viernes, 30 de noviembre de 2007

El Circo Thailandés

Si quieres pasar una tarde en el circo, ni te lo pienses. Vente a Thailandia. O mejor, que sea una semana, no sea que los primeros cinco días te los pases en uno de los famosos atascos permanentes de Bangkok. No tendrás ni que pagar entrada porque en la misma calle, ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Menos lo del lanzamiento vaginal de pelotas de ping-pong. Para eso se ve que las thailandesas necesitan de una buena barra de bar donde poder colocarse en el ángulo óptimo de tiro. Así que para verlas tendréis que tomaros una copichuela y después me lo contáis.

Pero si os da algo de pudor, no os preocupéis, el mejor número también anda entre bastidores. Sólo tenéis que ir a cualquier sala de cine, aunque os recomendamos el Parangon, con asientos reclinables, manta y cojín incluido, y no más de 20 personas por película. Pero ese no es el espectáculo. Lo bueno viene antes, cuando te enchufan un anuncio de su monarquía, ahora alterada porque el Rey va a por los 80, y ves que todos sin excepción se levantan de sus asientos con cara de emocionados. Nosotros estuvimos a punto de hacer lo mismo cuando salió Robert Reford, en nuestro caso para celebrar sus 90 porque, si no los tiene ya, poco le faltan. Lo quieren como a un abuelito, al Rey no a Bobby. Un poco freaky, eso sí. Porque, entre otras cosas va por allí de protocolo con la cámara de fotos colgando del cuello o con su saxo a cuestas componiendo canciones como el mismísimo himno nacional. Cualquier día, Woody Allen lo saca en una de sus pelis y eso sí que será cachondo de ver. En cada escena que salga, venga, toda la peña de pié. Ahora se va y todos sentados. Vuelve a salir y pa’rriba…

Esos son, con todo mi cariño, los payasetes. Los reconoceréis porque andan por la calle todos con la misma camiseta como si la monarquía fuera su equipo preferido de fútbol. Con el escudo real bordado en el corazón y su grito de guerra en la espalda. Long live the King. La oficial de color amarilla, la reserva de color rosa. La primera porque según el Budismo es el color de los lunes, día en que nació el Rey. La segunda porque los astrólogos reales dijeron que ese color traería buena suerte para la salud del monarca. ¿Insólito? Quizás en Europa pero ni por asomo en Thailandia. Porque aquí esta gente, por mucho que les ofrezcan la democracia, parecen no querer verla ni en pintura. El anterior gobierno aguantó más de dos décadas gracias a una compra masiva de votos que los thais vendían sin ningún rubor y con toda la publicidad. Tuvo que ser un golpe de estado “bloodless”, como lo llaman aquí eufemísticamente, quien los largara con viento fresco. Menos de 2 años después, los militares, que ya les tocaba parecer los buenos del cuento, han organizado de nuevo elecciones y, manda huevos, los sondeos dan por ganador al PPP, partido afín y delfín de los traficantes de votos.

Eso si al final alguien va a votar, porque muchas ganas no parecen tener. En realidad, no demuestran demasiado entusiasmo por nada. Vaya, que son unos pasotas. Hasta su Bhudda más famoso, en vez de estar meditando en la típica postura, está tumbado a la bartola. Sólo parecen tener ganas de comer. Para eso sí. A todas horas y en todos sitios. Y a fe que cocinan de maravilla. Reíros de las paellas de 30 minutos y otros tantos euros. Aquí en 2 minutos de reloj y en cualquier callejón, te fríen un arroz con calamares, cebolla y tomate, que le da un par de vueltas a la mitad de los arroces valencianos que he probado en mi vida. Y por sólo 30 “batmóviles”, unos 60 céntimos de euro al cambio.

Pero lo mejor de todo, son las extrañas parejas. Tip y Coll. Cruz y Raya. Azúcar moreno. Blanquito y morenita. Madurito occidental y jovenzuela thailandesa. Porque si os pensabais que el turismo sexual era cosa de alcoba, andáis muy equivocados. Son tan generosos que, en vez de guardar para ellos sus revolcones, los pasean por las calles. Tonteando algunos, vacilando otros. Los puedes ver por todos lados, desde la piscina del hotel hasta en el restaurante de guiris. Tanto que al final uno ya deja de pensar mal e incluso empieza a creer en el amor. Llámame iluso papiiiiitooo…mi amooolll.

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