domingo, 7 de octubre de 2007

7 Días en el Tibet

Dos fueron las razones que nos llevaron a elegir el Tibet como unos de los destinos de nuestro viaje: La primera, la aventura de cruzar el Himalaya y llegar hasta el techo del mundo. La segunda, el poder conocer e incluso vivir de cerca el Budismo, considerada por muchos una de las religiones más espirituales del mundo.

La aventura la hemos vivido de sobras:
Llegar hasta la frontera de Nepal con Tibet, por una pequeña carretera al borde de barrancos plagados de cascadas, y pasando por unos pequeños pueblos cuyos habitantes han decidido poner barricadas a su paso para cobrar peaje a todo el que por allí pase.
Cargar con nuestras maletas bajo la lluvia para pasar el llamado Puente de la Amistad que une Nepal con China (o con Tíbet según se mire). Aquí nos sentimos protagonistas de una película de espías: nuestras maletas a un lado del puente siendo desinfectadas, y nosotros al otro lado donde unos militares vestidos en uniformes que parecían salidos de la guerra fría (y prestados por los rusos, por lo que les sobraba de largo de mangas y piernas) comprobaban nuestra identidad y hasta nuestra temperatura corporal, por si introducíamos algún tipo de enfermedad en el país.
Pasar un día aislados en un pueblo del que no podemos salir porque la carretera está cortada por obras. Parecíamos expedicionarios esperando a que pasara el temporal para poder reanudar su aventura. Y cuando por fin podemos salir nos encontramos con una carretera al borde de un precipicio en la que miles de chinos trabajan a sol y sombra en condiciones precarias cual construcción del mismísimo Puente sobre el Río Kwait.
Viajar en 4x4 por carreteras imposibles, pasar por delante del Everest, alcanzar puertos a más de 5000 metros de altura, pasar noches en albergues con habitaciones a 10 grados y sin agua caliente, comer leche y carne de Yak (la vaca de las alturas) en yogurt, frita, y hasta en hamburguesa (qué buena!)… en definitiva, que nos lo hemos pasado pipa, y aunque suene sobado, nos ha ayudado a apreciar mucho más las comodidades que tenemos en nuestro día a día.

El lado espiritual del Tibet nos ha costado algo más encontrarlo. Nos imaginábamos unos templos idílicos en los que reinara la paz y la meditación. Nos imaginábamos gentes tranquilas y pensativas, viviendo en pueblos tradicionales y deseando trasladar su filosofía de vida… Sin embargo, nos hemos encontrado con pueblos-ciudades de amplias avenidas y multitud de semáforos, niños en cierto modo violentos, monjes gruñones deseando sacarte el dinero, muchos de ellos contando enormes fajos de billetes en los templos y monasterios en los que, suponíamos, deberían estar meditando y enseñando su doctrina…


Dándole vueltas a todo esto durante las múltiples horas que hemos pasado en el 4x4, hemos llegado a tres posibles explicaciones:
Podría ser la o cupación comunista china, que ha venido con su modernización y control, hasta tal punto que es el propio gobierno chino el que decide quiénes son los sucesores Lamas, ignorando las determinaciones del propio Dalai Lama, y que han prohibido por ley a éste último el re-encarnarse en su futura vida.
Podría ser la corrosión que la vorágine del día a día, la globalización y el avance producen sobre muchas religiones, y que les hace olvidarse de sus principios, en el caso del budismo el amor, la generosidad, el sacrificio y el control.
O podría ser que la imagen idílica que todos tenemos del budismo nunca existiera, y que sólo fuera fruto de nuestra imaginación, de la de algunos cineastas o de la de algún otro iluminado.

Quizás nunca lleguemos a saber cuál de las tres es o si se trata de una mezcla de más de una. Cuando aquí le preguntas a alguien sobre el tema, la respuesta más probable es “I’m not allowed to talk about this” (no me permiten hablar de esto). ¿Cuándo podrán hacerlo?


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