domingo, 4 de noviembre de 2007

Ying Yang



Heráclito dijo aquello de que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, porque todo fluye en la vida sin parar. Ni el río será el mismo, ni tú tampoco. Ahora mismo estamos navegando por el Yantgze, el mayor de los ríos chinos, famoso por la gigantesca presa que han construido allí pero también por albergar las Tres Gargantas, tres pasos abruptos abiertos por las aguas que más bien parecen las puertas a otro mundo.

Estamos sentados en la proa, con un ventanal enorme delante de nosotros, rodeados de chinos jugando a cartas, su pasatiempo favorito. No penséis que vamos en un crucero de lujo ni mucho menos. De hecho, nuestra cabina es de 3ª clase porque no había nada más aunque tampoco nos quejamos. Posiblemente si fuéramos en primera, estaríamos tumbados en la habitación, añorando sin saberlo este momento. Estábamos hablando de cómo nos va el viaje y, sin darnos cuenta, hemos saltado de un lado a otro. De Barcelona a la India. Y de allí al Tibet y a la China. De un personaje a otro, desde Mahoma hasta Mao, pasando por Gandhi, Budha o el mismo Dalai Lama. De si ya hemos empezado a cambiar como personas a cómo cambian los pueblos. De cómo en un sitio y otro oímos repetir las mismas historias, o cómo la historia es una y sólo cambian los sitios. De cómo la bondad y la maldad pueden estar tan lejos una de otra pero a la vez tan cerca, casi tocándose, rozándose hasta a veces confundirse y mezclarse siendo imposible entonces distinguirlas. Es el círculo del Ying y Yang, la eterna armonía entre lo negativo y lo positivo, la base de la filosofía china.

Mirando atrás y leyendo de nuevo lo escrito, posiblemente estemos juzgando mucho en muy poco tiempo, cogiendo esa bondad y esa maldad entrelazadas y destripándolas sin clemencia, hasta separarlas para tomar partido por una u otra. No creo que sea justo hacerlo por mucho que siempre intentamos ver las dos caras, pero tampoco lo sería dejar que nuestros pensamientos se fueran corriente abajo, arrastrados por el tiempo y se perdieran en nuestra memoria. Igual que un río nunca es el mismo, tampoco lo serán nuestras palabras. No las juzguéis por su sentido hoy, esperad a que acabe el viaje, nos bañemos de nuevo y veamos qué sabor tienen. Dulce o amargo. Suave o picante.


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