lunes, 22 de octubre de 2007

Crítica a la Religión Pura

Llevamos casi dos meses de viaje y ya hemos visto templos de todos los colores y de todos los folklores. Y lo digo así porque, tras estar en sitios tan sagrados para los hindúes, budistas o musulmanes como lo puede ser Roma para nosotros, lo que más nos ha impactado no es la vehemencia de los creyentes en el Islam que vemos cada día en los telediarios, ni la paz espiritual que esperábamos encontrar en Lhasa, ni la espiritualidad tan cacareada de la India. No. Lo más impactante ha sido la parafernalia con la que a lo largo de los siglos, en todos los casos, han disfrazado las enseñanzas o mandamientos originales hasta ahogarlos en un oscurantismo que, sin duda, te lleva a ser escéptico con ellos. Y a preguntarte, sobre estas religiones y otras, sobre ellos y nosotros: ¿cuándo nos olvidamos del origen de todo? ¿Cuándo le dimos más importancia a la forma que al fondo? ¿A la imagen que a la palabra? ¿Al ritual que al comportamiento? ¿Al mensajero que al mensaje?

¿Cómo fuimos capaces de desvirtuar tanto lo que nos dejaron personajes tan excepcionales como Budha o Jesús? Porque, no lo olvidemos, fueron otros y no ellos quienes edificaron iglesias y religiones. Fueron otros quienes los convirtieron en divinos, incluso a aquellos que nunca invocaron su carácter celestial. Fueron otros quienes trocaron pequeños gestos significativos en complicados rituales sin sentido. Ellos simplemente nos querían enseñar un camino para mejorar como personas. Y muchos de nosotros, en vez de ver ese camino, nos quedamos atontados mirando el dedo con el que nos lo señalaban. O no pudimos ver más allá porque, entre tanto humo y ofrenda, sotanas y pinturas, templos e imágenes, nos taparon la vista.

Para muestra un botón ¡Ayer estuvimos en un templo de Confucio!!! El más grande de los filósofos chinos, el mismísimo Maquiavelo de Oriente adorado como un dios (sus enseñanzas iban dirigidas a ayudar a los gobernantes a ser más justos y mejores reyes de sus pueblos). En vida, ninguno de ellos quiso aplicar sus métodos. Una vez muerto, le ponen un altar y los Emperadores se pasan 500 años haciéndole sacrificios. Si lo viera, el tío los cateaba a todos. Y digo cateaba porque él fue el creador del sistema de exámenes que la burocracia del Imperio utilizó durante siglos para seleccionar a sus funcionarios. Sistema que Mateo Ricci, jesuita misionero en la China, llevó a Occidente para drama de futuras generaciones estudiantiles.

Pero ejemplos los hay aquí y allá, de unos y de otros. Para mí el mejor es el de Budha. El Iluminado les dejó bien claro que no le siguieran pues toda persona sólo puede ser seguidora de una misma. Y puñetero caso que le hicieron, pues no siguieron sus enseñanzas sino las suyas propias, las que una vez y otra nos llevan a los humanos adorar y a convertir en dios cualquier cosa que se mueva. Así, ahora todos sus templos están a rebosar de figuras de Budhas ante los que no paran de quemar grasa y donar dinero.

Si de verdad Dios existe, esté donde esté, al vernos deberá estar tirándose de los pelos y de las barbas. Igual, incluso, decide de nuevo enviarnos a su hijo o alguien con dos dedos de frente para poner un poco de orden. ¿Os lo imagináis? ¿Qué pasaría si mañana Jesús o Budha volvieran a la Tierra? ¿Dedicarían su vida a levantar iglesias y monasterios, o a construir escuelas y hospitales? ¿Serían sitios fríos y distantes, o abiertos y cómodos para pensar y reflexionar, hablar y escuchar? ¿Olerían a incienso y cera, o a aire fresco y flores? O quizás simplemente decidieran no volver y ver desde lejos como poco a poco nosotros solos salimos de ésta.
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