que eran el pueblo elegido para liberar a Asia del colonialismo occidental, para sustituirlo por el suyo, claro. Esa les costó cara. A bulto, unos tres millones de muertos. No cualquiera tiene narices para entrar en guerra contra China, Rusia, Korea y Estados Unidos a la vez. Los tifones, que por dos veces en el siglo XV les salvaron de la invasión de los mongoles, esta vez se quedaron en casa. Vientos divinos les llamaron entonces, o Kamikazes en japonés. La de hace menos, la que han tenido que soportar en los últimos diez años cuando la burocracia y la corrupción de un gobierno conservador y anquilosado les ha sumido en una recesión que les ha obligado a romper con muchas de sus tradiciones. Ahora, ni los empleos son para dedicar toda tu vida a la misma empresa, ni existen clusters de compañías que se ayudan unas a otras. Ahora están empezando a probar el sálvese-quien-pueda, el lado feo del capitalismo.

Sólo espero que las nuevas generaciones, nacidas del manga, sean capaces de superarlo sin perder buena parte de su forma de ser. Y que lo hagan como siempre, mejor que nadie. Ellos fueron los inventores ya hace siglos de la frase “copiar con orgullo”. O sea, coger lo bueno de los demás, asimilarlo como suyo y, si pueden, mejorarlo. Y dando las gracias, que para eso son gente educada. Son el mejor ejemplo de un pueblo a caballo entre la cultura oriental y la occidental. Han sabido combinar las dos como nadie y, por eso, no sólo son una superpotencia sino que tienen una maravilla de país envidiable. Haríamos bien de aprender de ellos. La globalización tendría que ser una autopista de dos direcciones y en la nuestra no sólo deberían venir productos baratos, materias primas o inmigrantes ilegales, sino también buena parte de su cultura. Y, si puede ser, alguno de sus cocineros.
Publicar un comentario