viernes, 28 de septiembre de 2007

The Sunrise Business

En nada vamos a cumplir nuestro primer mes de viaje y ya llevamos 5 ó 6 despertadas a horas inmundas para ver otros tantos amaneceres o “sunrises”. Y cuando digo horas inmundas, podría decir infernales porque son a las 4 ó 5 de la mañana como poco, lo que para alguien que se ha pillado un año entero de vacaciones parece de pardillo.

Y es aquí el más tonto come pan, y con queso, por eso de que te las den. Porque más de una vez nos las han dado. Ya te digo, a nosotros y a varios autobuses de japoneses, que es lo que más luce por estas lindes del Asia Continental. Sólo te hace falta tener un monte y un coche y ya tienes montado el negociete. A colgar el cartel de “Sunrise Excursión”, y cuanto más pronto pongas la hora, más podrás cobrar y más gente te vas a levantar.

Y es que la globalización nos parece la mar de moderna pero hace lustros que corre por el sector turístico. Porque uno se pregunta, si no tienen ni para una Pepsi-Cola ¿cómo demonios utilizan las mismas técnicas de Marketing en un lado del mundo que en el otro? Porque aquí y allá ya me han llamado de todo pero nunca Mike ni Charly. Siempre soy Carlos, Jordi, Neng, Pepe o la madre que me parió pero en castizo y bien alto. Es como esa tonadilla que utilizan los pedigüeños en el metro de Barcelona. Es la misma que en Madrid, que en París y que en Londres. Y, hombre, viajados lo son, porque no paran de estación en estación, ¿pero por qué milagro habrá pasado esa misma cantinela, imposible de entender por otra parte, de un país a otro?

Pero, ¿qué queréis que os diga? Al menos los hay que lo hacen con gracia, como el niño que esta mañana, después de hacernos reír durante un buen rato y hacernos perder nuestros prejuicios de que sólo se acercan para ver mejor lo que nos quieren sacar, de repente nos pide 100 rupias nepalís (algo así como 10 veces lo que pediría cualquier otro) para comprar un inflador para su pelota. Estoy seguro de que el muy espabilado si yo le hubiera dicho que me encanta el ballet en vez del fútbol, me estaría pidiendo una máquina de coser para remendar su tutú. Pero cuando se giró y vimos que llevaba un pantalón de pijama sucio por ese culete que tenemos todos y que no eran ni las siete de la mañana, se nos cayó el alma al suelo y, si nos lo llega a pedir entonces, le hubiéramos construido un campo entero de fútbol, allí en medio en pleno Himalaya. O donde hiciera falta.
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