sábado, 8 de septiembre de 2007

Corre que nos vamos

Tanto que ya nos fuimos. Casi sin hacer ruido, sin que el mundo apenas haya notado nada. Y eso que vamos a rodearlo, a tocarlo, a disfrutarlo pero también a sufrirlo. Alguno de vosotros estará pensando qué siente uno cuando está empezando a dar la Vuelta al Mundo. Prisa. Prisa por cerrar la maleta y que todo quepa y no falte nada. Prisa por despedirte de todos y cada uno y aguantarnos alguna que otra lágrima. Prisa por llegar al Aeropuerto, coger la tarjeta de embarque y zarpar volando para Asia.

Sólo que siempre hay gente que te quiere y te pone freno aunque sea por unos instantes. Por eso no hemos parado en toda la semana de hacer despedidas y más despedidas. Unas más divertidas, otras más emotivas. Unas más familiares, otras más multitudinarias. Unas más intensas, otras más largas. Unas ya hace meses, otras en el mismo aeropuerto con todos los cracks y con la mejor, Mamina aguantando el tipo.

Pero ahora ya os podemos decir qué siente uno cuando ya ha empezado a dar la Vuelta al Mundo. Sentimos que queremos darla despacio, muy despacio. Disfrutando cada segundo, como si estuviéramos bebiendo una cerveza bien fría, sorbo a sorbo. Paladeándola hasta el final. Y no es nada fácil, y menos viniendo de donde venimos, donde todo tiene un horario. Un principio y un fin. Donde el objetivo es el destino y no el camino. Pero en eso estamos y no lo hemos hecho nada mal el primer día. Ahora os contamos.
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