domingo, 23 de septiembre de 2007

Las Mil y Una Caras de la India

La India es un país gigantesco, con más superficie que Europa, el doble de sus habitantes e incontables lenguas más. Por eso, no es de extrañar que haya más de una India. A riesgo de olvidarme unas cuantas, destacaría al menos siete de ellas:

La India de la jungla, la India espiritual, la India de Bollywood, la India del Imperio Mogol, la India británica, la India de los pobres y la India moderna.

Algunas son del pasado, otras quizás de un futuro que nunca llegará, otras son simple imaginación de los occidentales como nosotros y otras en realidad quizás nunca existieron. La India es todas ellas y más, y ninguna en concreto. Cada visitante de la India puede venir con una idea preconcebida de una de ellas o la combinación de varias pero, sin duda, se irá con una India por encima de todas. Una India que lo impregna todo, que entra por la nariz de una forma tan brutal que nunca más se podrá olvidar ese olor. Es el olor de la India, un olor tan especial que enamora a unos y repugna a los otros. Un olor tan único que está en el filo del simple olor a basura y a mierda, o del olor a especies, incienso y flores.

Para mí, un amante de los libros de Kipling y Salgari, mi India es la de la jungla de Kim, los tigres de Bengala, los piratas de Mompracem, los Maharajas del Rajastan, la de los marinos portugueses en Goa con Yánez a la cabeza, la de Mariam vestida con un sari luminoso, la de ejércitos enteros a horcajadas de elefantes. Una India que huele a frescor y naturaleza, una India de cuentos y leyendas, una India que sin duda enamora. Nos ha costado muchas horas de calor y de coche pero finalmente encontramos esa India cuando empezamos a pasear por las calles de Udaipur y, sobretodo, cuando nos encaramos a los muros de su palacio. Allí no fue nada difícil imaginar cómo podía ser la vida de los Maharajas, los reyes de las ciudades-estado que como Udaipur pueblan la región del Rajastan (literalmente, tierra de Reyes) y que hicieron fortuna como garantes de las caravanas de camellos que cruzaban sus tierras siguiendo la Ruta de la Seda.

Mil historias os podríamos contar de ellos: la de los Rajputs que nunca perdieron una batalla, la de las mujeres que comenten Sati –se suicidan- cuando se mueren sus maridos porque sin ellos la vida pierde sentido, la de caballos disfrazados de crías de elefantes para dirigir así en medio de la batalla a los auténticos, la de palacios con terrazas diseñadas sólo para poder disfrutar de las lluvias de los monzones, la de techos construidos con miles de espejitos para que el reflejo de una sola vela simule un cielo estrellado. Y así podría continuar sin parar.

Pero lo que más nos ha gustado de esta India, es la India actual y real que hay detrás de ella. Es la India más limpia, con las calles adecentadas y sin basura ni mierda por el suelo como puedes encontrar a montones en la plaza más céntrica de Nueva Delhi. Es la India más solidaria pues no hay cientos de intocables que te asedien a cada paso. Es la India con la mejor cara monárquica pues sus Maharajas, una vez desposeídos de cualquier poder político y de sueldo público, en vez de actuar como diplomáticos-fashion de sus tierras en el extranjero o de convertirse en vedettes no remunerados de la prensa rosa como hacen sus similares en Europa, se vuelcan en sus pueblos y con su dinero, procurando ayudarlos y desarrollarlos. Pueblos de los que hablan sus lenguas mejor que el inglés en el que hace décadas que son educados estos nobles. ¿Os imagináis a Felipe hablando mejor el euskera, el gallego o el catalán que el inglés? ¿O en vez de gastarse 3 mios de euros del presupuesto público para arreglarse un pisito, poner su propio dinero para abrir un colegio o construir un hospital? Política ficción… Claro está que hay otros (y vete a saber si son los más y los menos los hemos soñado) que han abandonado a su gente a su suerte y que, valga la redundancia, viven como Rajás en Londres, acordándose de su pasado sólo por el glamour de sus títulos y de su imagen. Siempre habrá mal nacidos, en cunas de oro o en charcas de barro.

Después está la India espiritual. Esta es la India que tiene una relación más directa con el budismo y con los auténticos gurus. Es la India introspectiva, la India auténtica para los auténticos enamorados de ella, aunque son muchos menos de lo que parecen (los otros son los que se apuntan a cualquier moda, sea visitar la India y decir que se han quedado prendados de ella, sea ponerse una bufanda palestina al cuello haga frío o calor). Y es que, aunque no tiene fronteras, es la India más oculta. De momento no la hemos encontrado, aunque quizás en el Nepal o en el Tíbet la veamos. Pero juraría que uno tiene que buscarla con el corazón y no con la guía.

