sábado, 10 de noviembre de 2007

Hiroshima y Nagasaki



Quizás alguno de vosotros ha estado en la zona cero en New York. Los hay que no sienten nada especial, a otros les impacta de sobremanera. Si sois de los primeros, veniros a Hiroshima. 150.000 de una tacada. Más otros tantos poquito a poco, como si de una tortura china se tratase. Y de hecho, lo fue. Tortura porque, por un lado, la radioactividad les fue matando a lo largo de los años cuando no les mutiló emocionalmente y al instante ese mismo 6 de Agosto de 1945 a las 8 y 15 minutos. De chinos, porque para desarrollar la bomba atómica hizo falta el esfuerzo de centenares de científicos, un auténtico trabajo de chinos, cada uno aportando su granito de arena, supongo que lo justo para después no sentirse ni padres ni responsables. Sólo unos seis o siete enviaron un memorándum al Gabinete de Gobierno solicitando que no se lanzara, aunque sólo sirviera –asumo- que para enterrar allí y entonces sus prometedoras carreras.
A nosotros lo que más nos impresionó fue ver varios colegios hacer una declaración de paz, así como rezar y cantar, delante del Monumento a los Niños que murieron consecuencia de la bomba. Pero quizás fue todavía más chocante leer las misivas secretas, ahora ya descatalogadas como tales, que se circularon las semanas previas al día del lanzamiento. Se asemejan mucho a las que podríamos ver en cualquier empresa de hoy en día. Hablan de targets prioritarios, de tests, de poder valorar correctamente los resultados, de qué consecuencias puede tener para ellos si no se realiza el lanzamiento, de cómo van a justificar tantos recursos invertidos, etc. En realidad, la única diferencia es que están escritas a máquina y con faltas de ortografía. Se entiende que aquellas bestias inhumanas no tenían ni corrector, ni alma. Porque una cosa es hablar de helados o detergentes y otra muy diferente de fundir literalmente a decenas de miles de personas.
Pero, como os decía, no fueron ni uno, ni dos, sino cientos los involucrados. Y no vale la excusa de que esos daños colaterales sirvieron para evitar mayores pérdidas si se hubiera alargado la guerra. Es tan obvio que había otras formas de utilizar su poder disuasorio que es ridículo explicarlas. Por eso, uno se pregunta si nos gobiernan unos imbéciles o si los imbéciles somos nosotros por dejarnos gobernar así. Y tampoco vale el pensar que eso fue hace más de 60 años y en otros países. España hace nada apoyó una guerra con la justificación de que era para evitar futuros atentados terroristas, pero se calcula que las bajas en Irak sólo en la población civil han sido superiores a la suma de todas las muertes por atentados terroristas que ha habido en toda la historia de la Humanidad. Y cada día que pasa, suma y sigue. Cínico y absurdo.
Como absurdo es pensar que son otros los malos y nosotros los buenos. Que a ellos el poder les ha corrompido y que con nosotros no habría podido. Mirad alrededor vuestro, ahora mismo. Aquél de aquí o el de más allá. O ese otro. Cualquiera sería capaz de apretar el botón rojo, si lo tuviera a mano. No de golpe, claro. Primero sería una caricia, una pequeña decisión que no afectase a la vida de nadie. Pero, poco a poco, lo apretaríamos con más fuerza, con la justificación del bien común y cegados por el orgullo del poder, hasta cruzar la línea. Esa delgada línea que, no sin razón, dicen que tiene el color de la sangre. Por esto, no podemos dejar ni un solo botón al alcance de nadie, ni de nosotros mismos. Y, por eso, el liderazgo de los políticos y de los países está muerto. Estamos hartos de banderas en nombre de las cuáles manchan nuestra vergüenza. Estamos hartos de líderes que utilizan un saco de votos para imponer la dictadura de la mayoría. Porque una mayoría de burros siguen siendo muchos burros juntos. El futuro es de las ciudades y de los ciudadanos. Tuyo y mío. Y de nuestros vecinos, que sabemos qué cara tienen y de qué pié calzan. Pero no de los de más allá. No quiero que ellos me impongan nada. Que se vayan ellos a la guerra, y a tomar viento si les da la gana, pero que nos dejen en paz.
Como dijo el alcalde de Hiroshima, en una de sus declaraciones de paz en las que continuamente exige que se elimine cualquier armamento nuclear de la Tierra, “ahora los gobiernos de las ciudades se están levantando y, junto con ellos, las voces de sus ciudadanos para participar en la política internacional y acabar con su inmoralidad”. Mi ciudad, la primera de ellas. Todavía se me pone la piel de gallina al recordar el ruido ensordecedor de cientos de miles de cacerolas. Sólo me arrepiento de no haber continuado cada día hasta echarlos a todos de nuestras calles. A ellos, a sus países y a sus banderas.
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