miércoles, 19 de septiembre de 2007

El Diablo se viste de Zara

Ya hemos llegado a la India. O de otra forma, ya nos hemos ido de Jordania. Nuestro primer país en la Vuelta al Mundo. De hecho, hasta ahora podría haber sido como cualquier otro viaje de vacaciones pero esta vez no volvimos a Barcelona sino que cogimos un avión que nos llevó de Amman a Nueva Delhi. Y nos fuimos con un punto de tristeza porque ha sido una semana genial.

Genial porque por fin nos hemos empezado a creer que esto es de verdad. Genial porque nos estamos compenetrando perfectamente y porque hemos cogido una dinámica de viaje que es un buen principio y promete un mejor final. Pero genial también y sobretodo porque en Jordania nos hemos echado unas risas y lo hemos pasado bestial!!! ¡Y de eso se trataba al final el viaje! Es un país mágico, casi de cuento, al que os recomendamos que vayáis sin dudarlo ni una sola vez. Y más si de pequeños soñabais con ser Indiana Jones, Lawrence de Arabia o el Capitán Nemo. Porque en Petra sentiréis que sois vosotros quienes estáis descubriendo tumbas y templos, en el Wadi Rum sufriréis y disfrutaréis del desierto como un beduino más y en el Mar Rojo veréis jardines submarinos que ni Julio Verne pudo imaginar. Y no es licencia literaria, es pura verdad!

Sin embargo, si bien el país es fantástico no me atrevería a decir lo mismo de toda su gente. Al menos, sin titubear. Son musulmanes, y muchos ejercen como tales y con ganas. Y no lo digo como un insulto sino como un hecho. Posiblemente no hayáis leído el Corán ni a Oriana Fallaci pero lo que la segunda decía del primero es absolutamente cierto. No pasan ni diez páginas sin que haya algún salmo que no haga referencia a hacer la guerra, destruir, matar o acabar con el infiel, bien sea cristiano o judío. Los que dicen que eso de la Guerra Santa es una mala interpretación de traductores interesados de Occidente mienten. Así de claro, y se aprovechan de que pocos blanquitos son tan tozudos como para leer más de diez páginas de su libro Santo que no es, con perdón, muy ameno para un occidental. Pero eso podría obviarlo porque si allí se las dan con el Corán, aquí las tomamos con el Antiguo Testamento, que de violencia no anda corto precisamente, aunque por suerte Jesús lo arregló de sobras con el Nuevo, rompiendo de primeras eso de que segundas partes nunca fueron mejores.

Además, en el día a día, esto es lo de menos. Nadie os va a insultar o a poner mala cara porque no profeséis su religión. Sin embargo, y esto sí que es repudiable, si sois mujeres los hay que os van a ignorar como personas pero os van a asediar como animales. A las suyas las tienen bien tapadas, como enterradas en vida, sin que nadie las pueda ver y sin que ellas al final puedan ver el mundo. Pero a las mujeres de los demás, las miran de arriba abajo como si fueran camellos en un mercado de ganado. De hecho, el guía de Petra Night Experience, delante de más de 200 turistas, comparó sin ningún atisbo de vergüenza la elección de una mujer para el matrimonio con la compra de un caballo. Y lo jodido es que todavía algunos occidentales se rieron. Estos son los que, sin dudarlo, cambiarían a la suya por un mendrugo de pan, que al cambio de tarugos viene a ser, más o menos, lo que valen ellos.

Sin embargo, uno empieza a tener dudas cuando ve que no es ni una, ni dos, sino muchas las musulmanas que miran a las rubias con camiseta de tirantes como si fueran el mismísimo diablo vestido de Zara, aceptando así, sin rebelarse, que lo justo es andar bien cubiertas de velos y telas a 40 grados a la sombra mientras sus maridos se bañan gustosamente en las piscinas. Otras, además, los miran encima con cara de estar enamoradas, aunque sean dos o más las que compitan por el cariño de uno. Y, finalmente, después de perdernos varias veces por Amman, Madaba, Aqaba y otros pueblos sin nombre, de pinchar en el desierto, de comer en sus propios restaurantes y de sus propios platos, uno no puede dejar de tenerles simpatía por como nos han tratado, mucho y bien, y porque entre los musulmanes que he conocido son, sin dudarlo, de sobras los más abiertos y los más afables y algunos no tardarían ni dos minutos en integrarse entre nosotros, ni en ser nuestros amigos.

Entonces es cuando te das cuenta que no pueden haber millones de descerebrados en el mundo. En todo caso, puede ser su educación, su religión, su entorno, la que esté equivocada y, ante los ojos de los occidentales, los haga inaceptables. Y allí es cuando te preguntas de dónde habrá surgido esa moral torcida que casi roza la maldad. Si ha estado siempre allí o si llegó en la carroza de algún dios. Si puede pasar de generación a generación como maldita herencia genética o si son unos pocos quienes cada vez la insuflan en unos muchos con falsas promesas o con amenazas inciertas, con el cielo o con el infierno.

Y es, por tanto, entonces cuando te preguntas de quién es maldita la culpa si no es de ellos. Y si podemos culparlos de algo más que de ser más lentos que nosotros porque hace apenas un siglo, más o menos, nuestra doble moral era igual o peor que la suya. Yo, aunque me muera de ganas, no pienso ni puedo tirar la primer piedra pero tampoco tengo porqué callarme, ¿no? Aunque, desde luego, si ellos quieren decirme algo también les escucharé porque aquí seguro que estamos empatados. Cada uno con su viga en su ojo y así de ciegos lo que nos está costando entendernos.
Publicar un comentario