lunes, 29 de octubre de 2007

Un jardinero chino en el Maresme




Trabajarán como chinos pero lo que se dice artistas, no lo son demasiado. Al menos, de las grandes artes. Ni de la pintura, ni la escultura. La primera parece más bien infantil mientras la segunda es inexpresiva, por bien que los 8.000 soldados de terracota tengan cada uno una cara diferente (dicen los arqueólogos que el sentido de tamaña obra era puramente una muestra de poder en la tumba del Emperador pero yo prefiero pensar que el monarca, orgulloso de su ejército por haber ganado una batalla, les prometió a cada uno de ellos una estatua, premio en aquella época reservado tan sólo a los monarcas y a los dioses).

Tampoco son grandes artistas de la arquitectura, pues todos los edificios son absolutamente iguales, ni siquiera de la literatura por bien que hayan tenido pensadores, como Lao o Confucio, a la misma altura sino superiores a los clásicos griegos. Y mucho menos de la música, donde destrozan las notas, como en la Opera China donde parece que se estén cachondeando del público sin más, cantando como si fuera un dueto de Winny the Poe con la orquesta de los Teletubies.

Pero sin embargo, en lo que son otras artes alternativas, sorprenden. Las marciales ya las conoceréis y no vale la pena que os hable del desaparecido Bruce Lee pero sí quizás del Tai-Chi, técnica de relajación y de liberación de malos espíritus o simplemente del mal humor que en la China, igual que en Europa, también sobra. Cuando observas sus movimientos de lucha realizados casi a cámara lenta, sin ningún adversario enfrente, parece realmente que estén librando una batalla interna. Son miles los chinos que, cada mañana, se acercan a los parques para, solos o en grupos, desarrollar estos ejercicios. Otros, en esos mismos sitios, practican la escritura con grandes pinceles en el mismísimo suelo. Cada carácter chino es una mezcla de fonética y de representación gráfica de su propio significado pero, por encima de todo, es un dibujo rebuscado a veces, difícil otras pero nunca sencillo, de tal forma que, según la tipografía que se utilice, puede llegar a ser una auténtica obra de arte.

Pero de todas estas curiosidades chinas, yo me quedo con sus Jardines de piedra. Extraen las rocas de los fondos de los lagos y las colocan como si fueran esculturas, encima de pedestales, dispuestas de forma armoniosa, a lo largo de caminos de suaves curvas, normalmente marcados con otras piedras más toscas. Entre medio, aparecen rincones con bancos de piedra o glorietas redondas donde descansar un rato o simplemente admirar esas esculturas. Tienen formas porosas a veces, rectilíneas otras. Son resultado del antojo del agua que las ha moldeado durante miles de años, siendo cada una de ellas como una pequeña parte de Montserrat pero en miniatura. Los nombres parecen haber sido buscados con la misma parsimonia con que fueron esculpidas pues son más poemas en sí mismos que no meros títulos de una obra. Dispuestos casi como un adorno adicional, también aparecen entre los atajos algunos árboles o cactus pero siempre como teloneros de sus piedras-esculturas.

Son jardines grises y meticulosos, serenos y bellos, que transmiten un especial sosiego. Me recuerdan a los que abundan en las casas nobles del Maresme (*), como Can Cuiros. Siempre pensé que la mirada del Avi, con los ojos semi cerrados, era una mezcla de su forma callada e inteligente de ver el mundo con un cansancio acumulado de llevar muchos años en él y alguna que otra pena de más. Igual resulta que simplemente teníamos un ascendiente chino. Jardinero a la par. Lo que es seguro es que, algún día, tendremos un chino como descendiente. O china. Tiempo al tiempo.


NOTA: Maresme es una comarca al norte de Barcelona donde está Can Cuiros, la casa de mis abuelos, l’Avi y l’Avia Loles.



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