miércoles, 12 de septiembre de 2007

Durmiendo con Saddam Hussein

11 de Septiembre del 2007. Tercer día de nuestra Vuelta al Mundo y sexto aniversario del ataque de Al Qaeda a Estados Unidos. Estamos en Jordania, a un tiro de piedra de la zona más conflictiva del mundo. En realidad, tires hacia donde tires esa piedra lo más probable es que caiga en medio de una guerra, al lado de unos terroristas o en la cabeza de algún bestia exaltado. Por eso, aunque nos dijeron que Jordania era una excepción entre tanto vecino entretenido, el primer día no nos sentíamos muy tranquilos conduciendo por sus oscuras carreteras con el pequeño coche de alquiler. Menos todavía cuando nos perdimos en tantas ocasiones que no tuvimos más remedio que pararnos una y otra vez para preguntar por el camino correcto. Si de noche todos los gatos son pardos, imaginaros vestidos con chilaba, morenos de piel y con barba hasta el ombligo. Por mucho que no tengamos prejuicios, cada vez que uno de nosotros bajaba del coche no las tenía todas consigo. Lo mismo nos sucedió cuando finalmente llegamos al hotel. Por la noche los recepcionistas que nos atendieron parecían los primos de Bin Laden. Por la mañana y a plena luz del sol resultaron ser una gente encantadora. Tanto que incluso nos recomendaron un campamento beduino donde pasar una noche de cuento, con jaima de lujo incluida y cena bajo las estrellas.

Sin pensarlo dos veces, al día siguiente nos fuimos hacia allí. Wadi Rum, uno de los desiertos más espectaculares del mundo y frontera natural entre Jordania y Arabia Saudí. Aquí fue donde Lawrence de Arabia aprendió a montar a camello y volvió loco a los turcos. Pasear por Marte no debe ser muy diferente a adentrarte en sus dunas coloradas. Como si fueran meteoritos caídos del cielo, cientos de rocas se hunden alrededor tuyo, creando un paisaje tan irreal que parece más un espejismo a punto de romperse que no el hogar de los hombres del desierto. Hablamos de los beduinos. O de los pocos que quedan, porque la mayoría de los que ahora circulan por aquí van con todoterrenos americanos, móviles japoneses y una pinta de impostores que no pueden con ella. ¡Claro que todavía hay beduinos de verdad! Pero son los menos. Los más se dedican a estirar alfombras en medio del desierto y ponerles nombres bien estimulantes esperando que algún turista despistado pique. Y nosotros no fuimos la excepción.

El Luxury Camp al que nos enviaron nuestros amigos del hotel se llamaba “El Oasis del Desierto”. De lujo nada y de campo todo. Aunque hemos de reconocer que exclusivo sí que lo era. Estábamos más solos que la una, sin ningún otro pardillo a la vista vestido de Coronel Tapioca. Por toda compañía teníamos a un par de perros escuálidos que prefirieron tumbarse encima de un cactus antes que estirarse en unos colchones piojosos que asomaban por ahí. Colchones que a la postre resultaron ser nuestras camas. Habida cuenta la hora que era y que no teníamos otro sitio donde caernos muertos, le pusimos buena cara al mal tiempo y decidimos quedarnos. Compartir una velada al lado del fuego, con esos personajes de leyenda que por entonces todavía tomábamos por auténticos y poder oír sus historias sobre la dura vida en el desierto, bien valía el renunciar a la comodidad de dormir bien por un día.

Pero nos volvieron a tomar el pelo. Mientras le quitábamos el polvo a los jergones donde estirar nuestros sacos, los guías con pañuelo palestino al cuello aprovecharon que les dimos la espalda por un momento para salir por piernas. Por un instante pensamos que el fantasma de Lawrence de Arabia había vuelto y que por eso huían despavoridos. Nada de eso. Los tíos habían tomado las de Villadiego para poder dormir en sus casas. Las de verdad, claro. Con muebles de Ikea y duchas de agua caliente. Lo de hacer vivac en el desierto está bien para los turistas pero ellos ni por el forro. Beduinos quizás, pero de imbéciles ni un pelo. Todos menos uno. Alguien tenía que quedarse para vigilar el chiringuito, no fuera que en un ataque de rabia nos diera por quemarlo.

El afortunado al que le tocó hacer de vigilante, vestido con un chándal Adidas imitación, sintió más lástima él por nosotros que al revés, que ya es decir. Eso bastaba para dar cuenta de nuestra privilegiada situación. El pobre desgraciado aguantó estoicamente nuestras quejas hasta que tímidamente se atrevió a contestarnos con un inglés macarrónico:

“I understand you. You honey-moon don’t want problems. Sorry. I love too. I’m from Irak.. My wife there. I run from Irak because they want kill me. I worked for Saddam. She and my children cannot come because of me. I don’t see them in 4 years. From then, I sleep in the dessert everyday”.

No sabemos si fue el reflejo de las brasas o que al oír su confesión abrimos los ojos como dos pelotas pero, por primera vez, nos fijamos en su rostro. Saddam Hussein en persona estaba delante nuestro pidiéndonos perdón. Y si no era él, sería uno de sus dobles porque se parecía al de los cromos del Mossad como dos gotas de agua. Sin dejar de mirarnos, metió la mano en el bolsillo y lentamente sacó un objeto de metal que emitía un ruido parecido al de un reloj digital. Bip, bip. Parecía una pesadilla pero el frío del desierto era muy real. Delante nuestro teníamos al villano más malo de la historia del mundo después de Hitler y nos estaba apuntando con un extraño aparato.

Sin pensarlo dos veces, decidimos ponernos de su parte. “¡Inch Allah y muerte a los cerdos imperialistas!”. Lo que fuera con tal de ganarnos su simpatía. “Zapatero is not Bush”. Y así una sarta de tonterías hasta que nos dimos cuenta que el ruido que nos había asustado no era más que el sonido de un teléfono prehistórico. Su mujer le estaba llamando al móvil:

“Habibi, habibi”(amor mío, amor mío)

Wadi Rum, cerca de donde Cristo perdió el gorro para que San Juan lo bautizara y lejos de cualquier emplazamiento donde tenga sentido colocar una antena para móviles. Así y todo, un doble de Saddam condenado a muerte en su país, no sólo dispone de un teléfono celular sino también de cobertura suficiente para recibir una llamada desde un Irak en plena guerra civil y decirle a su mujer una y otra vez que la quiere.

Para que después hablen de la globalización.

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