Algunos la confunden con la India new age, la de los santinos vestidos de gurus, la del color naranja sagrado y olor a incienso, la de música tántrica, el Karma Cola y europeos disfrazados. Yo a esta India la veo de risa, formando parte de la India de Bollywood y de esa estética casi de cachondeo. La India de danzas “hari-hari, lucky-luke”, ombligos moviéndose de un lado a otro, indios coquetos con sus tupés grasientos y tuk tuks –taxis vespa que invaden las calles- decorados con espejitos, flores y fotos freakys de cualquier tipo. Es la India divertida, la que no es dañina pero que, aunque lo intente, tampoco mejora mucho el mundo.

A medio camino entre estas dos Indias, hay espacio para otras sensaciones como la que tuvimos al entrar en un templo en medio de la jungla del Rajastan. Fue como un oasis de tranquilidad entre todo el ruido real y emocional de la India. Sin duda, el templo donde he sentido un mayor sosiego y más espiritualidad. Aunque no es de extrañar porque era jainista, una de las religiones a la que, en cierta forma y sin su extremismo, más cerca me puedo sentir Los jainistas son hindús que respetan hasta la más mínima forma de vida, incluidos insectos y bacterias, plantas y árboles, porque creen firmemente que Dios está presente en todos ellos. Son los percusores de Gaia, el concepto que sin haberlo creado popularizó Assimov al final de su colección de la Fundación. Son también los hermanos espirituales del famoso jefe indio Seattle que, obligado a firmar la venta de sus territorios al Gran Jefe Blanco de Washington, le escribió el primer manifiesto ecologista de la historia, preguntándose como podía él vender la tierra al Hombre Blanco, si eran ellos los Hombres Rojos quienes pertenecían a la Tierra y no al revés. Era un templo cerrado pero abierto a la vez, donde las personas pero también los animales y las plantas podían entrar y salir. Era un templo que no estaba diseñado para asustar al pueblo ni para hacerlo sentir insignificante como muchos otros lugares sagrados. Tampoco estaba hecho para venerar a nadie ni a nada, simplemente era un sitio que lograba que te sintieras bien, tú sólo, contigo y con nadie más. Y de allí, llegas al respeto a los demás y a todas las cosas. Auténtica reflexión de Buda que, al final de sus días, les dijo a sus discípulos “cuando no esté, no quiero que me adoréis ni me sigáis. Toda persona sólo debe ser seguidora de sí misma”.

Las dos siguientes son las Indias de los Imperios Mogoles y Británico, foráneos que, aunque sea irónico, fueron los que le dieron forma y tamaño a la India tras dominarla y controlarla durante siglos. Estas Indias son las más visibles, son las que copan todos los monumentos, pues los indús, al creer en la reencarnación, nunca han tenido la necesidad de realizar grandes construcciones que perpetúen su recuerdo en el mundo. Los primeros dejaron los edificios más bellos, entre ellos el Taj Mahal, que sería sin duda la primera de las maravillas del Mundo si se hubiera cumplido la idea original de disponer un hermano gemelo al otro lado del río, esta vez de color negro. Los segundos, imitando a los Césares, establecieron su pax británica pero, en vez de vías romanas, tendieron vías de tren y otras construcciones, siempre funcionales aunque en algún caso el objetivo fuera simplemente dejar bien claro el esplendor de un Imperio que, por otra parte, empezaba a ser casposo como todos.

Finalmente y también yendo de la mano, están la India de los Pobres y la India Moderna que, aunque en el fondo sean la misma, parece que una se haya olvidado de la otra. La primera con más de la mitad de su población por debajo del lindar de la pobreza. La segunda siendo capaz de lanzar cohetes al espacio y desarrollar tecnología nuclear. La primera con millones de niños trabajando y sufriendo para comer. La segunda orgullosa de aportar al mundo miles de programadores e informáticos. La primera pudriéndose en las megalópolis de New Delhi, Calcuta o Bombay. La segunda formándose en las mejores escuelas del mundo. La primera “intocable” y encerrada en un sistema de castas que ni siquiera los padres de la nación como Mahatma Gandhi o Nerhu, a pesar del respeto que les profesaban sus compatriotas, fueron capaces de abolir en la vida real. La segunda huyendo al extranjero sin mirar atrás o viviendo en ghettos sin mirar afuera. La primera como principal destino de cientos de ONGs. La segunda escondida en las contradicciones de los valores occidentales que han adoptado. La primera real. La segunda falsa. La primera duele. La segunda se desvanece.
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